15/9/2019
Europa

Portugal. El Gobierno de izquierdas resiste

A pesar de las dificultades económicas y de las exigencias del rescate, la situación política portuguesa se ha estabilizado por la acción del Ejecutivo y la pasividad de los partidos de la derecha

Diego Carcedo - 09/09/2016 - Número 50
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Portugal. El Gobierno de izquierdas resiste
António Costa pronuncia su primer discurso en el Parlamento como primer ministro, el 2 de diciembre de 2015. patricia de melo moreira / afp / getty
Hace 10 meses, nadie apostaba un euro por la supervivencia del Gobierno portugués. Su constitución había sido un verdadero parto con fórceps. Las elecciones generales celebradas en octubre habían sido ganadas por la coalición gobernante de derechas  (PSD-CDS-PP), encabezada por Pedro Passos Coelho, pero sin mayoría absoluta. De los 230 miembros del Parlamento solo obtuvo 102 escaños, frente a los que totalizaban los restantes partidos, todos ellos de izquierdas.

La situación creada era similar a la que un par de meses más tarde se produciría en España, aunque esta todavía está sin solución. Passos Coelho reivindicó el derecho a encabezar el gobierno por ser el partido más votado, para lo que contaba con el argumento de que siempre había sido así, y su reivindicación enseguida fue secundada por el entonces presidente de la República, su correligionario Aníbal Cavaco Silva, que en el sistema presidencialista portugués tiene la potestad de nombrar y destituir gobiernos y convocar elecciones.

Tras los intentos fallidos de constituir una gran coalición al estilo alemán entre los conservadores y el PS, el presidente reafirmó a Passos Coelho como primer ministro. Pero por poco tiempo, porque dos semanas después toda la oposición votó en contra de su investidura. El callejón sin salida que se creaba causó alarma: de aquella coincidencia parlamentaria contra el jefe del nuevo gobierno impuesto por el presidente acabó abriéndose una salida de izquierdas que hasta ese momento era considerada inverosímil.

Hablar en serio

Pero la política consigue milagros cuando sus protagonistas se sientan a hablar con seriedad. La habilidad negociadora del líder socialista, António Costa —que a pesar de haber salido mal parado en las elecciones no tiró la toalla— y la flexibilidad inédita de los comunistas acabaron desembocando en un acuerdo, a primera vista prendido con alfileres, para que el PS formara gobierno gracias al respaldo de los comunistas, la extrema izquierda populista y el único diputado con que contaban los Verdes.

Era el segundo Gobierno de izquierdas de Europa, después de Grecia —y con muchos tintes radicales—. Y el primero en la democracia portuguesa que no había sido encabezado por el vencedor de las elecciones. La derecha se alarmó: no entendía cómo había sido posible un acuerdo entre partidos tan irreconciliables como el PCP y el socialista, después de cuatro décadas enfrentados, y el BE (Bloco de Esquerda), igualmente incompatible. Los comunistas repudiaban a los populistas, a los que acusaban de heterodoxos, y aún los odiaban más después de que les arrebataran muchos votos y los hubieran relegado al cuarto lugar en la Cámara con un escaño más.

Entre el pánico y la esperanza

El apoyo del PCP, el partido del difunto Álvaro Cunhal, el último reducto del estalinismo en Europa, reforzado por los radicales antisistema que, siguiendo el modelo de Syriza o Podemos, amenazaban con una revolución, creó verdadero pánico en el país. La confianza moderadora puesta en el PS y en António Costa se esfumó ante las amenazas propaladas por la derecha. El propio Cavaco Silva calificó la experiencia de inconsistente. Mientras tanto, en Bruselas también fruncían el ceño y mandaban recados con advertencias serias.

