18/9/2019
Análisis

La locura de la consulta

El referéndum sobre la pertenencia de Gran Bretaña a la UE es un paso en la dirección equivocada, sea cual sea el resultado

Jan Zielonka - 17/06/2016 - Número 38
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La locura de la consulta
Cameron y Juncker en la Comisión Europea en febrero. E. DUNAND / AFP / GETTY
El referéndum sobre la Unión Europea en Reino Unido estaba pensado como un festival de la democracia, pero ha demostrado ser un ejercicio de locura política. Los británicos se precian de ser gente juiciosa y pragmática, pero se embarcaron en un viaje sentimental hacia lo desconocido. Se están dejando de lado argumentos racionales mientras los populistas se corren una juerga. La perspectiva de un referéndum con un resultado incierto ha causado mucho daño, y los que están contando los costes de un posible Brexit deberían hacerse a la idea de que ya se ha perjudicado demasiado a Europa y a Reino Unido.

En un principio, David Cameron convocó el referéndum para aplacar a los euroescépticos de su propio partido, pero el resultado ha sido perverso. Los tories están ahora más divididos que nunca, Cameron podría perder su puesto y Gran Bretaña podría perder Escocia. La esencia del argumento de Cameron para un sí también es perverso: quedémonos en la Unión Europea porque no formamos parte de esfuerzos como el euro o Schengen. También es perverso el argumento de los laboristas de Jeremy Corbyn: la UE es mala, pero votar no contribuirá a que Michael Gove y Boris Johnson conviertan Gran Bretaña en una “isla de fantasía neoliberal”. Con amigos británicos como estos, la UE tiene un futuro brillante ante sí.

La tiranía de las minorías

No hay pruebas que sugieran que el acuerdo que Cameron negoció con la UE haya satisfecho a muchos votantes británicos indecisos, pero hay pruebas que sugieren que muchos políticos europeos están encantados con seguir el ejemplo de Gran Bretaña y exigir a la UE su propia lista de cláusulas de opción y tratos especiales. ¿Deberíamos prohibir los beneficios de los trabajadores polacos en Austria? ¿Debería Polonia aceptar la interferencia de la UE en su crisis constitucional? ¿Por qué tendría Italia que asumir las restricciones presupuestarias exigidas por Bruselas? He oído cómo se formulaban abiertamente estas preguntas en países que he visitado en meses recientes. Todo parece discutible ahora y Bruselas es vista como un pato cojo.

Desde que Cameron prometió un referéndum sobre la UE, otros países han decidido también permitir a sus ciudadanos votar sobre asuntos europeos. Hace unos meses se celebró un referéndum en el que se preguntó a los ciudadanos griegos que emitieran su juicio sobre un acuerdo negociado por su Gobierno con los acreedores europeos. En abril se organizó un referéndum en Holanda sobre si el acuerdo de asociación entre la UE y Ucrania debería ser ratificado. Hungría también ha anunciado una votación sobre si aceptar las cuotas obligatorias de la UE para reubicar a los migrantes.

Las huellas de Jean-Claude Juncker están en todo lo que ha ido mal en la UE en las últimas tres décadas

En todos estos referéndums, solo una parte del electorado europeo puede votar sobre cuestiones que conciernen a Europa como un todo. En otras palabras, unos pocos millones de votantes activistas nacionales pueden dictar el curso de un avión europeo con 500 millones de pasajeros a bordo. ¿No es esto una tiranía de la minoría? Siempre he estado del lado de la adversidad griega, pero no creo que los griegos deban votar sobre qué hacer con el dinero alemán, finlandés o austriaco. Los holandeses tienen su voz democrática sobre el futuro de las relaciones de Europa con Ucrania, pero las implicaciones de su voto serán asumidas por estados como Hungría o Polonia.

¿Deberíamos encargar a los británicos la decisión sobre el futuro del proyecto europeo? Algunos pueden responder afirmativamente. El problema es que la carrera entre el sí y el no está muy ajustada, de tal modo que el resultado puede ser decidido por factores como el tiempo que haga el 23 de junio. Y el tiempo en Gran Bretaña puede ser caprichoso, como sabemos. “Que dios salve a Europa”, puede decirse, parafraseando el himno británico.

