18/9/2019
Libros

Testimonio del horror

Anise Postel-Vinay publica sus memorias como superviviente de los campos

AHORA / Aloma Rodríguez - 09/09/2016 - Número 50
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En 1942, cuando Anise Postel-Vinay tenía 20 años, fue detenida por la Gestapo al volver de una misión en El Havre para el Servicio de Inteligencia de los aliados. Estuvo en las cárceles de La Santé y Fresnes antes de ser deportada al campo de Ravensbrück en octubre de 1943. Postel-Vinay nació en 1922 en París, donde su padre se había establecido como otorrino. Su madre insistió en que se alistara en las Exploradoras de Francia (no quería que le dieran una instrucción religiosa, como hacían las scouts). Eran cinco hermanos. El compositor húngaro Joseph Kosma era una visita frecuente en su casa. Su madre alertó de los peligros del nazismo. Su padre se sintió decepcionado con Pétain y se puso a investigar sobre quién era en realidad el general. La primera lengua de Anise Postel-Vinay era el alemán porque su madre, de origen alsaciano, así lo había querido. Ella se decantó por el alemán en sus estudios superiores. “A mí me encantaba la poesía y la lengua alemanas, fíjate. No me imaginaba que el alemán me sería tan útil después en Ravensbrück…”, escribe en Vivir, sus memorias de la deportación, escritas junto a la escritora Laura Adler, biógrafa, entre otros, de Hannah Arendt o Marguerite Duras.

Postel-Vinay escribió este libro breve y de apariencia leve al saber que los restos de dos de las amigas que hizo en el campo y a las que estuvo unida el resto de sus vidas iban a ser trasladados al Panteón. También sirvió como acicate el 70 aniversario de la Liberación, celebrado en 2015. Las dos amigas eran la etnóloga Germaine Tillion —Postel-Vinay colaboró con ella en las tareas de documentación para la redacción de Ravensbrück, que se publicó en la editorial suiza La Baconnière— y Geneviève de Gaulle-Anthonioz, sobrina del general De Gaulle y activista por los derechos humanos y contra la pobreza. Vuelve la vista atrás y cuenta con un estilo a veces naíf y despreocupado su vida: cuenta lo que cree que puede explicar cómo acabó en el campo. El relato cronológico recuerda en ocasiones al estupendo libro Y tú no regresaste (Salamandra, 2015), de Marceline Loridan-Ivens, aunque el testimonio de Postel-Vinay es menos estremecedor y menos ambicioso en lo literario. 

Aparecen la camaradería y la solidaridad entre las deportadas, “una fraternidad europea”

Además del “horror añadido al horror”, como define Auschwitz y, por extensión, los campos, y los terribles experimentos del profesor Gebhardt, la muerte y la desolación, aparecen el amor, la camaradería, la ternura y la solidaridad entre las mujeres del campo, donde cree que se empezó “a forjar Europa incluso antes de que se hablara de ella” gracias a “algo parecido a una fraternidad europea” entre las prisioneras. Hay hasta pequeños detalles de humor: la familia del que sería su marido y la suya se conocieron cuando los dos estaban detenidos y decidieron que harían una pareja perfecta: “¿Quién se iba a imaginar que de verdad acabaríamos casándonos después de la Liberación?”. También está el dolor por la muerte de su hermana, el paso por Suecia tras la Liberación y las violaciones de mujeres a manos de los soldados rusos que liberaban en los campos.

Recuerda la importancia que le daban ya en el campo a contar lo que estaba sucediendo allí y el penúltimo capítulo del libro se titula “La  urgencia de escribir y dar testimonio” después de la Liberación. Sin embargo, nadie quería escuchar lo que tenían que decir. El proceso de Ravensbrück apenas contó con la presencia de dos o tres periodistas. “Aquello no le interesaba a nadie, ni en Alemania ni en Francia.” Cree encontrar una explicación a eso: “Me da la sensación de que el mal alcanzó tal grado de existencia durante los años de guerra que a aquellos que no lo vivieron les resulta difícil creerlo, o incluso enfrentarse a ello”. Por eso es necesario su testimonio.

Vivir
Vivir
Anise Postel-Vinay
Traducción de Laura Naranjo Gutiérrez, Errata Naturae,
Madrid, 2016,
106 págs.