18/6/2019
Europa

El imparable auge del populismo filonazi

Uno de cada cinco europeos expresa actitudes xenófobas, racistas, antidemocráticas y abiertamente enemigas del proceso de integración

Diego Carcedo - 08/04/2016 - Número 28
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El imparable auge del populismo filonazi
Militantes de extrema derecha gritan consignas nacionalistas y antiinmigrantes en Bruselas tras los atentados terroristas. N. MAETERLINCK / AFP / Getty N. MAETERLINCK / AFP / Getty
¿Es alarmista decir que la democracia en Europa está en peligro? Casi todo el continente, particularmente la parte agrupada en la UE, vive tiempos de preocupación triple. Mientras la crisis económica empeora el Estado del bienestar, la llegada masiva de refugiados e inmigrantes pone al descubierto los peores sentimientos y la yihad siembra el terror en las grandes ciudades, hay un tercer peligro, una amenaza para la libertad y la convivencia que está pasando inadvertido: el auge, hay quien teme que imparable, de los populismos de derecha radical y la proliferación de organizaciones neonazis.

Cálculos elaborados con los resultados electorales de los últimos años permiten afirmar que, como mínimo, uno de cada cinco europeos expresa actitudes xenófobas, racistas, antidemocráticas y enemigas del proceso de integración. En el Europarlamento, entre los 751 miembros de los 28 países que forman parte de la Unión, más de 140 están en contra de la organización supranacional que integran. No todos son neonazis pero sí comparten ideas radicales.

Captan adeptos a través de la caridad, como Amanecer Dorado y sus ayudas a los pobres griegos

Las organizaciones nazis están prohibidas y perseguidas en casi todos los países, pero en Europa no es extraño ver esvásticas tatuadas u otros símbolos que las recuerdan y evocan los principios que representan: supremacía de la raza, odio  e intolerancia contra todas las diferencias que puede ofrecer la especie humana, desde la homosexualidad hasta el color de la piel, pasando por el antisemitismo incurable, la islamofobia creciente y, últimamente, el rechazo a la inmigración.

Entre los europarlamentarios no es difícil distinguir a los que representan a partidos populistas y xenófobos de los que defienden los principios de la democracia y la libertad. Pero sí resulta complicado a veces discernir entre quienes mantienen posiciones extremistas pacíficas y quienes, como los neonazis entremezclados, son partidarios de la violencia y los métodos expeditivos para conservar pura la raza y librar a la sociedad de las personas que consideran inferiores. Todos siguen a Hitler, niegan el Holocausto, condenan a los judíos y tienen a Mein Kampf como libro de cabecera.

Aunque comparten la mayoría de las ideas y principios, los populistas de derechas también mantienen frecuentes discrepancias. En el Europarlamento han fracasado los intentos de formar un bloque común y coexisten tres grupos: la Alianza Europea para la Libertad, la Alianza Europea de Movimientos Nacionales y el Movimiento por la Europa de las Libertades y la Democracia. Tan rimbombantes nombres son en la práctica un sarcasmo porque, si bien todos recurren a las palabras libertad y democracia, el contenido de esos conceptos es justo lo que combaten. Un informe publicado en Cuadernos de Análisis del Movimiento contra la Intolerancia divide el conjunto en tres grupos: ultraderecha, extrema derecha y derecha extrema. En el primero se encuadran nueve eurodiputados, quizá los más identificados con el nazismo ortodoxo: el representante único del Partido Nacional Demócrata (NP), alemán, decano de todos ellos, los dos de Amanecer Dorado, de Grecia, tres del húngaro Jobbik, uno de la Alianza Nacional Letona y dos de Orden y Justicia de Lituania. El segundo grupo, la considerada extrema derecha, algo más moderada aunque igualmente racista y antisemita, incluye 53 miembros.

