18/6/2019
Europa

Epidemia de suicidios en Portugal

Las muertes autoprovocadas triplican a los fallecimientos en accidentes de tráfico. El Alentejo concentra el mayor número de casos

Epidemia de suicidios en Portugal
Vista de una calle en la aldea de la Luz, en el Alentejo, región que concentra la mayoría de los suicidios que se producen en Portugal. Ernst Schade / contacto
Cada vez hay menos portugueses en Portugal. El país, de apenas 10,5 millones de habitantes, ha perdido medio millón de sus ciudadanos durante los últimos cinco años, emigrantes que huían de la durísima crisis económica. Quienes se quedaron son cada vez más viejos: más del 20% de la población rebasa los 65 años. La tasa de natalidad es la más baja de la Unión Europea, con solo ocho nacimientos por cada mil residentes en 2015 .

El desastre demográfico de Portugal ha sido noticia en medios como Financial Times, que tilda la situación de “tormenta perfecta” que amenaza el futuro del país. Pero además de los factores más notorios hay otro menos conocido que, pese a reducir la población del país a un ritmo inferior al de la emigración, lo hace de una manera mucho más traumática: el suicidio.

Cada día unos cinco portugueses ponen fin a sus vidas. Puede parecer poco, pero en 2014 sumaron 1.223 casos. La cifra triplica la de víctimas mortales de accidentes de tráfico en las carreteras lusas durante el mismo periodo. Un dato que solo refleja los casos registrados oficialmente, pues cada año un millar de portugueses mueren de manera violenta pero “por causas indeterminadas”. Se estima que un 75% de estos casos son suicidios no declarados.

“La cifra oficial es tremendamente inferior al número real de suicidios”, explica el doctor Álvaro de Carvalho, director del Programa Nacional de Salud Mental luso y organizador del Plan Nacional contra los Suicidios. “Los médicos ocultan las causas reales del fallecimiento porque el suicidio sigue siendo un tema tabú. Hay un claro estigma social y religioso, pero también hay motivos prácticos para ocultar la causa de muerte. Muchos seguros de vida quedarían invalidados y algunos préstamos bancarios llevan una cláusula que exige el pago inmediato de la deuda en caso de suicidio del titular”, concluye Carvalho.

“La cifra oficial es tremendamente inferior al número real de suicidios”, explica el doctor Carvalho

Aunque Eurostat fija la tasa de suicidios en Portugal en 9,78 casos por cada 100.000 habitantes —muy superior a los 8,4 de España, 6,6 de Italia o 4,7 de Grecia—, Carvalho estima que la tasa real ronda los 15 incidentes. Algunas autoridades teorizan que el número podría ser mayor, quizá incluso alcanzando las 20 muertes por cada 100.000 habitantes. Estas cifras sitúan al país a la cabeza de la UE en este aspecto, superado solo por países como Hungría o Lituania.

“Es un problema grave y difícil de remediar al ser un fenómeno multicausal”, reconoce Carvalho. “Portugal tiene una de las tasas de depresión más altas de Europa , y eso influye, como también la genética. Luego hay quienes se matan motivados por un impulso momentáneo —la ruptura de una relación—, o por factores externos como la pérdida de un trabajo por la crisis.”

“Desde la Dirección General de Salud (DGS) hacemos lo posible para ayudar a grupos sociales de riesgo elevado —como pueden ser las personas mayores o la comunidad LGBT— y formamos a médicos de familia para que identifiquen casos de riesgo. Estamos digitalizando el sistema y estableciendo un protocolo que exige un seguimiento de la Policía Judicial en los casos de muerte violenta para conseguir estadísticas fiables.” Carvalho explica que el suicidio en Portugal tiene cierta raíz cultural. “Solucionar eso requiere mucho esfuerzo a través de acción directa —con psicólogos sobre el terreno— y haciendo campañas para cambiar la percepción de la sociedad en general.”