Cuando Cameron ofreció el referéndum, algunos de mis colegas británicos se entusiasmaron: por fin tendremos un debate serio en este país sobre Europa y nuestro papel en ella. Ahora sabemos lo serio que es el debate. Manipulaciones y calumnias por todas partes. Nos bombardean con datos estadísticos inventados a toda prisa que cuentan historias opuestas sobre las perspectivas migratorias y económicas. Complejos acuerdos europeos se presentan como buenos o malos. Y los líderes de los dos bandos están llevando a cabo feroces, si no grotescas, campañas del miedo. Uno dice que la victoria del no provocará una guerra, el otro que la victoria del sí llevará a un superestado diseñado por Adolf Hitler. Nada mal para ser el discurso ilustrado y democrático de dos adultos graduados en Oxford.

El apogeo de los populistas

Todo esto se podría haber predicho fácilmente porque los referéndums son, por su propia naturaleza, el apogeo de los populistas. Un referéndum crea un mecanismo de maximización del conflicto que hace imposible llegar a decisiones de una manera consensual y racional. Un referéndum obliga a los políticos a presentar asuntos complejos en términos simplistas de blanco o negro, que obviamente recompensan a la política populista y a la demagogia. Un referéndum es un juego de suma cero en el que el ganador se lo lleva todo, por pequeña que sea la diferencia entre ganadores y perdedores.

Me pregunto qué se escribirá en los libros de historia sobre la persona que convocó este referéndum. Con todo, culpar solo a Cameron por este lamentable estado de las cosas sería injusto. La UE nunca ha puesto sobre la mesa verdaderos medios democráticos para hacer que la gente sienta que su voz cuenta en los asuntos europeos. Durante décadas nos hicieron creer que la democracia en Europa puede ser confiada al Parlamento Europeo, una institución que ha recibido cada vez más poderes en los sucesivos tratados, pero cada vez menos ciudadanos se han molestado en votar en las elecciones europeas. Es más, cada una de esas elecciones ha dado un mandato a un grupo cada vez mayor de políticos euroescépticos.

Después de las últimas europeas, una triunfante Marine Le Pen dijo a los seguidores que la jaleaban en la sede de París del Frente Nacional: “La gente ha hablado alto y claro. No quieren seguir siendo liderados por los que están fuera de nuestras fronteras, por comisarios de la UE y tecnócratas no electos”. La respuesta de los políticos centristas europeos fue ignorarla benévolamente y seguir como si no pasara nada. Hasta escogieron a un símbolo del viejo régimen, Jean-Claude Juncker, como presidente de la Comisión Europea.

Las huellas de Juncker están en todo lo que ha ido mal en la UE en las tres últimas décadas, desde la rígida gestión de la crisis del euro hasta la debilidad ante la evasión de impuestos. Para hacerlo más absurdo, Bruselas llamó a la elección de Jean-Claude Juncker un “triunfo de la democracia”. Eso fue porque Juncker era el llamado Spitzenkandidat (principal candidato) elegido por la coalición de centroderecha del Parlamento Europeo. Pero ¿había alguna prueba que sugiriera que durante las elecciones de 2014 la gente votó estratégicamente a ciertos partidos para conseguir que Jean-Claude Juncker fuera elegido presidente de la Comisión? Por ejemplo, los italianos tendrían que votar a Silvio Berlusconi para apoyar a Juncker. Suena un poco raro para cualquier amigo de izquierdas de la integración europea.

En la UE, los tecnócratas dominan la elaboración de leyes mientras los populistas controlan el politiqueo. A menos que haya significativos canales de deliberación pública y negociación paneuropeos, a la UE le costará disfrutar de legitimidad y los fanáticos nacionales seguirán desgarrando Europa. Una cosa es segura: el referéndum sobre la UE en Gran Bretaña es un paso en la dirección equivocada, sea cual sea el resultado.
 

Este texto se publicó previamente en openDemocracy.net