La mayor representación es la del Frente Nacional (FN) francés de Marine Le Pen, con 24 escaños. También en este grupo se encuadran los miembros del PL holandés, el FPÖ de Austria o la Liga Norte de Italia. El grupo más numeroso de esta clasificación, la derecha extrema, con 62 eurodiputados, es el más variado. Lo integran partidos más euroescépticos  que neonazis, a medio camino entre la derecha tradicional y la ultraderecha, como el británico UKIP o Alternativa por Alemania (AfD), además de los partidos ultras que gobiernan en Hungría, Fidesz, y en Polonia, PiS.

Mayor presencia en Alemania

También existen centenares de partidos u organizaciones neonazis con diferente estatus —legal, alegal, clandestino y a menudo terrorista— en todos los países de la Unión. Y en algunos están representados en los parlamentos nacionales, compartiendo funciones legislativas e incluso encabezando,  integrando o sustentando gobiernos (alguno con tanta tradición democrática como el holandés), lo cual les proporciona ingresos oficiales. Las organizaciones neonazis o filo nazis, siempre divididas y a menudo enfrentadas,  tienen mayor implantación en ciudades pequeñas o pueblos y es en la administración regional o local donde el voto más personalizado les proporciona mayor participación.

Aparte de los dos partidos que encabezan los gobiernos de Hungría y Polonia, el número de diputados regionales y concejales de militancia e inspiración nazi se cuenta por centenares. Tal vez millares. La mayor presencia está en Alemania y en los países de su entorno. La menor en Portugal y España, donde las organizaciones neonazis también existen, también amenazan a las personas que consideran despreciables o enemigas y también causan desórdenes, pero no han llegado ni a su completa legalización ni, aún menos, a contar con algún tipo de financiación oficial o a acceder democráticamente a cargos públicos.

En cualquier caso, el creciente populismo de la extrema derecha influye en la política a través del miedo que provoca y del contagio que causa a las fuerzas moderadas. Conforme van consiguiendo aumentar su influencia, los partidos democráticos radicalizan sus mensajes y se vuelven más intransigentes en un intento desesperado por frenar la competencia de los populismos en las urnas. Esta actitud se observa cada vez más en el norte y el centro de Europa con el insólito rechazo a acoger a los refugiados. Las organizaciones neonazis recurren a la exhibición violenta de sus uniformes, a agresiones callejeras, asesinatos de inspiración racista y ataques verbales o pintadas. A veces también captan adeptos a través de la caridad.

Amanecer Dorado, el partido neonazi griego, creció hasta convertirse en el tercero del país —con 18 escaños— no solo atacando la política de recortes de los últimos gobiernos o matando, apaleando y provocando disturbios en las calles, sino también repartiendo alimentos entre los pobres (siempre griegos). Este ejemplo está siendo imitado en otros países, lo cual les proporciona una simpatía entre las clases más desfavorecidas y fáciles de intoxicar con el argumento de rechazar a los inmigrantes por quitarles el trabajo.

Hitler instauró el odio al diferente. Tras la derrota y el desastre que provocó, muchos alemanes se percataron de las maldades que su régimen encerraba y practicaba. Pero hubo excepciones de admiradores y fanáticos recalcitrantes que se negaron a aceptarlo. El propio gobierno del Tercer Reich supuestamente dejó en funcionamiento, tras su caída, organizaciones como Odessa y Die Spinne (La araña) para ayudar a los mayores culpables a huir, rehacer su vida y, de paso, mantener viva tan siniestra ideología.

La democracia, vulnerable
Algunos expertos consideran que de estas organizaciones y del dinero que manejaban surgieron los actuales partidos que sueñan con restaurar aquellos principios. Muchos grupos se disolvieron y fragmentaron, pero sin que sus seguidores hayan desistido en el empeño y sin que dejasen de surgir otros nuevos. En numerosos países funcionan fuera de la ley, a menudo son desarticulados por la policía y sus cabecillas condenados por los jueces, pero la raíz sigue viva. Utilizan subterfugios legales para evitar ser prohibidos y con frecuencia se benefician de la permisividad de los gobiernos en un intento por evitar conflictos. En Alemania, donde primero han surgido y más siguen proliferando estas organizaciones, hace escasas semanas AfD —poco violenta pero absolutamente xenófoba— sorprendió con excelentes resultados en las elecciones de Sajonia-Anhalt, Baden-Württemberg y Renania-Palatinado.

