17/9/2019
Análisis

Cambio de tendencia en las economías subsaharianas

El abandono de las políticas predatorias y una mayor estabilidad política en algunos países africanos impulsan el crecimiento en un continente donde la fragilidad y el margen de mejora son aún enormes

Carlos Sebastián - 05/08/2016 - Número 45
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Cambio de tendencia en las economías subsaharianas
Trabajadores en una empresa de corte y pulido de diamantes en Gaborone, Botsuana. Monirul Bhuiyan / AFP / Getty

Tras la caída en el PIB per cápita experimentada por el conjunto de los países del África subsahariana entre 1975 y 1995, en las dos últimas décadas se ha producido un cambio de tendencia y la región ha registrado un crecimiento medio del 2,1% anual. Es una tasa ligeramente menor que la media mundial en ese periodo, 2,3%, pero si comparáramos cifras del PIB absoluto, el de África subsahariana creció un 4,6% anual mientras que el mundial lo hizo al 2,9%, lo que refleja uno de los problemas de los países africanos: su elevado ritmo demográfico (un 2,5% anual frente a un 0,6% en el mundo).

Este crecimiento económico ha ido acompañado por mejoras en desarrollo humano. Dos datos relevantes: las personas que viven con menos de 1,95 dólares diarios han pasado del 56% de la población en 1990 al 35% 2015; y en lo que va de siglo las muertes por malaria han disminuido a la mitad. Lo que no impide calificar las cifras actuales como dramáticas.

El boom de las materias primas en la primera década de este siglo contribuyó al cambio de tendencia, pero no ha sido la causa del mismo. Entre 2010 y 2015, con el superciclo terminado, el PIB subsahariano creció al 4% anual y en términos per cápita lo hizo al 1,5%. Por otra parte, algunos países que no se beneficiaron del boom registraron aceleraciones relevantes en su crecimiento durante esas dos décadas. Y, por último, los cambios registrados por bastantes países en su sector servicios y en la agricultura son reflejo de avances más profundos que el simple encarecimiento de los recursos naturales.

En 2015 buena parte de los países de la zona tenían una renta per cápita más de 10 veces inferior a la griega

Pero esta recuperación no evita que África todavía se encuentre en una situación de pobreza evidente. Para ponerla en perspectiva, en 2015 más de la mitad de los países de la zona tenían una renta per cápita más de 10 veces inferior a la griega, y el PIB per cápita del conjunto de los países subsaharianos es solo el 14% del heleno.

La responsabilidad de las potencias coloniales en el atraso africano es evidente,  mayor aún que la incurrida en las colonias asiáticas. De hecho, en 1960 el PIB per cápita del África subsahariana era superior al de los países asiáticos y todavía en 1975 no era del todo distinto. Fue a partir de entonces cuando se produjo la gran divergencia.

Causas del estancamiento

La causa fundamental fue la forma en que se ejerció el poder en la inmensa mayoría de los países africanos. Las élites crearon un marco económico que desincentivaba la generación de rentas y propiciaba el desvío de las mismas, que expolió a la agricultura de la que vivía la mayor parte de la población y que excluía del sistema económico a una parte sustancial de la población, los no afines. El modelo económico más extendido fue el llamado Régimen de Control, que, con distintas variantes, suponía el control administrativo de todas las decisiones económicas, lo que permitía favorecer a los adeptos y excluir a los contrarios y creaba un marco muy propicio para la generalización de la corrupción.

La extracción de renta de los agricultores se realizó a través de diversos mecanismos: el control de las entidades de comercialización y las políticas de precios que seguían estas entidades, las cargas impositivas, el mantenimiento de tipos de cambio sobrevaluados que gravaban a los exportadores de productos agrícolas y favorecía a los importadores urbanos de bienes de capital y de productos de lujo, la marginación de las actividades agrícolas de los flujos financieros. De esta forma se desincentivó la expansión de la producción agrícola de la que vivía la mayoría de la población.