La frustración de Unamuno

El problema viene de lejos. Cuando Miguel de Unamuno visitó el país en 1908 quedó impactado al observar que el suicidio era algo cotidiano. Era normal que un jornalero se ahorcase, o que un político se pegara un tiro. El escritor se mostró frustrado al llegar a Lisboa y descubrir que era imposible conocer en persona a los ilustrados de la época. El novelista Castelo Branco, el escultor Soares dos Reis, el ensayista Trinidade Coelho… Todos se habían matado. “Portugal es un pueblo de suicidas, tal vez un pueblo suicida”, sentenció el filósofo en Por tierras de España y Portugal.

Ante semejante visión del país, el escritor Miguel Laranjeira respondió en nombre de sus compatriotas, condenando esa imagen simplista de un pueblo fatalista. Pero un año más tarde, deprimido por la situación política del país, demostraba la tesis del filósofo vasco al pegarse un tiro en la cabeza.

“El suicidio ha sido un fenómeno recurrente en Portugal a lo largo de su historia”, afirma el doctor José Santos, autoridad en la materia y expresidente de la Sociedad Portuguesa de Suicidiología. “La mayoría de los suicidas son hombres. Se habla de ello como algo pragmático. ‘¿Estoy viejo? ¿Me siento inútil? ¿Algo me salió mal? Pues me mato.’ Lo ven como una forma de recuperar el control ante una situación desesperada.”

Según Santos, parte del problema radica en el estigma que siempre ha ido ligado a los temas de salud mental en el país. “Por mucho que se diga que es el país del fado, está mal visto hablar de la tristeza a nivel personal. Esa autorrepresión fomenta la depresión, y la gente no busca ayuda”, explica. “En los hospitales existe un estigma hacia las personas que sobreviven a un intento de suicidio. En urgencias consideran que están para atender problemas físicos y no los mentales —explica Santos—. Tratan a los supervivientes con desprecio, como personas que están gastando recursos y el tiempo de los profesionales. No reconocen el grito de ayuda y no captan que quienes no encuentran soluciones después de un intento frustrado tienden a intentarlo de nuevo”, sostiene este experto.

Santos considera que tendría que existir una campaña mucho más activa contra el suicidio, pero la propia naturaleza del fenómeno impide que se convierta en un asunto prioritario para el Estado. “Los muertos no votan. No existe una plataforma fuerte como la de los afectados por la hepatitis C. Quienes sufren problemas de salud mental en Portugal no tienen voz.”

Capital mundial del suicidio

El suicidio no afecta a todas las regiones de manera equitativa. El 35% de la población lusa vive en el norte del país, pero ahí apenas se registran casos; en Oporto, la tasa es de solo 0,5 muertes por cada 100.000 habitantes. En la región del Alentejo, en cambio, que concentra apenas el 7% de los portugueses, tienen lugar más suicidios que en el resto del país. Ningún sitio supera al Concejo de Odemira en esta distinción, pues es el municipio con la tasa de suicidios más elevada del mundo. Aquí se registran 61 incidentes por cada 100.000 habitantes.

El suicida alentejano tiende a ser hombre, de más de 65 años de edad, y vive aislado en el campo. José Grelha, psicólogo clínico de la Unidad Local de Salud del Litoral Alentejano, explica que este último factor juega un papel clave en las cifras desorbitadas de la región.

El suicida alentejano tiende a ser hombre, de más de 65 años de edad, y vive aislado en el campo

“Están solos”, afirma el psicólogo. “No hablamos de aldeas, sino de casas sueltas, a kilómetros de distancia de los vecinos más cercanos. No hay autobuses y en algunos hogares no hay ni siquiera electricidad. A los hombres, al envejecer y perder facultades, les da vergüenza pedir ayuda y muchos se matan.”

Además del aislamiento, Grelha sostiene que ciertas particularidades de la cultura local son determinantes en las cifras regionales. Las estadísticas sugieren que tiene razón. Zonas similarmente remotas del país, como la región norteña de Tras-os-Montes, apenas registran suicidios. Justo al otro lado de la frontera, Extremadura tiene una de las tasas más reducidas de España, con apenas 63 incidentes en 2014.