Los dirigentes de los partidos tradicionales, con Angela Merkel a la cabeza, no pudieron ocultar su disgusto y preocupación. El tradicional NPD, que ha logrado sobrevivir después de varios intentos de ilegalización, actualmente solo cuenta con representación en el Parlamento de Pomerania Occidental y un diputado en el Parlamento Europeo, pero su pérdida de votos la han recogido otros del mismo corte. El 8,24% de los más de 80 millones de alemanes votan a populismos de extrema derecha, neonazis o muy próximos.

Y esto ocurre en el resto de la Unión Europea y se podría añadir que también en países de su ámbito geográfico, como Suiza y Noruega, que no pertenecen a la Unión, ni por lo tanto tienen representación en el Europarlamento, pero comparten la misma preocupación.

Nada puede extrañar, por lo tanto, que entre los ciudadanos se acreciente el miedo y entre los políticos, la inquietud. Sigman Gabriel, el líder socialdemócrata y vicecanciller de Alemania, expresó de forma muy concisa el peligro que se cierne sobre la democracia en Europa y particularmente en su país: “Los partidos democráticos se han vuelto vulnerables”.

España, no tan diferente

Diego Carcedo
En España no existen partidos relevantes de extrema derecha desde la Transición, ni cuentan con representación. El último fue Fuerza Nueva (FN) —con sus matones, los Guerrilleros de Cristo Rey, autores de varios asesinatos—,  considerado como el rescoldo político nazifascista más vivo que dejó el régimen de Franco. FN contó con un diputado, su líder Blas Piñar, entre 1979 y 1982. Pero la organización se fue extinguiendo y ninguna otra, entre las que destacan los herederos  de Falange Española, ha logrado superar los 30.000 votos. Sí se ha producido una eclosión de organizaciones y grupúsculos neonazis en torno a las ideas, símbolos y métodos que a menudo siembran el miedo en las calles. Son agresivos y portan pistolas, armas blancas, bates de béisbol, porras, guantes de acero... Los neonazis están en casi todas las comunidades autónomas, sobre todo en las grandes ciudades (Barcelona, Madrid, Bilbao, Valencia  o Sevilla), aunque también irrumpen con frecuencia en  Lleida, Valladolid, Zaragoza, Gijón, Vigo, Badalona o Cartagena, y en localidades más pequeñas como Alcalá de Henares o Sabadell. El Informe Raxen del Movimiento contra la Intolerancia eleva a 4.000 el número de agresiones e incidentes provocados en 2015 por bandas de neonazis y sus activistas más visibles, los skinheads (cabezas rapadas). Desde 1992 ha habido 90 víctimas por odio racial o xenófobo. Y se estima que hay unos 10.000 ultras activos y más de 1.000 webs o blogs para hacer proselitismo entre desempleados, jóvenes e hinchas de fútbol (en España hay 28 de estos grupos en los equipos). Cataluña es la región con mayor presencia neonazi, sobre todo Barcelona, donde funciona desde hace años la librería Europa —propiedad del activista Pedro Varela, fundador de la CEDADE—, en la que se ofrecen publicaciones de exaltación nazi, incluido Mi lucha, y por donde desfilan negacionistas del Holocausto, exégetas de Hitler o escritores neofascistas vetados en otros lugares. Ernesto Milá, condenado por sus actividades violentas, presentó allí recientemente su libro de exaltación nazi El tiempo del despertar.

La sinagoga de Madrid ha sido profanada con pintadas. También la mezquita de la M-30 fue atacada con bengalas tras los atentados de Bruselas. Los neonazis españoles vuelcan su odio visceral de manera especial contra los gays, transexuales y lesbianas (el número de agresiones de este tipo se elevó el año pasado a 323). También atacan a personas identificadas con partidos de izquierdas y a mendigos, deficientes y lisiados a los que consideran una lacra para la sociedad. Igual que en el Tercer Reich.