El Ejecutivo de Costa paró privatizaciones, redujo despidos y subió ligeramente salarios y pensiones

Portugal sufría la crisis económica internacional incluso con mayor virulencia que otros países europeos. De hecho, la crisis del 2009 se sumó a la que ya venían  enfrentando en solitario desde hacía más de una década. Tanto que en 2011 tuvo  que acogerse, lo mismo que Grecia e Irlanda, a un rescate conjunto de la UE, el FMI y el BCE, de 78.000 millones de euros. Y a cambio, someterse a unas condiciones leoninas de esas tres instituciones —la troika— que impusieron una austeridad en el gasto calificada de dramática. El Gobierno de izquierdas se resistió, pero acabó acatando el grueso de los compromisos, aunque sin la docilidad de su predecesor.

El gobierno de Passos Coelho había aceptado, sin oponer mayor resistencia, unos recortes drásticos que, aunque la propaganda electoral del último año mostraban como superados, en la realidad habían creado una penuria social y un malestar que continuamente se exteriorizaba en manifestaciones y protestas callejeras. Los temores y resistencias que encontró la izquierda plural en su difícil reto de gobernar en aquellas condiciones se aplacaron ligeramente ante la esperanza de un cambio que implicase el final de los recortes. El primer problema, salvado con muchas dificultades, fue aprobar con retraso el presupuesto de 2015.

El programa de 68 medidas pactadas por los cuatro grupos que arropaban al Ejecutivo consiguió  despertar cierta confianza que, seguida de la ejecución de las primeras, enseguida se hizo sentir en el ambiente. No tanto por sus efectos, que han sido pocos y contradictorios, sino por el cese del activismo opositor que ejercían entre las clases más necesitadas tanto comunistas y populistas como los propios sindicatos, que vieron que por primera vez en mucho tiempo eran escuchadas y atendidas sus reivindicaciones.

La paralización de las privatizaciones de empresas públicas, que la troika exigía y el PCP rechazaba, fue quizás la primera de las medidas globales de impacto. La ruptura del compromiso de cesión a un consorcio internacional de las acciones que el Estado mantenía en la TAP, la ruinosa compañía aérea, fue contemplada como el final de una etapa en que todo lo público se hallaba sentenciado. Los despidos colectivos se redujeron a una cuarta parte. A pesar de que eran avances tibios, porque se había vivido por encima de las posibilidades y el rescate había que devolverlo, la gente empezó a percibir que su situación mejoraba.

Una modesta subida de los sueldos, empezando por el salario mínimo, cuyo objetivo se fijó en 600 euros, y una ligera mejora de las pensiones y las percepciones de los funcionarios públicos, que llevaban seis años congeladas, así como una revisión de los escalones del IRPF, alivió ligeramente las economías domésticas. El Gobierno apostó por estimular el consumo como vía para crear más riqueza. La medida dio resultados, pero con una contrapartida preocupante: los expertos  consideran que el Gobierno privilegió el consumo privado en detrimento de la inversión pública.

La balanza comercial es el primer dato que delata que la economía, a pesar de haber crecido el PIB un 0,8% en lo que va de año, está muy por debajo del 1,5% de la media de la eurozona. Las exportaciones se redujeron al encarecerse los precios de sus productos y las importaciones aumentaron en paralelo al incremento del consumo. El desfase es de un 35%, que en alguna medida se verá paliado por la buena temporada turística que está discurriendo.

Crisis bancaria

La economía sigue siendo el problema. La previsión anticipaba un crecimiento del 1,6%, ya de por sí bajo, y las últimas estimaciones lo rebajan al 1,2. La estabilidad política tampoco está siendo contemplada de forma muy positiva por las agencias evaluadoras, que siguen dándole al país unas calificaciones de riesgo, aunque positivo. Influye sin duda que el presupuesto en vigor no está siendo cumplido. La prima de riesgo sigue siendo muy elevada. Y todo se ha agravado en los últimos meses con la crisis bancaria que, junto a la italiana, tanto preocupa entre las economías europeas.

El nuevo Gobierno heredó un sistema bancario muy afectado por los excesos del pasado: escasez de financiación y elevado porcentaje de créditos basura. El Gobierno tuvo que afrontar la transferencia del quebrado e histórico Banco Espírito Santo al Banco Novo. Enfrenta también la delicada situación de la Caixa Geral de Depósitos (CGD), la principal institución financiera del país, que precisa un rescate bancario con unas condiciones que se han convertido en un nuevo problema. La llegada de entidades españolas, que han absorbido bancos locales, se contempla con alivio y con recelo.

