25/6/2019
Internacional

Turquía se desliza hacia el pasado

Hace tiempo que la turca es una sociedad amargamente dividida. Ahora, el golpe de Estado fallido ha entregado a Erdogan las llaves de una dictadura explícita

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Turquía se desliza hacia el pasado
Manifestantes turcos protestan por la detención de periodistas frente a la sede del diario prokurdo 'Özgür Gündem' en Estambul. OZAN KOSE / AFP / Getty

Si no tienes enemigos es señal de que la fortuna se ha olvidado de ti”, dice un proverbio turco. Si hay que creerse la versión oficial de los hechos, probablemente Recep Tayyip Erdogan está bendecido por la fortuna. El golpe fallido, que ya se está cobrando un alto precio en la sociedad turca, demostró ser un completo desastre. En lugar de la revolución, lo que hay en marcha ahora es una rápida y abrumadora contrarrevolución.

En la semana siguiente al fallido intento de derrocar a Erdogan, 60.000 personas fueron barridas en una vengativa purga. Al menos otros tantos soldados, oficiales, policías, jueces, fiscales, personal de inteligencia, funcionarios, periodistas, maestros de escuela, profesores y decanos universitarios han sido detenidos, despedidos o suspendidos.

Tras declarar la ley marcial, las autoridades turcas suspendieron la Convención Europea de los Derechos Humanos

La purga parece determinada a no dejar ninguna piedra sin levantar. La “revolución cultural” que había estado ganando terreno en el país durante un puñado de años ha recibido un asombroso empujón. Después de declarar la ley marcial, las autoridades prohibieron a los profesores salir del país; también suspendieron la Convención Europea de Derechos Humanos. La rápida sucesión de purgas llegó al corazón mismo de la sociedad turca. Sus componentes progresistas laicos, la mayoría de los cuales se habían mostrado demasiado pasivos durante el auge simultáneo del Partido del Desarrollo y la Justicia (AKP) de Erdogan y la economía turca, han sido arrinconados.

Más vulnerables que nunca

A diferencia de las protestas del parque Gezi de hace tres años, esta vez las calles fueron tomadas por la mayoría conservadora. Los segmentos de la clase trabajadora a quienes las políticas económicas de Erdogan han ayudado a ascender a los rangos medios de la sociedad decidieron ponerse de lado de su gran defensor. Hoy, todavía entonando su explosiva mezcla de eslóganes religiosos y nacionalistas, controlan las calles turcas. El presidente Erdogan, que creció en el seno de una familia pobre, conoce muy bien su infinitamente compleja e infinitamente simple mentalidad.

Antes del golpe el país ya se deslizaba hacia un gran conflicto, cuyo estallido parece en este momento inevitable

Incluso antes del fallido intento, la nación turca se deslizaba peligrosamente hacia un gran conflicto. En este momento, el conflicto parece prácticamente inevitable.Turquía está en la actualidad enmarañada en dos guerras, una con los kurdos en el olvidado sudeste del país; la otra, con Dáesh en la frontera siria. Después de que Ankara hiciera cuanto estaba en sus manos para ayudarle a alcanzar la madurez, el autoproclamado Estado Islámico se ha vuelto en contra de su exaliado como un bumerán procedente del infierno. Para complicar las cosas, el Gobierno de Erdogan sigue mandando “ayuda” a ciertos grupos insurgentes en el norte de Siria. La cercada Alepo está a punto de caer y todo el alambre de espino, hormigón reforzado y metralletas junto a la frontera turca serán puestos a prueba para detener a decenas de miles de personas que correrán, movidas por el pánico, para tratar de salvar sus vidas.

Ahora que, comprensiblemente, Erdogan ha perdido la confianza en sus Fuerzas Armadas, en las que la cadena de mando se ha venido abajo, Turquía parece más vulnerable que nunca. Y en un momento en el que los mapas de Oriente Medio se están redibujando al compás de una guerra geoestratégica global que será cualquier cosa menos fría.

Adentrándose en la pesadilla

“Fue como despertar en una pesadilla”, dice una investigadora extranjera en una prestigiosa universidad de Estambul que ha vivido en Turquía durante muchos años. Le sorprendió el intento de golpe, pero no la reacción de las autoridades. “Inmediatamente me pareció claro que el intento sería un fracaso. Y de hecho me alegro. ¿Cuándo fue la última vez que el Ejército trajo paz y estabilidad? Pero la reacción a lo que sucedió es lo que me da más miedo. Sin duda, se intensificará el control sobre el país. Primero de arriba abajo y después al revés.” A su modo de ver, lo que está sucediendo ahora es una consolidación del poder. “Espero que las cosas se tranquilicen pronto, siempre lo hacen aquí en Turquía después de cada tormenta. Supongo que tendremos que acostumbrarnos a vivir con todos los cambios —sostiene—. Ahora es más necesario que nunca escrutar de cerca las acciones de las autoridades. Tenemos que ser particularmente conscientes de dónde sitúa el presidente sus prioridades. ¿Será en la economía? ¿En la política exterior? ¿En la ideología? ¿Su ego? ¿La religión? Creo que las respuestas serán bastante deprimentes.”