La violencia política teñida con tintes étnicos asoló durante años un número importante de repúblicas. La causa principal de los conflictos étnicos no fue la evidente artificialidad de la demarcación territorial en la descolonización, sino la utilización, tras la independencia, del factor étnico como banderín de enganche en la lucha por el poder. Numerosos casos confirman esta idea.

Los países que no adoptaron el modelo económico seguido por la mayoría (Botsuana, Mauricio y Namibia) tuvieron una evolución económica relativamente floreciente. Y los países que a lo largo de la década de los 90 del siglo XX lo abandonaron, bien porque alcanzaron un cierto equilibrio en sus instituciones políticas y mejoraron de alguna forma su gobernanza (como Tanzania, Ghana, Mozambique, Uganda, Ruanda y Zambia) o bien porque un régimen dictatorial introdujo reformas económicas en la buena dirección (como Etiopía), han experimentado un salto en su crecimiento económico.

La antítesis botsuana

Botsuana, un extenso país con muy baja densidad de población que malvivía de una paupérrima ganadería extensiva, fue favorecido doblemente por la fortuna en la independencia (1966): a los pocos meses se descubrieron unos riquísimos yacimientos de diamantes y su primer presidente fue el jefe tribal Seretse Khama, un líder de gran altura política en cuyo territorio estaban los nuevos yacimientos. Khama puso los rendimientos de los mismos al servicio del conjunto del país invirtiendo en educación, sanidad, carreteras y mejoras de la Administración. Todo ello en un contexto de respeto del Estado de derecho. Como resultado, fue el país del mundo cuya renta per cápita más creció entre 1965 y 1990, un 8,5% anual, y durante los últimos 25 años ha seguido creciendo por encima de la media africana. Su PIB per cápita ha pasado de ser en 1965 un 12% del sudafricano a representar un 120% en 2015.

El uso que hizo Botsuana de los recursos naturales y el mantenimiento del buen gobierno es lo contrario de lo que han hecho los otros países ricos en recursos, que durante el siglo XX no consiguieron despegar y ahora, algunos, lo están haciendo de forma renqueante. Ghana, nuevo productor de petróleo y que, tras varios años en los que se sucedían los golpes de Estado, ha alcanzado una notable estabilidad política, ha mejorado su seguridad jurídica y ha creado una comisión independiente para controlar y hacer transparente el uso de las rentas del petróleo. Lo que representa un notable avance institucional. Tiene, sin embargo, la sombra de su mala gestión presupuestaria, que ha hecho que, a pesar de no alcanzar los objetivos de varios programas, tenga déficits fiscales excesivos.

Pero el caso botsuano también es un ejemplo de las dificultades que tienen los países subsaharianos, incluso los mejores, para desarrollar un sector manufacturero. En ninguno de los países las manufacturas pesan más del 12% del PIB, mientras que en un país emergente de nivel medio como Tailandia suponen un 28%. El proteccionismo, muy intenso en muchos casos, no ha conducido al desarrollo de la industria. La burocracia y elevada corrupción, el deficiente suministro eléctrico y las malas infraestructuras, que dificultan el comercio interior y exterior, imposibilitan el desarrollo del sector, por mucha protección que reciba. La excepción es Mauricio, donde una política industrial proteccionista en un contexto de buena calidad institucional permitió el desarrollo del sector manufacturero, que supone el 20% del PIB. La presencia de etnias asiáticas perfectamente integradas favoreció la exportación de estos productos.

La revolución móvil

Junto a la minería, han sido el dinamismo de los servicios y las mejoras en la agricultura lo que ha impulsado el crecimiento en los últimos 25 años. Es notable, por supuesto, el desarrollo turístico de muchos países, costeros e interiores, pero lo más sobresaliente está siendo la revolución que se está produciendo en los servicios personales y financieros a través de los móviles. La cobertura de móviles ha alcanzado cotas bastante altas y su utilización, muy variada y novedosa, está cambiando la vida y las posibilidades económicas de muchos africanos. Desde un sistema de pagos en el que la moneda consiste en minutos de uso del móvil, vigente en algunos países del este del continente desde hace casi 10 años, a una banca por móvil, con operaciones de pasivo y de activo, en la que incluso se empieza a utilizar el historial de uso del terminal como señal de la capacidad de endeudamiento que tiene un individuo. También existen mercados de productos agrícolas con transacciones virtuales realizadas por móvil, que permiten conocer precios y dirigir las acciones comerciales de los agricultores, así como asistencia médica o el recordatorio de las tomas de un tratamiento a través del móvil.

