16/10/2018
Libros

Niccolò Ammaniti. Héroes precoces

Anna, la obra más reciente del novelista italiano, entronca con la tradición literaria de los grandes relatos protagonizados por niños abandonados o huérfanos

Ana Llurba - 16/09/2016 - Número 51
  • A
  • a
Niccolò Ammaniti. Héroes precoces
Niños abandonados o huérfanos recogiendo raciones de comida durante la guerra en Roma. Chris Ware / Keystone / Getty
Con un estilo minimalista aunque tierno, Niccolò Ammaniti (Roma, 1966) instala al lector en una despoblada isla de Sicilia donde La Roja, un virus de origen desconocido, ha diezmado a la población adulta y un incendio monumental ha arrasado las zonas urbanas. El escenario rural siciliano se desvela con sutiles ironías como “pasaron junto a un cartel en el que se veía un anuncio de un coche con un hombre con chaqueta y corbata que decía: Elige hoy tu futuro”; así como con sensibles personificaciones que parecen escaparse del imaginario infantil de los protagonistas, Anna y su hermano pequeño Astor y que le dan una chispa animista al paisaje: “Una segadora, junto a las ruinas de una casa de campo, parecía un insecto con la boca llena de dientes”.

A diferencia de la crueldad inhumana y las pesadillas biopolíticas del imaginario transitado por las ficciones distópicas ya clásicas, como la implacable La carretera (2006) de Cormac McCarthy o la estricta segmentación de género y clases de El cuento de la criada de Margaret Atwood, en este mundo conviven la necesidad de supervivencia con la empatía y las alianzas, como demuestra el vínculo que establece Anna, la protagonista, con un chico un poco mayor, Pietro.

La extinción de “los Mayores”, que emergen como un recuerdo borroso de una especie desaparecida hace años, formula el contexto desolador en el que Anna tendrá que luchar con manadas de perros salvajes, buscar provisiones, establecer alianzas y, también, escaparse de otros niños y, sobre todo, proteger a su hermano Astor.

Existe una especie de doble moral en la empatía que despiertan en el lector los personajes huérfanos

Quizás exista una especie de doble moral en la empatía que despierta en el lector el encuentro con personajes huérfanos. Mike Mariani escribió una pieza sobre la importancia de los expósitos en el origen histórico de la novela como género literario, “Alone in the jungle” (Hazlitt, 2016). Cuenta que cuando en los 80 el musical Los Miserables se convirtió en sensación, el ayuntamiento de París limpió la ciudad de vagabundos porque “el arte, además de ser arrastrado por la tragedia y sus posibilidades transformadoras, también crea un espacio de conveniencia para sentir una simpatía sin consecuencias, alcanzando solo una catarsis masturbatoria”. Tal vez esa interpelación a ponerse en el lugar del otro que la verosimilitud literaria activa en la mente del lector implique una promesa de felicidad ambigua, a medio camino entre el morbo y la simpatía biempensante. Una oscilación entre los dos polos que detona el trauma iniciático y la situación de vulnerabilidad por el abandono, la muerte o la ausencia parental. Como dice Alison Kinney en “The Uses of Orphans” (The New Inquiry, 2015), en la novela el huérfano es una “estructura clave de la tensión narrativa, la empatía lectora y el despertar moral, pero ¿no habría un abuso del arquetipo?”

Sin embargo, en los clásicos del tema de la tradición inglesa como Tom Jones de Henry Fielding y Moll Flanders de Daniel Defoe, los personajes huérfanos dan pie, con su promiscuidad sexual y sus conductas libertinas, a un relativismo moral que cuestionaría la tesis de Kinney. En Anna de Ammaniti sí hay exploración del arquetipo, como en la tradición distópica, aunque sin abusar de él para crear tensión narrativa.