Miedo donde quiera que mire

Todas mis fuentes turcas parecían un tanto conmocionadas por la respuesta de las autoridades en los últimos días. Ni una sola previó la extensión de las purgas, que parecen pensadas para revolucionar un buen número de sistemas e instituciones clave.

“Todos estamos conmocionados —dice la profesora Lucie Tungul—. Tememos por el futuro del país. El resultado no será bueno, pero la optimista que hay en mí espera ver todos los puestos importantes en el país tomados por leales al presidente mientras el AKP toma por completo el control. Pero la pesimista que hay en mí está aterrada por la posibilidad de que las muchedumbres se aprovechen de lo que ha pasado y desaten una oleada de violencia. Me dan miedo los pogromos, temo por las minorías, los activistas y los izquierdistas… Hay muchas posibilidades de una creciente inestabilidad y una intensificación del conflicto con los kurdos.”

Hace unos meses, Lucie Tungul y 49 colegas suyos fueron despedidos de una universidad privada que las autoridades habían vinculado con Fethullah Gülen, el clérigo residente en Estados Unidos y enemigo público número uno.

“Dondequiera que mire, veo miedo. La gente ya no está dispuesta a hablar. La mayoría guarda silencio a la espera de lo que pase. Muchos están pensando en abandonar el país. Cualquiera puede convertirse en un objetivo. Estamos viviendo tiempos muy inestables en un ambiente muy inestable. En un país polarizado en el que la derecha está en auge. Turquía está en guerra con el Partido de los Trabajadores Kurdos (PKK) mientras combate estallidos en la frontera con Siria. El país está siendo regularmente atacado por Estado Islámico. El Ejército turco ha quedado seriamente debilitado y desestabilizado. Los enemigos de Turquía, sin duda, intentarán aprovecharse de la situación.”

Tungul, que vive en Estambul y procede de la República Checa, se opuso fieramente al intento de golpe. Según ella, sus principales protagonistas deberían haber tenido mucho más presentes las consecuencias que probablemente iban a desencadenarse a causa de su ineptitud y brutalidad fuera de lugar. Sus motivos principales aún no han sido determinados. Prácticamente todos los implicados están guardando silencio mientras la inmensa mayoría de los que están dispuestos a hablar solo tienen intuiciones y disparan al aire.

“No apoyo las políticas del presidente Erdogan —explica Tungul—. Pero fue votado en unas elecciones democráticas. Independientemente de las condiciones especiales impuestas aquí el pasado noviembre durante las elecciones parlamentarias repetidas.”

Según ella, es evidente que a muchos turcos les gusta Erdogan. “No solo por sus tendencias islamistas. Esa clase de interpretaciones son claramente un error. Turquía tiene otros partidos y grupos que apelan a los píos musulmanes. La cuestión es que bajo su liderazgo el país ha experimentado cambios tremendos. Muchos turcos creen que ha convertido Turquía en un país de relevancia internacional, mientras que la calidad de vida ha mejorado para muchos de ellos. Están convencidos de que Erdogan ha trabajado incansablemente para dirigirse a la gente modesta, los pobres y las masas desposeídas. Ellos admiran su retórica, carente de miedo por los superpoderes globales. Creen que es un líder que el mundo envidia.”

Tungul considera que el partido gobernante del presidente, muy probablemente, mantendrá sus altos niveles de apoyo. Al menos mientras la economía se recupere. Muchos de los turcos están atrapados por inmensos créditos y por lo tanto desesperados por conservar sus trabajos y sus negocios. Si el país se hundiera en una recesión más profunda, como predicen muchos expertos locales, Turquía podría fácilmente ser presa de una espiral de caos social y político aún mayor.

El peor escenario

Pocos días después del golpe, en el momento de mayor intensidad de la primera oleada de purgas, casi nadie se sentía a salvo. La sensación en las calles de una de las partes más progresistas y laicas de Estambul era de creciente ansiedad. Mientras miles de partidarios de Erdogan corrían hacia la manifestación en la plaza de Taksim, los tenderos, propietarios de restaurantes y clientes los contemplaban con una visible inquietud. Algunos propietarios llegaron a cerrar su establecimiento y se fueron a casa.

