18/9/2019
Internacional

Srebrenica sigue llorando a sus muertos

Las familias acuden cada año al Memorial de Potocari, un cementerio frente a la fábrica en la que los soldados de Mladic mataron a más de 8.300 bosniacos en 1995

Borja Diaz-Merry - 22/07/2016 - Número 43
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Srebrenica sigue llorando a sus muertos
El rezo de los hombres ante los féretros mirando a La Meca, el pasado 11 de julio en el funeral por las víctimas de la matanza de Srebrenica. Borja Díaz-Merry
Srebrenica, una pequeña localidad enclavada entre las montañas en el este de Bosnia i Herzegovina, sufrió en julio de 1995 la mayor matanza cometida en suelo europeo desde la Segunda Guerra Mundial. Tras varios meses de asedio, los militares serbobosnios bajo el mando del general Ratko Mladic entraron en la ciudad, declarada zona segura por Naciones Unidas, y mataron a más de 8.300 bosniacos (musulmanes bosnios), en su mayoría hombres pero también niños, mujeres y ancianos.

La matanza se perpetró en solo cinco días de julio, pero el terror y el dolor que sufrieron las víctimas y los supervivientes no terminó entonces. Los hombres musulmanes que lograron escapar llegaron hasta Tuzla, donde se convirtieron en refugiados y se unieron a los miles de mujeres, ancianos y niños que habían llegado días antes, enviados a la fuerza en autobuses fletados por los militares serbobosnios.

Los uniformados serbobosnios enterraron los cuerpos de sus víctimas en decenas de fosas situadas en diversos puntos de la región y, posteriormente, los desenterraron y los trasladaron a nuevos emplazamientos, destrozando los cadáveres con excavadoras y dificultando así su identificación y las investigaciones sobre lo sucedido.

Destrozaron los cadáveres con excavadoras,  dificultando su identificación

Ya han pasado 21 años desde la masacre, pero las familias siguen sufriendo sus consecuencias. El proceso de localización de las fosas comunes no ha concluido y todavía quedan más de 1.500 cadáveres por encontrar o identificar en la zona, más de 1.500 cuerpos que deben ser entregados a los familiares para que los puedan sepultar, si así lo desean, en el Memorial de Potocari, un impresionante cementerio con más de 6.300 tumbas situado frente a la fábrica en la que comenzó la barbarie.

Desde hace más de una década, cada 11 de julio, el recinto acoge el funeral por las víctimas que han sido identificadas en los 12 meses anteriores, un acto en el que las familias han sepultado este año a 127 víctimas de la masacre, reivindicando su memoria para que una matanza así no vuelva a repetirse en los Balcanes y para que nadie siga negando que lo sucedido fue un genocidio. Perfectamente alineados y numerados, los féretros cubiertos con la tela verde que simboliza el islam llegaron el 9 de julio a la fábrica de baterías de coche en la que hace 21 años los militares serbobosnios separaron a los hombres de las mujeres, los niños y los ancianos, para acabar con la vida de los varones, de todos aquellos que consideraron que estaban en edad de combatir.

El hallazgo de las numerosas fosas en los años posteriores ha demostrado, sin embargo, que no solo mataron a los hombres. Entre los cadáveres, además de algunas mujeres, menores y ancianos, se encontró a una niña que había nacido solo unos días antes. Se llamaba Fátima Muhic y su pequeño féretro descansa desde hace tres años en el Memorial de Potocari.

Regreso difícil

Las familias observan por primera vez los ataúdes dos días antes de las exequias, en una breve ceremonia que se celebra en el cementerio de Visoko, a las afueras de Sarajevo. Un camión cubierto con la bandera de Bosnia traslada desde allí los féretros por carretera hasta la capital del país, donde los sarajevitas esperan el lento paso del vehículo para llenarlo de flores y rezar por los que nunca volvieron a Srebrenica. Cuatro horas después, el camión entra en Potocari y, tras el rezo del imán de Srebrenica, cientos de voluntarios llevan con sus manos los féretros para dejarlos alineados dentro de una amplia nave.

