18/6/2019
Internacional

Irán: tiempo de esperanza, suspicacia e insatisfacción

Las expectativas de creación de empleo y crecimiento económico a partir de multimillonarias inversiones extranjeras, pese a las promesas y el indiscutible interés global, no se han materializado

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Irán: tiempo de esperanza, suspicacia e insatisfacción
A pesar del levantamiento de algunas sanciones, la banca internacional sigue remisa a operar en Irán. Ciudadanos iraníes de compras en el gran bazar de Teherán. ATTA KENARE / AFP / Getty
El verano de 2015 se reveló al mundo un histórico pacto entre Irán y las potencias globales para poner fin a la polémica sobre el programa nuclear del país asiático. Un triunfo de la diplomacia que desactivó uno de los mayores focos de tensión mundial y que prometía todo un “nuevo mundo” para las relaciones políticas y comerciales globales de la República Islámica, que fue readmitida como un socio aceptable por la comunidad internacional.

Un año después, las esperanzas sobre el éxito del denominado Plan Integral de Acción Conjunta (JCPOA, como se conoce en inglés) aún siguen intactas, si bien inmersas en un mar de suspicacias constantes, amenazas y ataques de los muchos enemigos que tiene el acuerdo y entre una sensación de insatisfacción generalizada en ambas partes.

El pacto nuclear es la apuesta central del programa político y económico del Gobierno de Rohaní

En el caso iraní, además, a esta insatisfacción se le une la urgencia con la que el Gobierno de Hasán Rohaní necesita presentar resultados positivos para reafirmar su poder político interno y responder a un electorado que le llevó al poder hace tres años con la promesa de abrir el país al mundo y mejorar la situación económica, algo que aún no ha logrado hacer.

A grandes rasgos, no se puede negar que el JCPOA haya tenido, de momento, cosas buenas, entre otras el evidente restablecimiento de cauces políticos y de diálogo entre Occidente, particularmente la Unión Europea, y Teherán, reforzados por el enorme interés económico y comercial que ha despertado la reapertura de Irán a los mercados internacionales.

En virtud del acuerdo nuclear, Irán aceptó unas amplias restricciones a su programa atómico y someterse a un proceso de inspección internacional sin precedentes para garantizar que este no pueda desviarse a fines militares.

A cambio, la ONU, EE.UU. y la Unión Europea acordaron retirar las draconianas sanciones comerciales, financieras y económicas que pesaban sobre el país a cuenta de su programa nuclear, y descongelar las decenas de miles de millones de dólares de Teherán que estaban bloqueados en el exterior.

De momento, la Organización Internacional de la Energía Atómica (OIEA), el organismo de Naciones Unidas encargado de velar por el cumplimiento de la parte iraní del acuerdo, ha reafirmado en dos ocasiones que Teherán está cumpliendo su parte del pacto.

Por su parte, una resolución del Consejo de Seguridad de la ONU, así como varias medidas ejecutivas del presidente de EE.UU. y de la Comisión Europea, eliminaron las sanciones contra Irán.

Y sin embargo, pese a que todo parece ir de acuerdo con lo pactado, nadie reconoce estar plenamente feliz con el resultado.

Frutos que no llegan

Para el Gobierno iraní, en manos de Rohaní, un clérigo moderado aliado con los sectores reformistas desde agosto de 2013, el JCPOA ha constituido, y aún constituye, la apuesta central de su programa político y económico, sin cuyo éxito no podrá avanzar en sus planes para relanzar la economía, abrir su país al mundo y “liberalizar” la situación política y social en la República Islámica.

Un paso clave para ello, y en lo que se centró en los dos primeros años de su mandato, era restaurar sus relaciones con el mundo, con la promesa y la esperanza de que si se eliminaban las sanciones, la inversión y el comercio iban a fluir como un torrente, impulsando el empleo y mejorando la situación económica.

Restablecer las relaciones de Irán parece ser lo único que de momento se ha cumplido de ese plan, ya que los iraníes han visto desfilar por Teherán un flujo incesante de dignatarios y empresarios extranjeros en busca de amistad y negocios inimaginable unos años atrás.