Traumas iniciáticos y picaresca

Desde los dioses, semidioses y héroes de los mitos griegos hasta los personajes más característicos de la factoría Disney (hablando de mitos, se cuenta que el propio Walt fue huérfano de madre), como Bambi, Dumbo o el más reciente Nemo, el tópico de la madre ausente se convierte en un detonante trágico, en un trauma iniciático que nunca se resuelve. Eso también está presente en esta descorazonadora pero muy eficaz novela. Antes de morir, la madre de Anna ha escrito un diario con las instrucciones para que su hija sobreviva. En las entradas le indica qué deberá hacer con su cadáver después de muerta, en uno de los pasajes más demoledores del libro: “Cosas que hay que hacer cuando muera mamá: Cuando muera, pesaré mucho y no podréis sacarme de casa. Anna, abre las ventanas, coge todo lo que necesites y cierra la puerta con llave. Debes esperar cien días. En la página siguiente he trazado cien rayas. Tacha una todas las mañanas. Solo podrás abrir la puerta cuando las hayas tachado todas. Antes no, por ningún motivo. Si la casa huele muy mal, ve con tu hermano a vivir al cobertizo de las herramientas. No entres en casa nada más que para coger lo que necesites. Cuando hayan pasado los cien días, entra en mi dormitorio. No me mires a la cara. Átame con una cuerda y arrástrame afuera. Verás que será fácil porque pesaré poco. Llévame al bosque, lo más lejos que puedas, a un lugar que te guste, y cúbreme de piedras. Limpia bien mi habitación con lejía. Tira el colchón. Ya podéis volver a casa”.

Como contrapunto ante tanto desamparo y soledad, al igual que en la novela fundacional de la picaresca, El Lazarillo de Tormes (1554), o en novelas con huérfanos célebres de otros siglos y latitudes, como Tom Sawyer y Huckleberry Finn, en Anna de Ammaniti también hay lugar para atenuar tanta tragedia con la complicidad que transmiten los giros narrativos inesperados provocados por las travesuras y las ocurrencias infantiles. Al morir su madre, Anna debe hacerse cargo de su hermano Astor. Para que el niño no salga de los límites de la casa de campo donde viven, la hermana mayor se inventa unos “monstruos de humo”, además de otros temores imaginarios. Sin embargo, cuando en una de sus excursiones para buscar provisiones Anna se demore más de lo normal en volver, Astor enfrentará solo esos miedos de una manera hilarante e imprevisible que se codea con las cómicas peripecias de supervivencia propias de la tradición picaresca.

La llamada de lo salvaje

Anna aún recuerda el mundo previo a la epidemia, pero los restos de la civilización que ella conoció solo perduran como un eco hueco que evidencia las falsas expectativas de felicidad depositaadas en el consumo. Ammaniti lo expone con la ingenuidad como detonante del humor, sin ánimo panfletario, con la sutileza que los grandes relatos de antropología especulativa, como Ursula K. Le Guin en La mano izquierda de la oscuridad (1969). En un mundo donde el dinero no vale nada como bien de cambio siguen superviviendo ciertos mitos y leyendas, aunque desconectados de su valor de culto original. Así sucederá, por ejemplo, durante el episodio en el que Anna debe requisar casas abandonadas buscando con desesperación CD de Massimo Ranieri, un olvidado representante de la llamada “canción napolitana”, para trocarlos por remedios con unos gemelos atrincherados en un supermercado. Y, sobre todo, con la infructuosa búsqueda de unas zapatillas Adidas modelo Hamburg, por parte de Pietro, el amigo de Anna, que abraza la esperanza de que este objeto mágico lo salve de una muerte inexorable.

Esta novela de iniciación y aventuras activa mecanismos de especulación en lo antropológico

Esta nueva instauración de pautas sociales, de cambio radical de valores, se lleva al extremo en la arcaizante sociedad infantil que se ha organizado en el Gran Hotel de Las Termas Elíseas, un complejo turístico abandonado hasta donde peregrina Anna junto a Pietro para, presuntamente, rescatar a su hermano. Según los rumores de los niños que se van cruzando en el camino, allí tienen a La Picciridduna, la única Mayor que ha sobrevivido al virus y en quien se cifra, según una recién instaurada leyenda, el secreto de su cura. En este momento, el libro se inserta en la tradición de novelas como El señor de las moscas (1954) de William Golding, al explorar la agresividad latente, la regresión en las relaciones jerárquicas y los mecanismos de poder que afloran entre niños aislados de la autoridad adulta.

Además de los mecanismos de empatía que activa esta novela de iniciación y aventuras, quizás lo más interesante sea la especulación en el terreno de la antropología, en el que tan bien se mueven las distopías más logradas como “arqueologías del futuro”, según la noción del crítico literario marxista Fredric Jameson. Es un territorio en el que el huérfano es el agente de  atavismos, rituales, creencias en el pensamiento mágico y el animismo en un regreso a una barbarie extraña pero demasiado humana y latente ante cualquier situación de miedo e incertidumbre.

Anna
Anna
Niccolò Ammaniti
Traducción de Juan Manuel Salmerón Anagrama,
Barcelona, 2016,
304 págs.