16/9/2019
Internacional

Rodrigo Duterte. El presidente matón y bocazas de Filipinas

Su eslogan es “Ley y orden”, pero la ley es violada continuamente bajo su vista gorda en la guerra sucia que capitanea contra la delincuencia

Diego Carcedo - 16/09/2016 - Número 51
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Rodrigo Duterte. El presidente matón y bocazas de Filipinas
MADE NAGI / EFE
No es frecuente que un jefe de Estado llame hijo de puta a un colega, y menos en público, y menos aún cuando se trata de países aliados y el agraviado es el dirigente más poderoso del mundo. El exabrupto, que enseguida alcanzó carácter de incidente diplomático grave, lo protagonizó el 5 de septiembre el nuevo presidente de Filipinas, Rodrigo Duterte, tras enterarse de que Barack Obama, con quien iba a reunirse en la capital de Laos, Vientián, le recriminaría la dureza extrajudicial con que estaba abordando la lucha contra el narcotráfico.

No era la primera vez que Duterte insultaba públicamente a otras personalidades, incluidos el papa Francisco o el secretario general de la ONU, Ban Ki-moon, a quien amenazó con abandonar la organización y crear un organismo paralelo con países descontentos con sus actuaciones. El incidente con Obama, solventado por el presidente estadounidense al aceptar las disculpas oficiales que alegaban que se trataba de la forma de hablar de su interlocutor, atrajo la atención internacional sobre el mandatario filipino.

“En Davao no puede estar vivo"

Duterte fue durante 22 años alcalde de la ciudad de Davao, en la isla de Mindanao, tras ganar siete veces las elecciones municipales casi siempre mejorando los resultados anteriores. Allí, donde lo siguen adorando, se le reconoce haber transformado la ciudad —que en poco tiempo pasó de 900.000 habitantes a 1,5 millones—, modernizando sus calles, mejorando los servicios, sobre todo los sanitarios, y reduciendo al mínimo sus altos niveles de delincuencia.

El presidente considera que los derechos humanos son lo que él defiende liquidando a los que los violan

Incluso fue brillante su mediación en el viejo conflicto con el Frente Moro de Liberación, el movimiento guerrillero musulmán  que lucha por la independencia de la isla, al que consiguió reintegrar a la normalidad democrática. Cuentan que, como prueba de buena voluntad, a tres de sus seis hijos los bautizó en el catolicismo, la religión mayoritaria en el país,  y a otros tres en la fe del islam. Duterte presume de creer en dios pero no en la religión —en el colegio sufrió el acoso de un cura pederasta—. También llama hijos de puta a los obispos y es el único presidente, de los 16 que ha tenido Filipinas, que no va a misa.

Pero lo que de verdad le proporcionó popularidad, simpatías y en definitiva votos en Davao fue su lucha contra la delincuencia y particularmente contra los narcotraficantes y drogadictos. Los medios legales para conseguirlo le parecieron insuficientes y bajo su inspiración, tolerancia y protección puso en marcha unos escuadrones de la muerte que en los últimos años liquidaron a cerca de un millar de sospechosos sin que ni antes ni después mediase la justicia. A algún sospechoso le dijo a la cara: “Aquí en Davao usted no puede estar vivo”.

Ejecuciones extrajudiciales

Cuando, estimulado por los admiradores de sus métodos, se presentó a las elecciones presidenciales, su habitual condición de “bocazas”, como se le califica incluso con admiración, se desató. Su campaña desdeñó las cuestiones económicas y sociales, empezando por la pobreza, que aseguró dejaría en manos de expertos, para concentrarse en la lucha contra la delincuencia. Su principal promesa electoral fue que en los seis primeros meses de mandato ejecutaría a cien mil narcos y drogatas. Ganó las elecciones por una amplia mayoría y la amenaza la está cumpliendo. Apenas lleva dos meses en el cargo y ya son cerca de 4.000 los muertos en ejecuciones extrajudiciales: alrededor de un millar cayeron en enfrentamientos abiertos con las fuerzas del orden y más de 2.500 —las cifras aumentan a diario— fueron ejecutados sin que se sepa — ni tampoco parezca importar— quiénes fueron los asesinos, para desesperación de los jueces. Algo por otra parte difícil de averiguar porque el propio Duterte afirmó que haría lo mismo si se tratase de uno de sus hijos.

