19/6/2019
Internacional

Transnistria, bienvenidos al pasado

El territorio separatista es escenario de todo tipo de actividades ilegales

Javier Gutiérrez - 29/04/2016 - Número 31
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Transnistria, bienvenidos al pasado
Un coche Lada en las calles de Tiráspol. DANIEL MIHAILESCU / AFP / Getty

Viajar a Tiráspol es fácil. Basta con acercarse hasta la estación norte de Chisináu, pagar poco más de un euro y medio y coger uno de los más de 40 minibuses que salen diariamente desde la capital moldava. Seguramente el desplazamiento será en un minibús alemán de los años 80, el conductor se encenderá algún cigarrillo y responderá a unas cuantas llamadas telefónicas mientras esquiva los socavones de las maltrechas carreteras moldavas. Una hora después, entre los tumbos y el olor del tabaco, apostados en la orilla de la carretera aparecerán unos cuantos militares con las siglas MC al hombro (Mirotvorcheskie Sily, “fuerzas de paz” en ruso). Unos metros más adelante, otros militares con estética de otro tiempo y armados con kaláshnikovs ordenarán parar al minibús y bajar a todos sus pasajeros. Se tratará del control fronterizo de la República Moldava Pridnestroviana (RMP), donde para poder proseguir el viajero necesitará que unas autoridades engalanadas con simbología soviética le otorguen un visado cuya validez es de tan solo 10 horas. Una vez pasado el trámite, no quedará más de media hora para llegar a la capital de un estado que no existe.

Aunque en todo momento, según las fronteras internacionalmente reconocidas, el turista se encuentra en Moldavia, lo cierto es que Chisináu no tiene control sobre este territorio ubicado en la orilla este del río Dniéster, conocido popularmente como Transnistria. Este es uno más de los muchos conflictos que hunden sus raíces en el colapso del imperio soviético y que todavía comprometen la paz y la consolidación democrática en las “nuevas” repúblicas independientes.

Hasta un 70% del presupuesto público de la RMP procedería directamente de Moscú, según algunos analistas

Para entender el conflicto moldavo-transnistrio hay que remontarse a los últimos años de la URSS y al contexto de “despertar de las nacionalidades” que caracterizó a la Perestroika. Muchas voces en Moldavia buscaban restituir la identidad rumana y hasta se apostaba abiertamente por su integración en Rumanía. Incluso Chisináu adoptó algunas medidas tendientes a revertir las políticas soviéticas de rusificación, como la proclamación del rumano con grafía latina como la lengua oficial del país. Estos movimientos fueron vistos con temor al otro lado del Dniéster, donde los eslavos eran mayoría y las políticas de rusificación habían sido más exitosas. La población local creía su lengua y tradiciones en peligro, mientras que la élite transnistria, también prorrusa, temía por su estatus privilegiado en una Moldavia dominada por los nacionalistas rumanos. Esta conjunción de intereses llevó a la proclamación de su independencia el 2 de septiembre de 1990.

Tras varios episodios de tensión, el conflicto escaló hasta la guerra abierta en marzo de 1992, cuando el Gobierno de Moldavia lanzó una operación militar para recuperar el control del territorio separatista. Sin embargo, el débil Ejército moldavo se topó con la fuerte resistencia de los voluntarios transnistrios que, ayudados por los restos del XIV Ejército Soviético y con el apoyo explícito de Rusia, acabaron por derrotar a las fuerzas moldavas y confirmar su independencia de facto de Chisináu.