En ese espacio, el mismo en el que estaban desplegados los cascos azules que en julio de 1995 se marcharon sin proteger a los miles de civiles bosniacos refugiados en su base, las familias se reencuentran ahora con los ataúdes de sus seres queridos, identificados en cada caja con su nombre y apellido, el año de nacimiento y 1995 como año de defunción de todos ellos.

Ataviado con un gorro tradicional musulmán, Idriz Kandzetovic observa con detenimiento las listas de los fallecidos y los números de los féretros. Él estaba en Srebrenica cuando los militares serbobosnios entraron en la ciudad para sembrarla de muerte. Huyó con sus hermanos Ibrahim y Bekir por las montañas para intentar llegar hasta Tuzla, pero ellos no consiguieron escapar. “En 1995 desaparecieron dos hermanos míos. Después de más de 20 años han encontrado los cuerpos. Son mis dos hermanos. Uno es el marido de esa mujer, tiene dos hijos, y el otro es mi hermano pequeño, que tiene un hijo”, explica con voz pausada.

“Estuvimos juntos 11 días. Al final ellos nunca llegaron a Tuzla. No tuvieron éxito al escapar. Entonces volvieron andando a Srebrenica y después se fueron hacia Serbia, llegando a entrar en el territorio libre de Serbia. Allí les interceptaron las unidades especiales de las fuerzas serbias, que les mandaron de vuelta a Srebrenica”, relata Idriz, que ejerce como líder de la familia en el sepelio y consuela a su cuñada cuando reza ante el féretro de su marido fallecido.

Cuenta que tanto él como sus hermanos vivían en Srebrenica en varios apartamentos y que ahora han vuelto a residir allí, tras comprar la propiedad. Ese es precisamente uno de los problemas que afrontan los refugiados que huyeron del genocidio: la dificultad para volver a tomar posesión de su vivienda tras una huida precipitada y más cuando, en algunos casos, no tenían título de propiedad porque la casa pertenecía al Estado desde la época de Yugoslavia. Con la mirada fija en su interlocutor, Idriz admite que ya no creía que fueran a encontrarse los cuerpos de sus hermanos porque temía que estuvieran en el fondo de un río. “Perdí toda la esperanza de encontrar un solo hueso de mis hermanos porque pensaba que los asesinaron y lanzaron sus cuerpos al río Drina. He rezado mucho, cada día en cada una de las oraciones de los musulmanes, para poder encontrar cualquier cosa de ellos”, señala.

Su familia y la de su mujer perdieron en el genocidio a otros 52 familiares cuyos cadáveres todavía no han sido encontrados. En Potocari, el primer cadáver que pudieron sepultar fue el de su padre, al que desde este 11 de julio acompañan por fin Ibrahim y Bekir. Los hijos de los dos fallecidos no pueden aguantar las lágrimas durante el entierro y se funden en abrazos con los familiares que acuden a darles el pésame después de 21 años de espera. Ante sus sobrinos y el resto de allegados, Idriz dirige una plegaria en memoria de sus dos hermanos antes de dar paso al imán, mirando a cada uno de los asistentes.

"Una granada lo partió en dos"

Ramiz Salihovic también vivía en Srebrenica, pero ha sido incapaz de quedarse en la ciudad en la que nació hace más de seis décadas. Dice que se salvó “por pura casualidad” del genocidio porque entonces era conductor profesional y aquel día le tocó estar en Tuzla. Su mujer y sus dos hijos lograron escapar de la masacre porque los serbobosnios los montaron en los autobuses preparados para evacuar a mujeres, ancianos y niños. No sucedió lo mismo con su cuñado, que intentó huir de Srebrenica corriendo por los bosques. Se llamaba Idriz Jahic y murió cuando tenía 41 años.

“Mi cuñado estaba con su hijo y los dos querían escapar de los militares pero, en uno de los ataques, una granada le partió el cuerpo en dos. El hijo resultó herido, pero al final llegó y sobrevivió. Ahora vive en Alemania y solo ha venido para el entierro de su padre”, relata. Ante la disyuntiva de si volver o no a vivir a Srebrenica, Ramiz no lo duda ni un momento y subraya que es muy difícil dar ese paso cuando no hay perspectivas de futuro y se acumula tanto dolor por los familiares muertos en la masacre. “No hay vida aquí. Ya no puedo volver porque estoy muy enfermo. Hasta hoy he participado en el enterramiento de 130 miembros de mi familia en estos 20 años. Me queda por enterrar a mi tía por parte de padre y sus tres hijos”, explica.