Para empezar, restauró la pena de muerte por ahorcamiento, que había sido abolida en 2006. Además de movilizar al Ejército en la lucha contra la drogadicción, el presidente concedió barra libre y protección a la Policía para actuar sin las ataduras que impone el proceso penal. Pero, además, en varias ocasiones ha pedido a los ciudadanos que denuncien a los delincuentes y que, si hace falta, ellos mismos les peguen un tiro. “Háganlo ustedes, no voy a pedirles a los padres que sean ellos quienes los quiten de en medio”.

Las tibias protestas internas y las duras críticas internacionales no se han hecho esperar, pero hasta ahora con un efecto que tal vez podría considerarse contraproducente. La revista Time le cambió el sobrenombre de Rody, o Digon en tagalo, como se le apoda, por el de El Castigador de Manila, y otras publicaciones ya han elevado el calificativo al de Carnicero. Él mismo aparece en la televisión oficial una vez a la semana e incluso avanza nombres de sospechosos.

Quienes han entrado en las listas de delincuentes  ya saben que, a poco que se descuiden, sus cadáveres aparecerán en los lugares más inesperados. El lenguaje del presidente está repleto de tacos y la condición de hijos de puta la extiende lo mismo a otros mandatarios que a los 150 altos cargos de la Administración, las Fuerzas Armadas o la política que ya han sido identificados —y algunos eliminados— como implicados en el narcotráfico. Pero muchos ciudadanos lo escuchan con simpatía.

Para empezar, restauró la pena de muerte por ahorcamiento, que había sido abolida en el archipiélago en 2006

En sus viajes por las islas que integran el archipiélago es aclamado y, con su brillante y populista dialéctica, alardea del buen camino por el que avanza el proceso de limpieza delincuencial. La única protesta que ha afrontado en estos primeros meses de mandato fue la de unos 1.500 defensores de la libertad que se manifestaron en Manila en contra de la decisión de devolverle al dictador Ferdinand Marcos la condición de patriota y el derecho a tener un panteón en el cementerio de los héroes.

Su eslogan es “Ley y orden”, pero la ley es violada continuamente bajo su vista gorda cuando no, como se sospecha, con su respaldo pleno. Tanto Amnistía Internacional como Human Rights Watch han denunciado lo que está ocurriendo en Filipinas, pero el presidente considera que los derechos humanos son lo que él defiende liquidando a los que los violan. En reiteradas ocasiones ha prometido que algunos narcos serán ejecutados en público y él ayudará a descuartizarlos.

Feliz consumidor de viagra

El accidentado viaje a Vientián para participar en la cumbre de la ASEAN fue su primera salida al extranjero como presidente. Allí era esperado con expectación morbosa después del insulto a Obama, pero los demás jefes de Estado se encontraron con una persona amable, hablando un inglés perfecto y mostrando siempre voluntad de dialogar y negociar. Anunció que el problema con China por la soberanía de unas islas próximas quería discutirlo personalmente con las autoridades de aquel país y, si era necesario, podrían pactar una explotación conjunta.

Está dispuesto para ello a ir a Pekín, pero si no llegan a un  acuerdo, él mismo, conduciendo una moto acuática —una de sus aficiones—, se trasladaría hasta la isla principal en litigio, plantaría en el punto más alto la bandera filipina y se sentaría a esperar a que fueran a matarlo. Mientras, ha prometido que liquidará a los terroristas islamistas de Abu Sayyaf que hace unas semanas perpetraron un atentado en Davao y culpa del auge del yihadismo a estadounidenses y británicos por sus intervenciones en Irak o Libia.

En su vida personal, aparte de convivir feliz con su segunda esposa, Cielito Avanceña, presume en público de tener muchas amantes y de ser un ávido consumidor de viagra. Tiene 71 años, es abogado de profesión y cuando se excede en sus palabras — como cuando justificó la violación de una monja en Australia porque era muy guapa—, suele disculparse diciendo: “A veces me sale por la boca lo peor de mí”. A estas alturas iniciales de su mandato nadie duda de que se trata de un verdadero sátrapa de la escuela de Marcos, Amín o Bocassa, pero las encuestas le conceden un apoyo, a menudo enfervorizado, del 90% de los filipinos.