4/12/2020
Arte

Palabras furtivas. Escribir en la clandestinidad

La muestra de la Imprenta Municipal de Madrid Letras clandestinas recupera la historia de la cultura escrita de manera secreta durante la dictadura franquista

Palabras furtivas. Escribir en la clandestinidad
Entrada de la UCM el día del concierto de Raimon. Archivo General de la UCM
En 1939 se abrió un mundo subterráneo de circuitos clandestinos, espacios escondidos y actividades secretas protagonizado por una cultura escrita que discurrió saltándose todos los márgenes legales de la dictadura del general Franco y se prolongó hasta 1976. Fue un tiempo largo de lecturas perseguidas, que, con su agitación cultural y política, contribuyó a romper los moldes de la dictadura, hacer visibles sus contradicciones y abrir expectativas de futuro.

El pasado 28 de abril la alcaldesa de Madrid Manuela Carmena inauguró en la Imprenta Municipal-Artes del Libro la exposición Letras clandestinas, 1939-1976, que tiene como objetivo exponer las manifestaciones de la cultura escrita clandestina, impresa o manuscrita, que se construyeron y desarrollaron durante la dictadura franquista. Reúne un amplio y variado repertorio con 450 documentos y piezas que se conservan en 33 centros públicos y privados de documentación y colecciones particulares.

La muestra pretende retratar una historia de las gentes sin historia y de la cultura escrita que protagonizaron

La muestra pretende retratar una historia de las gentes sin historia y de la cultura escrita que protagonizaron. Todos los documentos, imágenes y materiales expuestos tiene un denominador común: fueron clandestinos y representan la riqueza patrimonial de una cultura nacida, tejida y desarrollada al margen de la legalidad de la dictadura, que es necesario reconstruir porque silenciosamente contribuyeron a dibujar las condiciones históricas que han hecho posibles las señas de identidad del presente. Interrogar al pasado, escuchar sus respuestas y dialogar con él es la tarea del historiador, pero también son atributos de una sociedad que se quiere conocer a sí misma y reflexionar sobre su presente. Por ello, rescatar un mundo perdido es una saludable tarea de memoria histórica que pretende evitar que una sociedad sea plana e indiferente a golpes de olvido. Depositaria del poder de la palabra escrita y de la fuerza de lo prohibido, la clandestinidad alimentó extraordinarios procesos creativos en sus formas de producción y circulación. Una cultura de la clandestinidad curtida por la imaginación, la destreza y los desafíos constantes a través de una literatura de agitación, disidente o crítica con una dictadura que, conocedora de su fuerza, volcó sobre ella toda la dureza de los mecanismos de control y represión.

En su momento fue un mundo oculto y ocultado. La muestra pretende rastrear, en el pasado reciente de la historia de España, las condiciones en las que esa cultura escrita se creó y desenvolvió para recuperar el contacto con un mundo perdido que no debe permanecer condenado al abandono, sacándolo ahora de la clandestinidad de la historia. Está dividida en cinco partes, siguiendo la naturaleza de los documentos que se exponen.

Proscritos y camuflados

Las condiciones de producción y distribución en el país hicieron casi imposible la edición clandestina en forma de libro. Por eso, una corriente de obras, autores y libros proscritos, editados en México y Argentina desde los años 40, llegaba desde el exterior de la península. Entraban a través de múltiples procedimientos de contrabando en los que participaban editores, distribuidores y libreros comprometidos o temerarios aprovechando las redes clientelares y personales tejidas por la dictadura. En los años 60 se sumaron otras editoriales que, como Ruedo Ibérico desde París, tenían como destino prioritario la circulación clandestina en el interior. Otros recurrieron a publicar en el país con pies de imprenta falsos o a imprimir ocasionalmente fuera para distribuir dentro.

Después de la Ley de prensa e imprenta de 1966, una aparente tolerancia, por la desaparición de la censura previa, quedó al descubierto por unos mecanismos de control que condenaron muchos libros, a veces inicialmente autorizados, al secuestro y a la denuncia. A pesar de ello, circularon clandestinamente, o con tiradas mayores de las permitidas, o lo hicieron como consecuencia del silencio administrativo.