El avance fue reconocido por la ciudadanía en las elecciones parlamentarias de febrero, en las que los candidatos a diputados moderados y reformistas aliados de Rohaní lograron una amplísima presencia en el Parlamento y arrebataron la mayoría a los diputados conservadores “principalistas”, los enemigos internos más destacados contra una apertura de Irán al mundo.

Sin embargo, ese triunfo no parece darle a Rohaní crédito suficiente para avanzar más allá, y la mejora económica que prometió necesita ser una realidad para poder enfrentarse con garantías a las urnas en las elecciones presidenciales del año que viene.

Los iraníes quieren empleo y crecimiento económico de la mano de multimillonarias inversiones extranjeras, que, a pesar de todas las promesas, avances y el indiscutible interés global, aún no se han materializado.

Pese a las incontables misiones comerciales y los numerosos diálogos abiertos con empresas de todo el mundo que se han producido en estos meses tras el acuerdo, y aunque muchos de los emprendedores extranjeros reconocen el potencial de Irán, de momento son pocos, muy pocos, los que finalmente han concretado algo tangible.

La guapa del baile

La sensación, compartida por muchos de los empresarios que han viajado al país, es que Irán esperaba que con su apertura y su goloso mercado a disposición del público, las inversiones iban a llegar como moscas a la miel y que incluso iba a poder dictar condiciones y elegir poco menos que a dedo a qué socios aceptar y a cuáles rechazar.

“Esperaban ser la más guapa del baile y que todos íbamos a aceptar lo que nos pidieran para entrar en el país. Ahora descubren que van a tener que negociar y que el mercado es duro. Francamente, nos pedían cosas que no se las daría ni a mi hermano”, confesó a AHORA un empresario español durante una reciente feria del sector petrolero en Teherán.

Así, la frustración se está haciendo cada vez más patente entre las autoridades iraníes, bajo la sorna también cada vez más afilada de los opositores internos al pacto, que reclaman lo prometido y subrayan este fracaso con los ojos puestos en la campaña electoral que arrancará el año que viene.

Los opositores internos al pacto subrayan su fracaso, con los ojos puestos en las elecciones presidenciales de 2017

En las últimas semanas el Gobierno no ha cesado de subrayar casi en cada comparecencia pública que con el JCPOA Irán al menos está recuperando su cuota en el mercado de crudo global y repatriando los bienes que estaban congelados en el exterior, una maniobra de imagen orientada a recordarle al público los beneficios del pacto pese a que aún los ciudadanos no noten la mejoría.

Al mismo tiempo, la retórica oficial acusa a EE.UU., todavía el “Gran Satán”, de boicotear el acuerdo y de presionar para que la gran banca y las instituciones financieras internacionales no regresen al país a pesar de que formalmente ya no tiene ningún impedimento para hacerlo.

Resquemores occidentales

Para Occidente, y particularmente para Estados Unidos, el acuerdo nuclear no se ha traducido en el fin de ciertas actividades iraníes consideradas una amenaza para la estabilidad global, como su programa de misiles balísticos, algo que esperaban iba a atenuarse con el JCPOA en marcha.

La prohibición internacional que pesaba, y pesa, sobre Irán acerca de su programa de misiles no forma parte del pacto nuclear. Sin embargo, los sectores más duros y recalcitrantes del régimen de los ayatolás impulsaron y publicitaron desmesuradamente nuevos experimentos iraníes en este campo, con la clara intención de marcar el territorio y provocar una respuesta en el bando opuesto, así como para poner piedras en el camino a la “entente” con Occidente iniciada por Rohaní.

Por supuesto, esas maniobras inmediatamente fueron vistas por Occidente como una “violación del espíritu” del acuerdo, tal y como dijo el secretario general de Naciones Unidas, Ban Ki Moon, en su último informe sobre el JCPOA.

El cruce de acusaciones, en este y otros aspectos en los que no se cumple con las expectativas de la otra parte, no ha cesado, con una tónica en la que tanto Teherán como Washington advierten de que ellos no violarán el pacto pero que si la otra parte incumple sus promesas, no se sentirán obligados por el mismo.

Los esfuerzos denodados por parte del Congreso estadounidense, dominado por los republicanos comprometidos a destruir el JCPOA, como por ejemplo la reciente prohibición a que Boeing pueda vender aviones a Teherán aprobada por la Cámara, justifican para Irán la desconfianza y el duro lenguaje de precaución constante ante las posibles consecuencias de la “violación” del pacto.