“La religión es un factor”, continúa el psicólogo. “En el norte y en España la gente es muy devota, consideran el suicidio como un pecado mortal y eso los disuade. En el Alentejo la gente es católica oficiosamente: nadie practica ni es creyente.” También influye, según Grelha, que en esta región se vea el acto como un gesto noble, especialmente si ya hay antecedentes de suicidio en la familia. “Es muy común tener varios casos de suicidio en una misma familia. Conozco a una mujer que era la única de su clan que no lo había cometido; decía sentir vergüenza, como si ella fuese el bicho raro. Es algo muy arraigado, incluso con cierto protocolo. Los hombres se ahorcan del mismo árbol donde se colgaron su padre y el abuelo.”

Desde hace una década las autoridades locales y la DGS intentan reducir el número de suicidios en el Alentejo a través de campañas para atender a las personas que corren mayor riesgo. “Nos acercamos a las personas más aisladas a través de unidades móviles de salud”, explica Grelha. “Vamos para ver qué tal están, a darles vacunas y vitaminas, y si identificamos a una persona en riesgo le ofrecemos transporte gratuito al centro de salud más cercano para que pueda ver al psicólogo. Siempre hay una resistencia inicial, pero sorprende cuánto se abren una vez tienen confianza.”

Desmitificando el fenómeno

“A la vez, hemos lanzado un proyecto para desmitificar el suicidio entre las generaciones más jóvenes. Damos charlas para adolescentes y explicamos que nunca es una solución. Les quitamos esa idea de la muerte noble, explicando el impacto que tiene sobre los seres queridos, a la vez que dejamos claro que no todos los intentos de suicidio tienen el resultado esperado. A nadie le resulta romántico sobrevivir y estar confinado a una silla de ruedas el resto de la vida.”

El psicólogo dice que desde el lanzamiento de estos servicios se ha notado una tímida mejora en las estadísticas, pero admite que queda mucho trabajo por hacer. Hay pocos psicólogos para atender a tantas personas y, pese al alto número de afectados, el Alentejo sigue sin tener un centro de internamiento para los pacientes que necesitan mayor atención. El más cercano queda en Setúbal, a 200 kilómetros de distancia. No obstante, Grelha se muestra optimista. “Tengo que serlo, pero sé que queda mucho trabajo por delante. Cambiar estas tendencias será un proceso que se extenderá a lo largo de años, tal vez décadas.”

La crisis provoca un aumento en el número de suicidios

Aitor Hernández-Morales
El año 1984 fue el peor del siglo pasado en términos de suicidios en Portugal. Unos 1.030 lusos murieron por esta causa, un pico extraordinario en un país acostumbrado a cifras cercanas a los 800 casos anuales.

La cantidad, que resultó escandalosa a mediados de los 80, se ha convertido tristemente en habitual con la llegada de la crisis económica: entre 2008 y 2014 la media fue de 1.070 casos anuales. Supone un aumento del 26,8% comparado con el periodo entre 1998 y 2004, cuando la media rondaba los 840 incidentes anuales .

La Dirección General de Salud se muestra cautelosa ante los datos. Aunque considera que todavía faltan estudios para poder responsabilizar a la crisis de este aumento de los casos, el organismo destaca que la mayor variación en las cifras coincide con el periodo durante el cual Portugal estuvo intervenida por la troika y se recortaron las ayudas sociales.

“La crisis ha tenido un efecto colateral brutal”, sostiene el doctor José Santos, de la Sociedad Portuguesa de Suicidiología. “La emigración de los últimos años ha acabado con una generación que, antes, hubiese cuidado de los mayores.”

“Los hijos se van fuera a buscar trabajo y los padres se quedan solos. Los recortes acaban con los centros sociales, cierran ambulatorios. Las personas mayores se quedan sin red social alguna, aislados”, afirma Santos.

Desde el Alentejo, el psicólogo clínico José Grelha coincide con Santos tras haber visto el impacto de los recortes sobre la red de asistencia de la región.

“A mediados de la década pasada los centros de salud públicos del Alentejo empezaron a ofrecer atención psicológica. Fue un éxito, empezamos a abrirnos paso en esta lucha.”

Pero “cuando se cortó la financiación con la llegada de la crisis, fue cuestión de tiempo que notáramos un evidente repunte en el número de suicidios. Dejaron a mucha gente sin ayuda vital. La crisis tuvo consecuencias mucho más allá de las económicas”, concluye el psicólogo.