 “Lo que estamos viendo es el peor escenario. El intento de golpe, que todavía estoy tratando de entender, no hizo más que reafirmar a los elementos más reaccionarios del país. Además, si las cosas están mal en Estambul, imagínate como serán en el campo. Me temo que Turquía está deslizándose rápidamente hacia el pasado.”

Estos eran los sentimientos que la manifestación de masas partidarias de Erdogan despertaba en un programador de software que, como la mayoría de los que tenían la valentía de hablar conmigo, prefería no ser citado por su nombre. Todos los demás clientes del café estaban en silencio. Algunos se levantaron de su mesa en el exterior y entraron en el establecimiento, por si acaso.

En el parque Gezi, la masa crecía a cada minuto. Exactamente en el mismo lugar en el que se libró hace tres años la batalla por uno de los últimos parques del distrito, música patriótica retumbaba ensordecedoramente por altavoces. Una efigie de Fethullah Gülen había sido colgada de una farola. Unos niños sirios refugiados vendían maíz asado o pedían entre la multitud.

“Una banda de soldados se propuso destruir nuestro país. Fue un ataque contra Turquía, contra el presidente Erdogan, contra cada uno de nosotros. Estoy convencida de que los golpistas no estaban solos en esto. Fueron guiados desde el exterior. Fethullah Gülen trabajaba con la CIA. Su objetivo es derrocar un Gobierno democráticamente elegido. Estoy aquí para mostrar mi apoyo a la democracia turca”, dijo la señora Nesrin, una profesora de instituto del barrio de clase trabajadora de Bagcilar.

Me dijo que se pasó la noche del fallido golpe en las calles junto a amigas y vecinas. Primero compraron comida, para cubrir cualquier contingencia, y sacaron algo de dinero de cajeros automáticos. Después se unieron a la muchedumbre para “luchar por la democracia turca”. Pero en su opinión, las purgas habían sido demasiado drásticas. “Las autoridades deberían castigar solo a la gente directamente responsable. Para algunos de ellos, puede que hasta la pena de muerte no fuera demasiado. Pero los soldados a los que sus superiores les ordenaron que salieran a las calles deberían ser perdonados”, dijo la señora Nesrin asintiendo antes de desaparecer entre la muchedumbre.

Traducción del inglés de Luisa Bonilla

La triste ironía de los medios

Boštjan Videmšek

En los días posteriores al golpe, el Gobierno turco ha cerrado 131 medios de comunicación y emitido órdenes de detención de 99 periodistas. Hasta ahora, 22 han sido arrestados. Bajo el decreto especial, parte del “estado de emergencia”, pueden permanecer detenidos sin ver a sus abogados hasta 30 días. Según nuestra información, 42 periodistas estaban en la “lista negra” meses antes del golpe. Esta lista se hizo pública hace unos días. Algunos han sido acusados de colaborar con el clérigo residente en EE.UU. Fethullah Gülen, que a ojos de su examigo el presidente Erdogan dirigió el golpe.

El estado de emergencia ha permitido al Gobierno cerrar 45 periódicos, 15 revistas, 16 cadenas de televisión y 29 editoriales. El pogromo de los medios es bastante extensivo. Afecta a medios públicos y privados de todo el espectro ideológico: opositores, islamistas, kurdos e izquierdistas. La ironía es que los medios —incluidas las redes sociales— han ayudado a Erdogan a sobrevivir al golpe, pero ahora son uno de los grandes objetivos de su purga. Las conexiones de Gülen son solo un pretexto del mismo modo en que el golpe fallido es una coartada para construir una dictadura.

La mayor víctima mediática de la purga es el periódico Zaman (cuya circulación, de 600.000 ejemplares, es la mayor entre los diarios turcos). Hasta 47 de sus periodistas están en la lista de detención, la redacción en lengua inglesa (Daily Zaman) fue asaltada por fuerzas policiales especiales hace ya cuatro meses y sus redactores despedidos y después sustituidos por el régimen con cuadros leales. Los columnistas Ali Bulaç y Mümtazer Türköne fueron sacados de sus casas a finales de julio y se les retuvo con la acusación de participar en el fallido golpe.

El asalto de Erdogan a los medios era muy predecible y no es más que la continuación de un proceso ya largo observado en silencio por la comunidad internacional. Es un “daño colateral” de las aspiraciones dictatoriales del presidente. Entre los medios cerrados están la cadena de televisión kurda IMC TV, la agencia de prensa Cihan y el influyente diario Taraf.