Pese a todo, tanto Rohaní como Barack Obama, que ha reafirmado varias veces su intención de vetar cualquier norma contraria al pacto nuclear, han logrado contener las iniciativas para destruirlo, confiados en que los frutos prometidos llegarán, aunque con cierto retraso.

La gran banca, aún lejos de operar en Irán

Martín Quinteros
De las muchas insatisfacciones y promesas incumplidas que aún pesan sobre el acuerdo nuclear entre Irán y la comunidad internacional, el nulo regreso de la gran banca internacional a la República Islámica es la que más irritación está produciendo a sus autoridades.

Uno de los aspectos clave del pacto era la eliminación de las sanciones bancarias, que entre otras cosas habían expulsado a Irán del sistema financiero internacional y hacían imposible cualquier tipo de transacción económica entre el país y el resto del mundo, no solo para el Gobierno y las entidades públicas, sino también para cualquier empresa privada y ciudadano.

Regresar al sistema y poder así comprar y vender bienes y servicios, obtener crédito y financiar operaciones era una cuestión central, incluso más importante que la liberalización del mercado del petróleo por la enorme carga simbólica y política que tendría para todo el mundo en el país, por ejemplo, poder realizar o recibir una transferencia del exterior.

El acuerdo llegó, y con él también se levantaron las sanciones financieras, pero la banca internacional, salvo pequeñas excepciones, no ha mostrado ningún interés por restablecer lazos con el país ni prestar servicios económicos en el mismo. La reincorporación de Irán al sistema SWIFT va con mucha lentitud, las empresas no encuentran bancos interesados en financiar operaciones y el crédito tampoco está fluyendo.Incluso los ciudadanos iraníes tienen todavía problemas a la hora de abrir cuentas en el exterior o realizar una transferencia.

Irán se ha quejado reiteradamente por esta situación y culpa a sus socios del JCPOA (Estados Unidos, Francia, Rusia, Reino Unido, China y Alemania) de no hacer suficiente para convencer a sus bancos de que pueden hacer negocios en Irán sin riesgos ni preocupaciones.

La UE, a través de la comisaria de Política Exterior, Federica Mogherini, y el secretario de Estado de EE.UU., John Kerry, han reiterado (sin mucho efecto ) que el mercado iraní está abierto y que la banca no afronta sanciones por operar allí.

Las autoridades de Teherán dicen que este desinterés se debe a que la banca aún tiene miedo de posibles reacciones de EE.UU. y teme verse afectada por otra serie de sanciones que Washington mantiene sobre Irán a cuenta de sus violaciones de los derechos humanos o su programa de misiles.

Este problema también afecta a la banca española, ya que, como se quejó a AHORA un empresario hispano-iraní que representa a ciudadanos iraníes interesados en invertir en España, todavía no admite abrir cuentas a estas personas solo en virtud de su nacionalidad, algo que incluso contraviene las políticas del Banco de España. “Tengo varias cartas con excusas de hasta cinco grandes bancos españoles que directamente se niegan a abrir cuentas a iraníes. Esta gente tiene dinero y quiere comprar casas en España, pero no se les deja abrir cuentas ni mover su dinero allí”, se lamentó.

Diplomáticos europeos consultados sostienen que estos problemas se deben no tanto al desinterés o la mala fe de la banca como a que Irán todavía no aplica los mecanismos internacionales de control para prevenir el lavado de activos, una medida cuya aplicación es obligatoria para poder operar en el mundo financiero global y que es ajena a cualquier provisión del JCPOA. “Si Irán legisla y aplica esas normativas, la renuencia a trabajar en el país desaparecerá”, añadieron las fuentes.

Otra denuncia por parte de los empresarios iraníes, de difícil comprobación pero que diplomáticos occidentales y no occidentales en Teherán confesaron haber escuchado, es que los resquemores de la banca son fruto de las presiones de Israel y de la comunidad judía para hacer fracasar el pacto. “Israel fracasó a la hora de presionar políticamente para que no se lograra. Ahora está usando el poder económico, en el que tiene mano, para hundir el acuerdo tras las bambalinas”, explicó el empresario hispano-iraní.