Junto al ataúd de Rahman Salihovic permanecen sentados sus tres jóvenes hijos, acariciando el féretro y animando a su madre a acercarse para rezar. Los tres estaban con su padre dentro de la base de los cascos azules y la última vez que lo vieron fue cuando los militares serbobosnios se lo llevaron.

“Hasta ahora habíamos encontrado a tres tíos y a un sobrino, están todos enterrados aquí”, explica el más pequeño de los hermanos. “Todavía hay gente que sigue diciendo que esto no es genocidio”, añade otro miembro de la familia Salihovic, antes de continuar con su rezo.

Reconocimiento del genocidio

La palabra genocidio no deja de repetirse durante todo el funeral en el Memorial de Potocari, en los rezos, en la interpretación del simbólico himno Srebrenica Inferno y en los discursos políticos de las autoridades asistentes, pero también en los testimonios de los familiares cuando recuerdan ante un periodista qué les sucedió a los suyos.

Ni los presidentes serbios ni el de la República Srpska aceptan reconocer que fue un genocidio

Bakir Izetbegovic, el hijo del primer presidente de Bosnia i Herzegovina y actual representante bosniaco de la presidencia tripartita del país, reclama en su discurso en el funeral que las autoridades serbias y serbobosnias den por fin el paso de admitir que la masacre fue un genocidio. “El reconocimiento y la aceptación de lo que realmente ocurrió es el primer paso para poder llegar a la verdad”, subraya.

Con similares argumentos, año tras año, las autoridades de Serbia y de la República Srpska, la entidad serbia de Bosnia i Herzegovina, rechazan utilizar el término genocidio, a pesar de que es el concepto empleado en sus sentencias por el Tribunal Penal Internacional de la Haya para definir los crímenes cometidos en Srebrenica. Esta pequeña ciudad montañosa cuya principal fuente de ingresos hasta la guerra de Bosnia eran las minas de sal ha ido evolucionando con el paso de los años, pero en sus calles se pueden observar algunas muestras que denotan las diferencias que todavía separan a las comunidades serbobosnia y bosniaca.

Mientras los musulmanes lucen en su pecho estos días la flor que representa el duelo de las madres de las víctimas del genocidio, los serbobosnios mantienen en paredes de viviendas, edificios y en mobiliario urbano los mismos carteles puestos en 2015 con agradecimientos en cirílico a Vladimir Putin, el presidente de Rusia, por haber impedido que se aprobara una resolución de condena del genocidio.

No a las autoridades serbias

La polémica política ha alcanzado también al funeral de Potocari, a pesar de que los verdaderos protagonistas son cada año las familias y los difuntos. Después de que en 2015 varios individuos lanzaran botellas y piedras al primer ministro de Serbia, Alexandar Vucic, provocando su salida precipitada del Memorial de Potocari, el comité organizador de las exequias ha decidido no volver a invitar a las autoridades serbias.

Camil Durakovic, alcalde de Srebrenica y superviviente del genocidio, defiende sin dudarlo la decisión de no permitir la entrada de las autoridades serbias y serbobosnias. Lo hace con el argumento de que deben reconocer el genocidio si quieren rendir homenaje a los fallecidos. No habla desde la distancia: él perdió a dos tíos y tres primos de la familia de su madre. Logró huir corriendo por los bosques. Su padre y su hermano sobrevivieron, a pesar de que los serbobosnios los capturaron cuando huían.

Han transcurrido más de dos décadas desde que los hombres bajo el mando del general Ratko Mladic perpetraron el genocidio en Srebrenica y solo dos líderes políticos de Serbia han acudido al funeral del 11 de julio en Potocari. En 2010 fue el entonces presidente de Serbia, Boris Tadic, y en 2015 lo hizo Vucic. Ninguno de los dos aceptó dar el paso de reconocer que la matanza fue un genocidio. El presidente de la República Srpska, Milorad Dodic, ha dejado claro que “nunca” lo hará.