6/12/2019
Ciencia

Las mil caras de El Niño

Brotes epidémicos, secuelas en el desarrollo infantil o cambios de conducta en animales son algunos de los efectos del fenómeno cíclico que se proyecta desde el Pacífico ecuatorial al resto del planeta

Arantza Prádanos - 06/11/2015 - Número 8
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Las mil caras de El Niño
La presa de Wawa en Filipinas en 2010, desbordada a consecuencia de ‘El Niño’. NOEL CELIS / AFP / Getty Images
A Bill Patzert, oceanógrafo del Jet Propulsion Laboratory (JPL) de la NASA, le gusta decir que Napoleón y Hitler “no cayeron derrotados por ningún ejército, sino por El Niño”. Quizá sea aventurado asociar la tremenda campaña napoleónica en Rusia con un fenómeno climático que en 1812 no tenía nombre ni registros fiables, pero lo que sí es seguro es que tanto aquel invierno como el que frenó a la Wehrmacht a las puertas de Moscú fueron dos de los peores en la historia de Rusia, con temperaturas por debajo de los -40°C. También se sabe que, al menos en 1941, El Niño sacudió con fuerza el Pacífico ecuatorial. En una reciente entrevista a la BBC, el experto Patzert señalaba la muy probable relación entre El Niño y el infierno ruso como ejemplo retrospectivo de la magnitud planetaria de una anomalía que hasta hace unas décadas se tenía por local, poco más que un quebradero de cabeza para los pescadores de Perú y Ecuador.

Hoy nadie duda de que El Niño-Oscilación del Sur (ENOS, o ENSO en su acrónimo inglés) supone mucho más que el colapso pesquero por la llegada de aguas anormalmente cálidas a las costas de Sudamérica algunos inviernos, a intervalos variables entre tres y siete años. Es una alteración conjunta de los patrones oceánicos y atmosféricos en torno a la línea del ecuador que, cuando se invierte, deja paso a la fase fría de La Niña, como dos caras opuestas de una misma moneda. Y es, en suma, la principal fuente de variabilidad climática en el Pacífico, capaz de trastornar la meteorología a ambas orillas e irradiar sus efectos a todo el globo. Máxime cuando el evento amenaza con unas dimensiones extraordinarias como las de este año, que tienen en vilo a los países de mayor impacto potencial y a organismos internacionales de vigilancia e investigación. 

Falta aún por ver su evolución en el último trimestre, pero a lo largo del verano la temperatura en superficie en algunas zonas del Pacífico oriental superó entre 3° y 4°C la media ordinaria de la estación. Si este Niño prematuro de 2015 mantiene el crescendo hasta su época natural entre Navidad y febrero, tendríamos un evento con rango de monstruo como los de 1982/83 y 1997/98. También podría haber llegado ya a su clímax y estabilizarse sin ir a más, un escenario que parece poco probable. 

Según la Organización Meteorológica Mundial (OMM), el actual es el más fuerte registrado desde hace 18 años y tal vez uno de los cuatro peores desde 1950. De momento ya hay signos perceptibles de su presencia: una gran actividad ciclónica a ambos lados del Pacífico y, por contra, un Atlántico apaciguado, sin apenas huracanes en lo que va de temporada. Otra de sus señales clásicas es el desajuste del reloj de los monzones en el Índico. El Servicio Meteorológico de la India ha emitido un aviso de sequía ante la previsión de lluvias un 12% inferior a la de un monzón de verano típico.

Historia de desastres

Aunque no hay dos Niños iguales, los temores y los planes de contingencia para un evento de gran magnitud  están más que justificados. A lo largo de la historia El Niño ha sembrado destrucción aquí y allá: lluvias torrenciales que han arrasado comunidades enteras en el desértico litoral peruano y de Ecuador, amén de graves pérdidas en sus industrias pesqueras porque las altas temperaturas del mar ahuyentan a especies de gran valor comercial. Sequedad extrema en Australia, Indonesia, Tailandia y Filipinas, acompañada a menudo de incendios feroces. El sur de Estados Unidos acostumbra a sufrir precipitaciones masivas que barren de oeste a este. Después de cuatro años de sequía, California aguarda con ansia cada gota que El Niño pueda dejar caer, pese a que existe un grave riesgo de deslaves y escorrentías. En África sus efectos varían: la estación de lluvias pasa de largo en Sudáfrica, mientras que en el cuerno del continente el exceso de humedad y de precipitaciones arruina numerosos cultivos. 

Los temores y los planes de contingencia para un accidente de gran magnitud están más que justificado

En Europa las repercusiones directas son más difíciles de medir porque se imponen otras variables climáticas regionales, pero en 1997/98 el agua anegó medio continente. Las riadas se cobraron un centenar de vidas en Polonia y la República Checa. Y en España, Andalucía, Extremadura y Melilla sufrieron las peores inundaciones en décadas, con más de 50 muertos en el balance oficial. La Administración Nacional Oceánica y Atmosférica de Estados Unidos (NOAA) y la OMM cifran en casi 24.000 las víctimas mortales del 97 en todo el mundo, con pérdidas materiales por valor de 34.000 millones de dólares.