Uno de los recursos más habituales desde los años 40 fueron los folletos o “libritos” camuflados con cubiertas falsas. Por su apariencia externa, nada hacía pensar en su contenido subversivo. Los disfraces eran muy diversos, pero siempre con el fin de pasar desapercibidos. Eran títulos religiosos o devotos, sobre aspectos de la vida cotidiana, desde recetas de cocina hasta reglas deportivas o aprendizaje de idiomas, enseñanzas prácticas y técnicas o literatura nada sospechosa con cabeceras o autores afectos al régimen. En su interior se escondían textos críticos, disidentes o propagandísticos o literatura revolucionaria.

Militantes y de agitación

A lo largo de la dictadura se publicaron centenares de periódicos demostrando la pujanza de las letras clandestinas en forma de prensa periódica. Era muy diversa, amplia y heterogénea, aparecía en forma de órganos o de boletines de partidos y organizaciones políticas y sindicales. Algunas procedían del tiempo anterior a la Guerra Civil, otras se sumaron a partir de los años 40.

Las condiciones de clandestinidad entorpecían la regularidad, y casi siempre la continuidad. A veces no pasaron de unos cuantos. Los órganos de prensa hacían las veces de soldadura de organizaciones fragmentadas y dispersas por la propia clandestinidad, un lugar de encuentro para la unificación de fundamentos doctrinales y estrategias  y un instrumento central de propaganda.

Como no era posible la edición por los canales habituales, el recurso fue la autoedición, con una prensa subterránea al margen de los canales oficiales para sortear férreos controles, que conformó toda una literatura prohibida como género editorial, con lenguaje e iconografía propios, a base de publicaciones precarias pero acopladas a su producción y uso clandestino.

La década de los años 50, y sobre todo la de los años 60, abrió el abanico de prensa a múltiples publicaciones procedentes de nuevos movimientos sindicales, asociativos o ciudadanos: empresas, movimiento estudiantil, grupos católicos, mujeres, colectivos profesionales, jóvenes, soldados o asociaciones de barriadas, para culminar en los primeros años 70 con una extensa pluralidad, al calor del crecimiento de las protestas, disidencias y oposiciones, procedentes del ámbito laboral, universitario o ciudadano.

Letras escondidas y cautivas

La voluntad de supervivencia y de afirmación de las convicciones en las cárceles provocó la creación de una cultura manuscrita, doblemente clandestina, a base de cartas, informes, poesías y periódicos hechos a mano, ejemplares únicos de una cultura clandestina muy singular que expresa las condiciones extremas de la producción escrita, con letras de ida y vuelta entre muros y rejas pobladas de textos escondidos. Los periódicos manuscritos representan una de las experiencias más singulares de la historia de la cultura escrita, los convierte en obras de arte, realizados con minúscula y precisa caligrafía y dibujos coloreados de bellas facturas. Con ellos se vertebraba la lucha política en el interior de las prisiones y la comunicación con el exterior, se desarrollaba la formación política y su difusión entre los presos y se configuraba una estrategia de supervivencia vital tejida con redes de solidaridad. Se exponen casi una veintena de periódicos hechos en la cárcel. Entre ellos están el periódico Universidad, que regresa a España por primera vez desde el Instituto Internacional de Historia Social de Ámsterdam, y el periódico Juventud, formando parte, como prueba de cargo, del consejo de guerra por el que su director, en la cárcel, el poeta Marcos Ana, fue condenado a muerte.

El género epistolar se disparó en las prisiones. Las cartas se ocultaban para salir o entrar, se redactaban en clave, o se alimentaban con jergas enriquecedoras del juego idiomático con el cruce de significantes y significados. Eran letras cifradas que entraban y salían en carteras de doble fondo y por múltiples canales como resultado de un ingenio agudizado.

Fuera de la cárcel, las cartas, comunicados o informes entre las organizaciones guardaron todas las apariencias para no ser detectadas. El recurso a escribir en clave fue habitual, con cartas troceadas y enviadas separadamente, cabeceras de prensa disfrazadas o mensajes en clave; también letras disimuladas en distintos objetos como relojes y maletas de doble fondo, letras falsificadas para la creación de documentos y la ocultación de las identidades de sus militantes, suplantadas  y legitimadas por sellos, pólizas y tampones muy diversos.

