24/1/2019
Opinión

Ecce Homo

La tarde del martes 30 y la jornada del miércoles 31 está garantizado un torneo en el que a Popeye Mariano van a darle lanzadas de todas las procedencias, incluidas las de quienes han comprometido el sí

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El Consejo de Ministros estaba convocado para las 10 de la mañana. La cita de la rueda de prensa solo se sabría cuando terminara la reunión. En todo caso, a las 12 el dispositivo del control ya estaba operativo para distribuir las escarapelas a los acreditados. Algunos madrugadores anidaban en la zona mejor dotada tecnológicamente, cuyo uso requiere disponer de la clave wifi, dado que unos potentes inhibidores dejan sin cobertura el edificio, como si se tratara de una jaula de Faraday. Los menos obsesionados con las nuevas tecnologías se acomodaban en la barra de bar situada a la espalda de la sala de prensa. 

En ese ambiente agosteño de colegas sin vacaciones se comentaba con rabia el tono desabrido empleado por el presidente del Gobierno en funciones Mariano Rajoy durante la rueda de prensa de la víspera, jueves 18. En particular, cuando había intentado dejar por mentirosa a Blanca Rodríguez, periodista de la agencia Reuters, quien se había interesado por la incongruencia de convocar un comité ejecutivo del PP dejando una semana de plazo para someter a consulta las seis condiciones de Albert Rivera. El candidato eventual a la investidura negaba que en el comité se hubiera abordado esa cuestión y, aún más, pretendía que él nunca había hecho referencia a que fuera a presentarla a su consideración para reclamar su pronunciamiento.  

Cuando se hicieron visibles algunos de los miembros del séquito del que se hace acompañar la vicepresidenta, todos —redactores y gráficos— pasaban a la sala de prensa. Entonces hacía su entrada vestida de blanco doña Soraya Sáenz de Santamaría. Descendía solemne por el pasillo. Subía al estrado y se mantenía en pie para complacer a los fotógrafos, quienes poseídos de un frenesí desatado pulsaban incesantes el obturador de sus cámaras. Se sucedían instantes mágicos, saturados por el estallido de los clics que suenan en los oídos de los políticos de modo que sus almas navegan “por un mar de dulzura”, por decirlo a la manera de Fray Luis de León en su oda a Francisco de Salinas. Momentos para la levitación imposibles de imaginar por quien viva fuera de esa burbuja venenosa de la política o el espectáculo.
 
Luego, la vicepresidenta, una vez sentada a la mesa, procedía a leer, a la manera del ministro de Información y Turismo Manuel Fraga, la referencia oficial de algunas de las medidas adoptadas por el Consejo de Ministros. Referencia que, en la ocasión, incluía un acuerdo para exceptuar dos contratos de sobreendeudamiento del CIS, generados a causa de deberes sobrevenidos por las elecciones gallegas y vascas; dos adendas  a un convenio entre la Administración General del Estado y la Comunidad Balear en materia de I+D+i, que amplían el margen de cómputo hasta 2017; un acuerdo con Naciones Unidas para reforzar e incrementar determinadas aportaciones económicas que favorezcan la presencia de expertos españoles en sus organismos; y otros acuerdos para el mantenimiento en tierra de aviones del Ejército del Aire. En el centro, en primera fila, suelen sentarse las tres de la fama: Carmen Martínez Castro, secretaria de Estado de Comunicación, en permanente y forzada sonrisa, María González Pico, directora del Gabinete de la vicepresidenta, y Consuelo Sánchez Vicente, directora general de Información. 

Abierto el turno habitual a los periodistas, algunas de sus preguntas quedaban sin respuesta,  las demás, eran surfeadas o despachadas con evasivas. La “vice” se amarraba al mástil de que España necesitaba un gobierno y acusaba opportune et importune al líder socialista, Pedro Sánchez, por negar sus votos o sus abstenciones a la causa del marianismo rampante como sería menester. En cuanto al candidato, que consideraba haber aceptado el encargo solo a título eventual —de modo que comparecería nada más si le constaba de antemano el respaldo necesario— acababa de abjurar de ese principio para tirarse a la piscina, pese a carecer de garantías de escaños o abstenciones suficientes para la investidura a la primera o a la segunda votación. 

Así que la tarde del martes, día 30, y la jornada del miércoles, día 31, está garantizado un torneo en el que a Popeye Mariano van a darle lanzadas de todas las procedencias, incluidas las de quienes han comprometido el sí. Todos los portavoces competirán en zaherir al candidato. ¡Qué ingratitud! Lo van a dejar hecho un Ecce Homo, sin poder devolver los golpes, mientras continúa oscureciéndose su horizonte penal. Cuánto mejor retomar la plaza de registrador en Santa Pola que 
—no se lo van a creer— sigue estando a su nombre.