Los comunistas se niegan a respaldar cualquier tipo de privatización de la CGD y de intervención del Banco Central Europeo. “Queremos recuperar nuestra soberanía”, dijo el secretario general del partido, Jerónimo de Sousa, quien ha declarado la guerra a las que considera pretensiones de intervención y tutela de Mario Draghi, presidente del BCE. Aunque la crítica a la Unión Europea ha bajado de tono, reaparece de vez en cuando sobre cuestiones concretas.

Referéndum a la británica

A raíz del Brexit, la siempre comedida y dialogante Catarina Martins, la líder del BE, sorprendió afirmando que no admitirán más chantajes de la UE y que si se aplicasen sanciones a Portugal contemplarían la posibilidad de convocar un referéndum  similar al de Reino Unido. Sus palabras fueron recogidas en la prensa perono tuvieron eco. Mientras, la Asamblea fue aprobando cambios y revisiones de leyes de la etapa anterior, como la que afectaba al aborto.

“Lo mejor del Gobierno es que, en contra de lo anticipado, no ha roto nada”, dice un analista portugués

Tras el verano, el principal escollo que tendrá que salvar Costa es la aprobación del presupuesto para 2017, haciendo frente a las presiones de los partidos que le apoyan y las exigencias de la troika, cuyos miembros quieren seguir aplicando medidas de austeridad. La Hacienda pública necesita incrementar su endeudamiento en 12.000 millones de euros por encima de lo previsto para poder seguir cumpliendo, como viene haciendo, los compromisos de devolución del rescate.

Pero a pesar de las dificultades, a la situación política ha conseguido estabilizarse y no es previsible que a corto plazo el Gobierno se tambalee. Los partidos que lo sostienen discrepan en muchos aspectos, pero será difícil que se impliquen en su liquidación. El mejor cortafuegos con que cuenta António Costa es la oposición frontal de comunistas y populistas a que la derecha recupere el poder. Aparte de que una de las sorpresas que ofrece la política portuguesa es la pasividad con que están actuando los partidos de la derecha. Passos Coelho se limita a reclamar nuevas elecciones, pero sin énfasis: es consciente de que debe dejar que los portugueses superen el mal recuerdo que dejó su etapa y olviden la comedida satisfacción que ahora mismo se respira.

Mejor talante presidencial

Entre tanto se celebraron elecciones presidenciales, que ganó en la primera vuelta Marcelo Rebelo de Sousa con un aplastante 52%. El heredero del intervencionista Cavaco Silva es de su mismo partido (el PSD, de corte liberal) pero con un talante muy diferente. Rebelo de Sousa es una persona menos autoritaria y más próxima al pueblo, al que se ganó en sus intervenciones en la televisión, y un demócrata que se ha propuesto no forzar la aplicación de sus poderes constitucionales. Cuando, recién elegido, le preguntaron si mantendría al Gobierno de izquierdas, respondió: “Soy el árbitro y los árbitros no meten los goles”.

A punto de cumplir su primer año, los partidos que apoyan al Gobierno han empezado a pedirle cuentas. El balance provisional presentado por el primer ministro indica que de los 68 puntos del acuerdo de legislatura se han cumplido 38, 13 están en ejecución y el resto son objeto aún de debate. El PCP, el más exigente, ha metido prisa y advertido de que a la hora de cumplir lo pactado no hay excepciones. “Hasta el último punto debe ser cumplido”, dijo su portavoz. Costa respondió con una frase muy portuguesa: “Palabra dada, palabra honrada”.

El resumen lo hacía por teléfono a AHORA un veterano analista independiente de Lisboa: “El Gobierno ha cometido muchos errores, previsibles dada su configuración. Pero nada que haga cambiar nuestra historia. Lo mejor del Gobierno es que, en contra de lo anticipado, no ha roto nada.”