Se han producido también apreciables mejoras en agricultura, con aumentos considerables en la producción. Ruanda es el país donde el salto ha sido mayor, triplicando la producción de algunos productos y diversificando hacia otros nuevos. Pero en otros países como Etiopía, Camerún, Ghana, Zambia y Kenia se están produciendo notables avances a lo largo del nuevo siglo. También en Nigeria y Costa de Marfil. Es perentoria la necesidad de mantener este empuje, pero hay mucho margen de mejora porque lo conseguido hasta ahora se debe fundamentalmente al abandono de las políticas predatorias, y hay muchas acciones positivas que se pueden emprender. En algunos países han empezado a hacerlo y es muy probable que se intensifique.

Mejorar la financiación de la agricultura y elevar sus dotaciones técnicas requiere la ingente tarea de determinar (registralmente) la propiedad de la tierra. Hay conciencia de ello en el continente, pero los avances son insuficientes.

La sequía actual, consecuencia de El Niño, va a poner en riesgo de desnutrición extrema al 10% de la población de Etiopía y a la del Cuerno de África. No se va a llegar a los extremos de 1983 —ni la situación de partida ni el Gobierno etíope son los de entonces—, pero nos va a recordar trágicamente la fragilidad del cambio de tendencia y, también, lo expuestas que están algunas zonas de África al cambio climático.

Estabilidad y gobernanza

Mejorar la gobernanza y controlar la corrupción es crucial para los africanos. Y reducir la natalidad, también

La mayor estabilidad política y las lentas mejoras en la gobernanza están en la base del cambio de tendencia. Pero no podemos estar seguros de que esta situación no se vaya a detener o revertir. En algunos países, como hemos visto, la situación es bastante estable. Mención especial merece Namibia, donde los líderes de la guerrilla contra Sudáfrica, que pusieron fin al ignominioso protectorado, han creado unas instituciones inclusivas y transparentes, han desarrollado una red asistencial para sus habitantes y han impulsado la educación.

Pero entre los que habían mejorado —otros ni siquiera lo han hecho nunca—, los hay, como Mozambique, que han vuelto a sufrir episodios de enfrentamientos armados; otros, como Uganda, en los que las elecciones que consagran al mismo presidente son de dudosa limpieza, y otros, como la dinámica Kenia, no consiguen superar los conflictos étnicos creados en las luchas por el poder de hace tres décadas. En Tanzania, el nuevo presidente Magufuli parece más interesado en realizar acciones para la galería, algunas bien intencionadas, que en el desarrollo institucional del país. En Etiopía, ha sido un régimen militar, originalmente de ideología colectivista, el que está impulsando su desarrollo, y en Ruanda el presidente Kagame lidera un cambio económico que está llegando a la mayoría de la población, pero sus prácticas políticas no pasarían un examen poco exigente de calidad democrática.

Nigeria, el país más populoso de África y el séptimo exportador de petróleo del mundo, tiene pendiente avanzar en la lucha contra la rampante corrupción, que limita notablemente el desarrollo económico del país. El presidente Buhari, un exdictador que ha ganado las elecciones, ha despertado muchas esperanzas, pero se está tomando las cosas con demasiada calma y aún no se han puesto en práctica medidas explícitas. Sería importante que no defraudara las expectativas y, también, que controlara los conflictos armados sin reducir su compromiso con el buen gobierno.

En definitiva, el cambio de tendencia en África es esperanzador, pero es necesario no solo mantenerlo sino intensificarlo. La inversión en infraestructuras (eléctricas y de transporte) es altamente necesaria y la asistencia técnica, muy conveniente, y en esas tareas el resto del mundo puede y debe contribuir, pero intensificar los avances en la gobernanza y en el control de la corrupción es la crucial tarea que tienen los africanos. Y reducir la natalidad, también.