Máquinas clandestinas

Se abrieron rutas furtivas, trastiendas secretas y espacios ocultos para esconder la maquinaria y los útiles, y elaborar y distribuir las publicaciones. La Minerva era la máquina más habitual para impresión tipográfica. Entre ellas, la tipo Boston era la más rudimentaria y la más utilizada. En segundo lugar estaba el ciclostil, una multicopista de manivela, con rodillo, en la que el cliché iba montado sobre el cilindro. Y por último, la maquinaria más sencilla era el ciclostil en caja de madera, llamada después vietnamita. Con estas máquinas se tiraron periódicos, boletines, hojas sueltas u octavillas. Las vietnamitas acabaron teniendo cada vez más importancia, ya que evitaban problemas de adquisición, instalación y manejo y permitían la elaboración de la propaganda de forma rápida y con pocos recursos.

Todos los documentos y materiales expuestos fueron clandestinos y representan la riqueza de una cultura marginal

Los lugares elegidos debían reunir todas las condiciones de aislamiento y secretismo, tratando de evitar su localización por el trasiego de gentes o por el ruido de la maquinaria. Se abrió así un mundo de huecos subterráneos o de habitaciones con doble pared. Los domicilios particulares fueron un recurso habitual para instalar maquinaria, para garantizar la discreción, y fueron objeto de cambios constantes por razones de seguridad. En la exposición se exhibe una proyección del estado actual de la habitación subterránea donde en 1945 se imprimía El Socialista.

Octavillas y letras pegadas

La literatura panfletaria se desplegó en distintos soportes escritos: en hojas sueltas, con manifiestos, comunicados, proclamas, llamamientos o cartas abiertas y en octavillas con consignas o convocatorias de huelgas y manifestaciones. Fue una prensa sin periodicidad, efímera, elaborada para circunstancias precisas y destinada, más allá de los circuitos de la militancia, a la propaganda y la comunicación.

Su forma de producción, contenidos, formato y distribución configuraron una forma muy singular de cultura escrita convertida en el símbolo de la agitación, la propaganda  y la disidencia política y de la comunicación subversiva contra la dictadura. La lluvia de octavillas pasó a formar parte, sobre todo desde finales de los años 60, del paisaje eventual de los centros urbanos más populosos, barriadas, aledaños de fábricas y centros de trabajo y muy habituales en el paisaje de los centros educativos, especialmente en el aire y el suelo de las facultades. Sus mensajes eran más cortos y puntuales, con menor elaboración doctrinal, y nutridos de consignas concretas, frases cerradas y rodeadas de puntuaciones de exclamación. Tenían la ventaja de la inmediatez y de la agilidad para la transmisión de mensajes. Bastaba una mirada fugaz del lector y una lectura rápida.

Los recursos de la cultura escrita clandestina también abarcaron las letras pegadas con carteles y pegatinas en programas de mano de conciertos, exposiciones y grabados como los de Estampa Popular y de otros artistas, cuya actitud contestataria se nutría del diálogo de artes plásticas y letras. En la exposición hay grabados de Manuel Calvo, Ricardo Zamorano y serigrafías de Tino Calabuig, o el programa de mano del concierto de Raimon en 1968 en la Universidad Complutense, acompañados por fotografías. Para terminar, la cultura clandestina también se alimentó de letras pintadas en pancartas, paredes y muros, a veces formando parte de murales compuestos de colores y poesías, como expresión de la militancia o de la protesta ciudadana. 

El recorrido finaliza con un mapa de Madrid con los puntos donde se imprimieron o distribuyeron letras clandestinas y los testimonios orales de quienes protagonizaron las formas de producción y circulación de una cultura secreta, entre ellos el poeta Marcos Ana, el historiador Nicolás Sánchez Albornoz, el jurista Óscar Alzaga, o el dirigente del PCE Víctor Díaz Cardiel, pero también otros protagonistas que ahora salen de la clandestinidad de la historia, Ezequiel AdsuarMaría Carmen Sánchez Biedma y Agustín Gómez, representando a los “clandestinos de los clandestinos”.

Letras clandestinas
Letras clandestinas
Comisariada por Jesús A. Martínez Martín
En la Imprenta Municipal de Madrid hasta el 30 de octubre