17/12/2017
Entrevista

«Siempre he hecho el cine que he querido y a mi manera»

Entrevista a Carlos Saura, cineasta y fotógrafo español

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«Siempre he hecho el cine que he querido y a mi manera»
lionel buenaventure / afp / getty
Carlos Saura (Huesca, 1932) acaba de estrenar en el Festival de Toronto su última pieza musical, Jota. El cineasta y fotógrafo, uno de los referentes de la historia del cine español, obtuvo el premio a la mejor dirección en el Festival Internacional de Berlín en 1965 con La caza. Después llegaron títulos como Cría cuervos, La prima Angélica o Deprisa, deprisa. Siempre en activo, nunca ha dejado de explorar músicas en su cine hasta depurar un tipo de películas difíciles de encajar en un género. Quizá porque, como advierte el cineasta de 84 años, las imágenes de Jota (que llega a los cines este viernes) vuelan libres sin otra vocación que la de destilar en cada plano las esencias del baile y del canto.

Como aragonés, ¿era ‘Jota’ una cuenta pendiente?
Desde luego que lo era, aunque mentiría si dijera que he trabajado bajo presión. Como buen aragonés, la jota echa raíces en mi más tierna infancia. Todavía, si cierro los ojos, puedo ver bailar a mi madre y a mi hermana… De alguna manera la película indaga en esos recuerdos, pero no aborda la jota como un fósil de la memoria, sino como un arte en constante evolución. Mi intención no era tanto capturar la esencia de la jota como empujarla con las cámaras un poco más allá en la certeza de que tan importante es el baile como todo lo que lo rodea.
 
¿Qué es ‘Jota’ exactamente? ¿Una película, un musical, un documental…?
Ni yo mismo lo tengo claro. Se ha dicho que es un documental, pero yo creo que no se ajusta al género. He hecho siete películas musicales y la gente no sabe dónde ubicarlas. Quizá se trate de un género híbrido.  

 “España ni me duele ni me quita el sueño. A los que hemos vivido la España medieval esta España cainita no nos disgusta del todo”

Fue su madre quien le inculcó el amor por la música. ¿Cómo llevaba ella, pianista clásica, su afición por el flamenco?
Jamás lo censuró. Le hacía gracia ver cómo su hijo disfrutaba tanto con el flamenco, que es una música callejera. Lamento decirlo, pero el flamenco que yo conocí de pequeño ya no existe. La gente ya no canta por la calle. No hay más que salir a pasear por cualquier ciudad para comprobar que en España ya no suenan los andamios.
 
¿En qué público pensaba mientras la rodaba?
Soy muy egoísta, lo reconozco, porque nunca pienso en el público. Cuando dirijo una película pienso en mí, luego en mis amigos y por extensión en los amigos de mis amigos… Pero ahí acaba la cosa. Por eso nunca tengo claro si el resultado funcionará en taquilla. Jamás sospeché que Carmen fuera a gustar, y ahí está, de la misma manera que siempre confié en que Dulces horas sería un éxito, pero me equivoqué. En realidad, nunca sé a qué atenerme porque lo que era un bodrio para la crítica de hace 40 años ahora es cine de culto. Fíjese si no en Cría cuervos… El tiempo lo cambia todo.
 
Ahora que lo dice, ¿qué hace mejor a los 84 que a los 48?
En lo fundamental, que es mi interés por el cine, sigo igual, no me he marchitado. Me siguen fascinando, como el primer día, la fotografía, la escritura y la música. Acaso le diría que ahora reflexiono un poco más a la hora de involucrarme en un proyecto, porque sé que el tiempo corre en mi contra. Pero siempre ando dándole vueltas a algo nuevo. Quiero hacer una película sobre el Guernica de Picasso con Antonio Banderas como protagonista, quiero volver a la India y quiero dirigir más Carmen por el mundo.
 
Resuenan los ecos de su película de 1966, ‘La caza’, en el Parlamento. ¿Le duele España?
España ni me duele ni me quita el sueño. A los que hemos vivido la España medieval esta España cainita no nos disgusta del todo. Quien no recuerde la miseria de aquellos años grises en que yo empecé a hacer cine tiene todo el derecho a la protesta y a la indignación, porque habrá nacido en libertad y esa será su suerte. Pero a mí, que he sobrevivido a una guerra, a una dictadura y a todo lo demás, que me dispensen…
 
¿Sigue pensando, como ha manifestado en más de una ocasión, que se le sigue valorando más fuera de España?
Las cosas han cambiado mucho, no lo voy a negar. Ahora se hacen ciclos sobre mis películas, dentro y fuera de España, y en algún sitio hasta se me estudia como si fuera un clásico. Pero no olvido los palos terribles que me pegaron. Sobre mí se ha dicho de todo, casi todo malo, y durante un tiempo mis películas fueron consideradas una porquería. La primera vez que fui a Cannes, en 1960, con Los golfos, la censura aprovechó mi viaje para cortarme 15 minutos de película. Terrible… Por eso siempre digo que en España para ser un tipo estupendo hay que estar muerto y bien muerto.

 “Nunca sé a qué atenerme porque lo que era un bodrio para la crítica de hace 40 años ahora es cine de culto”

¿Qué ha aprendido de esta ‘Jota’?
Sabía de la existencia de jotas en Valencia, Navarra, Extremadura… Hasta en México y en Argentina tienen la suya. Pero ignoraba que hubiera una jota gallega. Una maravilla que me resisto a describir con palabras. Es mejor verla.
 
Desde aquel cortometraje, ‘Flamenco’, de 1955, ¿cuál ha sido la constante en su cine, la invariable esencia?
Espero que no haya nada de eso porque nunca lo he buscado. En otra época me reprocharon falta de estilo, pero la verdad es que siempre he hecho el cine que he querido y a mi manera. Por eso nunca creí que fuera a durar mucho. Cuando terminé Los golfos pensé que era mi despedida. Y vaya. 
 
Decía Buñuel que era usted un poco alemán, que no se reía. ¿Hablaba en serio?
Buñuel dijo muchas cosas, pero creo que muy pocos llegaron a entenderle. Con él no era posible la interpretación literal. Todo tenía un doble sentido. ¿Que yo era alemán? Qué gracia. 
 
Por cierto, ¿qué piensa hacer con sus 700 cámaras de fotografía?
Siempre me han fascinado las cámaras antiguas, que son como relojes que marcan las horas del mundo. Muchas de las que tengo las compré en un viaje a Argentina, cuando fuimos a grabar El sur. Desde entonces he acumulado tantas que no sé dónde meterlas. A veces, cuando estoy solo en mi estudio, pienso que son ellas las que me observan a mí, y no al revés.