18/9/2019
El vals de los adioses

Lo mejor de mí, para la nación

“De Julio César tomé el corte de pelo y el vivir permanentemente en busto”

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mikel casal

Muy cortos se me han hecho estos 40 años al frente de la más alta responsabilidad de Gobierno. Unas veces mandando a medias con unos, otras con sus contrarios, algunas con todos juntos y las más, a pachas. La primera vez, yo había aceptado entrar en el Gobierno de forma coyuntural. Entonces el presidente sería Rajoy, pero salió descoyuntado. Todo lo que aprendí en el  parlamento del cual procedía, que es el de nuestro país vecino, que recibe por buen nombre el de República de Catalunya i Unió de Territoris Afins, lo apliqué para hacer saltar de la presidencia a Rajoy. A eso le llamaron dar un paso a un lado. Y yo lo di al frente, y así hasta hoy.

Fueron aquellos primeros días marianos los que iban a marcar definitivamente mi trayectoria. Era yo un pipiolo que se había metido en política llevado por el romanticismo de las traducciones de latín del bachillerato. Catilina, Julio César... De César tomé el corte de pelo y el vivir permanentemente en busto, de Catilina el modo de acechar. Y así fue como salí de Cataluña a la conquista de la Hispania. En un bárbaro mesetario con coleta quise encontrar a mi Pompeyo, pero no me dio ocasión aquel Pablo en cuyo nombre recaía el estigma del fundador de una secta. Las epístolas de Pablo a los complutenses, a los comunes..., que hoy son de lectura obligada para los aspirantes a mandar, entonces nos parecían irrisorias. Desapareció Pablo antes de que yo le necesitara. Queriendo llegar a Roma, no pasó de Jerusalén. Fue su Silas, el prudente Errejón, quien le tomó el relevo.

“A Rajoy se le llamaba el rey plasmado y en España convivían de verdad dos reyes y en Roma dos papas”

Pero volvamos a los decisivos días del Año 1. Tiempos convulsos en que la sombra de una crisis se proyectaba sobre las ruinas aún humeantes de la anterior. A Rajoy se le llamaba el rey plasmado, y sin embargo en España convivían de verdad dos reyes y en Roma dos papas. Los acontecimientos irrumpían antes de expirar los que los habían propiciado con la inmediatez con que un tuit dejaba viejo a su anterior. Aislado en la soledad del poder y en el vacío de su partido (los presidios se habían transformado en una aspiradora que absorbía a sus militantes más granados), se vio Mariano impelido a confiarse a un amigo imaginario al que dio en llamar Ruiz. “¡Es usted un Ruiz!”, así fue como afloró por primera vez el nombre a sus labios, durante un debate con acaso el más grande de los pioneros de aquel nuestro año fundacional del bipartidismo de un solo partido, sistema al que durante todo este tiempo he representado. Si Pablo era el fundador de una iglesia, sobre Pedro caía el peso de las gastadas piedras, viejas catedrales que habían empezado en linotipia y acabado en yate. A Pedro estuve a punto de metérmelo en el bolsillo para hacer con él lo que, históricamente, solo me iba a ser dado obtener con Mariano. Pedro y yo éramos dos formas de juventud, es decir, de esperanza, diseñadas para lo mismo, y por eso nos repelíamos. Yo tenía la presencia romana que desde tiempos del Lacio designa a todo jefe, pero él, moreno e ibérico, poseía el partido. A Pedro, al que en secreto tanto quise, no tuve la ocasión de quitármelo de encima, pues sería este el postrer trabajo de Mariano. El último duelo público entre fantasmas de titanes, entre dos enanos a hombros de dos gigantes moribundos.

Es cierto que, mientras todo esto ocurría, mi partido se derretía como hilillos de plastilina. Pero a mí, ese partido... ¡Si no lo había creado ni yo! El partido era un traje prestado y hecho con carreras. Mirar al infinito como César, aguardar como Catilina, ese era mi cometido. Pudo más Mariano que Pedro, como los zombis siempre devoran a los vivos que agonizan. Y fue entonces cuando nos quedamos solos los tres: Yo, Mariano y Ruiz. Cada vez más, Mariano fue ahogándose en el chapapote de su balbuceo, de sus frases inconexas. Un traspiés no lo iba a dar, porque don Tancredo no anda. Pero fueron sus ruices quienes trajeron el escándalo que acabó con él. Hasta sus amigos inventados estaban metidos en la corrupción hasta las cejas. Y así, yo entonces ministro de Interior, logré en Hispania lo que Manuel Valls no había sabido conseguir entre los galos. Mucho tiempo ha transcurrido desde entonces. No quiero perpetuarme en el poder como lo haría un tirano, de modo que os anuncio, ciudadanas y ciudadanos, que he decidido no presentarme esta vez a elecciones. Le he dado a la nación lo mejor de mí. Hemos vivido un 98 autonómico, y ahora nuestras fronteras no pasan de la sierra de Buitrago. Pero seguimos siendo un gran país porque un día lo fuimos, como yo un día aspiré a tener todo esto que os devuelvo.

Sed felices.