Un conflicto congelado

En la actualidad, todavía rige el alto el fuego firmado en julio de 1992, y salvo algunos episodios aislados de tensión, el conflicto se encuentra congelado. La RMP tiene todas las estructuras de un estado: acuña su moneda, emite sus propios pasaportes, controla sus fronteras, tiene un Ejército propio, etc. Y hasta ha construido una identidad nacional propia, que toma como suya la historia y el legado soviéticos, junto a toda su iconografía. Sin embargo, ningún miembro de la ONU lo reconoce como un estado independiente, ni tan siquiera Rusia, que sí ha reconocido a Osetia del Sur y a Abjasia como repúblicas independientes de Georgia. No obstante, Moscú sigue ofreciendo apoyo informal a la RMP y la mantiene económicamente. Algunas fuentes hablan de que hasta un 70% del presupuesto público de Transnistria procede directamente de Rusia, quien también les suministra gas de forma gratuita y complementa las pensiones de sus jubilados. Diversos analistas señalan que sin la ayuda rusa la RMP no podría sobrevivir más de 2 o 3 meses. Aunque Rusia justifica estas partidas como “ayuda humanitaria”, es obvio que tiene interés en mantener el conflicto, pues supone una medida de presión ante las pretensiones de acercamiento de Moldavia a Occidente, pero también una herramienta para condicionar a Ucrania y garantizar el control ruso sobre la región del mar Negro. De hecho, Rusia tiene desplegado, oficialmente, un contingente de 1.500 soldados integrados en las fuerzas de paz, pero fuentes moldavas advierten que, de facto, el contingente militar ruso podría alcanzar hasta los 15.000 efectivos. 

No obstante, la crisis ucraniana ha abierto un nuevo escenario para la RMP. De la irremediable euforia tras la anexión rusa de Crimea, que reavivaba las esperanzas de un futuro similar para Transnistria, a la decepción más absoluta al ver cómo su único aliado hacía gala de una doble moral. Los cálculos geoestratégicos se imponían una vez más a la visión idílica de la defensa de la población rusa expatriada, esgrimida por el  régimen nacionalista, que en ese mismo momento reclutaba a cientos de jóvenes rusos para morir en el Donbass. Y todo ello pese a que el 98% de los votantes en el referéndum de 2006 habían apostado por la integración en la Madre Rusia.

Ahora la RMP no solo se encuentra encorsetada entre dos estados abiertamente hostiles (Ucrania y Moldavia), que la acusan de servir como centro de operaciones de los irredentos prorrusos y que en los periodos de distensión han sido claves para el escaso comercio transnistrio, sino que además el foco de atención prioritaria para Moscú en la región ha cambiado: las incipientes repúblicas populares de Donetsk y Lugansk necesitan del dinero y del apoyo ruso, así como Crimea. Todo ello, unido a la crisis económica que atraviesa Rusia por el desplome de los precios de las materias primas y la caída del rublo, ha propiciado el recorte de las ayudas a la RMP, provocando el deterioro de su situación económica y comprometiendo el “bienestar ficticio” al que contribuían y que garantizaba el apoyo popular al proyecto.

El futuro pasa por un deterioro de la situación económica y por una pérdida paulatina de población

En este contexto, las perspectivas de futuro para Transnistria son poco halagüeñas y pasan por un empeoramiento de su situación económica y por una pérdida paulatina de población. Sobre el terreno, aunque no aceptan que el país se encuentre en crisis, los habitantes de la RMP reconocen que cada vez son más las familias enteras que emigran a Rusia, mientras que con anterioridad era el cabeza de familia quien emigraba y enviaba periódicamente dinero a sus familiares. Esta situación está favorecida por el hecho de que muchos transnistrios disponen a su vez de pasaportes rusos.

También, la reciente firma de un acuerdo de asociación entre Moldavia y la UE ha propiciado un aumento de aquellos que intentan conseguir un pasaporte moldavo, para de esta manera poder emigrar a Europa con mayor facilidad. Sin embargo, el conflicto no quedará solucionado en el corto o medio plazo, pues Rusia sabe que la integración de Moldavia en la UE está condicionada a la resolución del conflicto transnistrio. Además, son muchos los que sacan beneficio directo de la existencia de este “agujero negro” en plena Europa, pues es escenario de todo tipo de actividades ilegales, desde el contrabando de alcohol, tabaco y carne hasta la venta de material nuclear, armas y la trata de blancas.