Además de las inmediatas, otras facturas del Niño se pagan con efecto retardado. En 2014 investigadores de la Universidad Johns Hopkins de EE.UU. divulgaron un trabajo sobre las secuelas que este mismo episodio dejó en los niños de las regiones más golpeadas en Perú. En Tumbes, cerca de la frontera con Ecuador, seleccionaron una muestra aleatoria de casi 2.100 individuos de 7 a 18 años nacidos entre 1991 y 2001. La conclusión fue clara: eran inequívocamente más bajos y tenían un índice de masa corporal magra inferior al habitual en la zona. El desarrollo de estos niños, incluso los nacidos tres años después del desastre, se vio lastrado gravemente por la falta de alimentos provocada por las inundaciones, la desaparición de caminos y carreteras, y la deficiente atención sanitaria. Los casos de malaria se triplicaron al dispararse la reproducción de mosquitos en zonas encharcadas y comunidades enteras sufrieron epidemias de dengue, fiebre amarilla, cólera y diarrea. 

“Así como los anillos de los árboles actúan como indicadores de los desastres naturales en una zona concreta, la exposición a eventos climáticos severos deja una marca duradera en los niños” que les predispone además a sufrir de adultos enfermedades degenerativas crónicas, decía William Checkley, investigador principal, en la revista Climate Change Responses.

Predicción temprana

El fenómeno El Niño-Oscilación del Sur tiene infinidad de caras, algunas chocantes. Científicos costarricenses han descubierto que tanto sus fases cálidas como las frías (Niña) propician un aumento del número de mordeduras de serpientes. Después de casi una década de observaciones —2005 a 2013—, un estudio publicado en septiembre en Science Advances establece una correlación entre ambas fluctuaciones climáticas y los picos más altos de ataques de serpientes en Centroamérica. Estos reptiles son ectotérmicos, regulan su temperatura corporal en función de la ambiental, y durante la fase cálida del ENOS las mordeduras aumentarían debido a una mayor actividad metabólica. En la etapa fría el incremento se explicaría por la menor disponibilidad de presas  y la búsqueda de nuevos nichos de alimentación en entornos más poblados. Según los autores, la incidencia de mordeduras creció un 25% por cada grado de aumento de la temperatura promedio en la región. Otras alteraciones constatadas en el reino animal son los cambios en los patrones migratorios de cetáceos y otras especies marinas. Hace meses se alertó del retorno anticipado hacia el Ártico de las ballenas grises de Baja California, como respuesta de su termostato natural al calor anómalo en la zona.

“Los desastres naturales y la exposición a eventos climáticos dejan una marca en los niños”

El lado positivo de El Niño/Niña también existe, ligado a la predicción temprana y la vigilancia internacional. En años de Niño fuerte, los países en el epicentro del fenómeno, como Perú y Ecuador, construyen zanjas de drenaje en las áreas vulnerables y perforan pozos para cuando lleguen las lluvias que, bien encauzadas, rellenan acuíferos y reforestan zonas áridas. Se trasladan cultivos o se sustituyen por otros de regadío. La hierba crece y se cría ganado donde no acostumbra. Hasta los pescadores se reconvierten y, a falta de anchoveta, aprovechan las aguas cálidas para pescar atún o criar camarón. Pero, sobre todo, se limitan pérdidas humanas.

En 1982, con sistemas de detección meteorológica y modelos predictivos aún primitivos, el gran Niño cogió desprevenida a la comunidad internacional. Solamente Perú contabilizó en aquel episodio cerca de 9.000 muertes directas o indirectas por epidemias sobrevenidas. 

El evento de 1997/98 fue el primero advertido con meses de antelación, aunque su magnitud desbordase las previsiones. Entre uno y otro se habían dispuesto medios tecnológicos avanzados: el aún vigente programa TAO de monitorización del Pacífico ecuatorial con boyas, así como el primero (Topex-Poseidón) de una serie de satélites oceanográficos que sigue hoy vigente con el ingenio franco-americano Jasón 2.  En 2009 la Agencia Espacial Europea (ESA) lanzó la misión SMOS liderada por España, cuyo objetivo es medir la salinidad, clave en la circulación oceánica, y proporcionar datos sobre su comportamiento en relación a fenómenos como El Niño/Niña, también con fines preventivos.

Anatomía del fenómeno

Arantza Prádanos
Viejo conocido desde hace milenios, fue a finales del XIX cuando los pescadores del norte de Perú lo bautizaron como El Niño en alusión a su llegada por Navidad. Aún hoy su naturaleza física encierra interrogantes. Es, en esencia, un paso a dos entre el océano y la atmósfera. Los alisios soplan en el Pacífico de este a oeste. Arrastran con ellos el agua caliente superficial hacia la orilla asiática, formando en torno a Indonesia el warm pool, las aguas más calientes del mundo, unos 8°C por encima de la media  y con casi medio metro más de altura. Mientras, en la costa ecuato-peruana el barrido de los vientos permite la surgencia de aguas frías profundas, ricas en nutrientes.

Este esquema habitual se rompe de forma cíclica al entrar en escena la Oscilación del Sur, un vaivén de la presión atmosférica entre la región occidental (sube) y la oriental (desciende) del Pacífico ecuatorial que debilita los alisios y desencadena el viaje de vuelta de las aguas cálidas en un tren de olas (ondas Kelvin). “Esas aguas  cortan la surgencia de aguas frías de las costas peruanas y producen fenómenos convectivos muy fuertes, lluvias intensas en las costas de América del Sur, y secan radicalmente la zona occidental, Asia y Australia”, explica Marcos Portabella, investigador del Instituto de Ciencias del Mar (CSIC) de Barcelona. Si todos estos factores confluyen a la inversa —bajada de presión al oeste y aumento cerca de Sudamérica, más alisios fuertes— propician la anomalía fría de La Niña, con efectos contrarios aunque menos extremos que los de El Niño.