19/6/2019
Internacional

Manila se debate entre Pekín y Washington

El distanciamiento con EE.UU. puede aislar a Filipinas de sus vecinos y frenar la lucha contra la insurgencia en el sur del país

Georgina Higueras - 16/09/2016 - Número 51
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Separadas por el Pacífico, las diplomacias de Filipinas y Venezuela nunca se aproximaron tanto. Como hiciera Hugo Chávez, en los dos meses largos que Rodrigo Duterte lleva al frente del país asiático no ha escatimado la oportunidad de gritarle alto y claro a Estados Unidos que Filipinas es un país soberano que se merece su respeto y que los tiempos del colonialismo ya pasaron. Pero de momento, pese al cortejo de China, Duterte no va a romper el acuerdo alcanzado en 2014 y ultimado en marzo pasado, que permite el estacionamiento de tropas, armamento y equipos estadounidenses en cinco bases del archipiélago, incluida la aérea de Antonio Bautista, muy cerca del mar del Sur de China, donde Filipinas mantiene un contencioso por unos islotes ocupados por Pekín y donde EE.UU. y China se disputan el control de esas aguas de enorme valor estratégico.

La agenda del presidente filipino, sin experiencia internacional alguna, es fundamentalmente interna, pero para poner en marcha la prometida revolución de infraestructuras con que quiere impulsar la economía precisa tal cantidad de dinero que solo China estaría en disposición de financiarla. Por tanto, Duterte se enfrenta a un dilema: cumplir su programa económico, para lo que se tiene que acercar a China, o continuar la alineación militar con EE.UU. para frenar las ambiciones marítimas chinas.

Realineamiento diplomático

La opinión pública está muy dividida, pero la verborrea anticolonialista de Duterte ha incrementado considerablemente su popularidad. El Senado filipino ordenó en diciembre de 1991 el fin de la presencia militar estadounidense en el archipiélago. La entonces presidenta Corazón Aquino trató de conseguir una retirada escalonada a lo largo de tres años, pero la opacidad del Pentágono, que rechazó entregar el calendario de salida e insistió en no confirmar ni desmentir la presencia de armas nucleares, impidió un acuerdo. Washington tuvo que retirar sus tropas antes de que finalizara 1992. Desde la independencia de Filipinas, en 1946, la base aérea de Clark y la naval de la bahía de Subic —que albergaba la VII Flota—  fueron las principales instalaciones de EE.UU. fuera de su territorio y fundamentales en las guerras de Corea y Vietnam.

La verborrea anticolonialista de Duterte ha aumentado de forma considerable su popularidad

Duterte quiere distanciarse de la política proestadounidense de su predecesor, Benigno Aquino (2010 - 2016), quien premió la decisión de Barack Obama de convertir el Pacífico en el eje de su política exterior con el compromiso de abrir las puertas a nuevas bases del Pentágono. El realineamiento diplomático, sin embargo, puede aislar a Filipinas de su entorno. En estos años, Manila ha alcanzado importantes acuerdos con los principales aliados de Washington en la zona: Japón, Australia, Singapur y Vietnam. Con Tokio firmó en marzo pasado un tratado de transferencia de equipos y tecnología de defensa, que le allana el camino para alquilar cazas de entrenamiento para mejorar su capacidad de vigilancia.

Japón y Vietnam, al igual que Filipinas, mantienen diferendos fronterizos con China y disputan sobre la soberanía de distintos islotes; Japón, en el mar del Este de China, y Vietnam, en el mar del Sur de China. Aquino llevó ante la Corte Internacional de Arbitraje (CPI) su enfrentamiento con Pekín, que en julio pasado dictaminó que China violaba la ley del mar y falló por unanimidad a favor de 14 de las 15 demandas interpuestas por Manila. Pekín rechazó de plano el veredicto.

Convergen los intereses económicos de China y Filipinas, pero la diplomacia discurre por distintos senderos

Duterte, que no ha esquivado el guante tendido por China de negociar de forma bilateral la resolución de la disputa, se encuentra entre la espada y la pared. EE.UU., Australia, Japón y Vietnam le exigen que no negocie nada que no cumpla estrictamente la resolución de la CPI. La decisión que adopte será clave para las relaciones de Filipinas con sus vecinos y para el futuro de la Asociación de Naciones del Sureste Asiático (ASEAN), que ya se encuentra muy dividida tanto por el camino de confrontación con Pekín adoptado por Aquino como por las evidentes presiones de China sobre Camboya y Laos, países en los que ejerce gran influencia.

Consecuencias internas

Además, la retórica antiestadounidense de Duterte también puede tener consecuencias internas. Pese al cierre de las bases, en 1999 ambos países llegaron a un acuerdo que permitía la visita temporal de militares de EE.UU. a Filipinas, lo que facilitó la entrada de asesores en contraterrorismo para luchar contra la insurgencia que atenaza Mindanao y otras islas del sur del país. Unos 600 miembros de las fuerzas especiales del Pentágono entrenan a las tropas filipinas en su lucha contra los terroristas de Abu Sayyaf y contra el Nuevo Ejército Popular, la guerrilla comunista que se levantó contra la dictadura de Ferdinand Marcos. Duterte se comprometió a restablecer e impulsar las negociaciones de paz con los comunistas, iniciadas sin éxito hace 30 años.

Con más de 100 millones de habitantes en un territorio algo mayor que la mitad de España, 300.000 kilómetros cuadrados, Duterte tiene claro que necesita apoyos externos para desarrollar su país. China, por su parte, está empeñada en sacar adelante su proyecto estrella de la nueva Ruta de la Seda, que pretende crear la mayor red de conectividad terreste, marítima, energética y de alta tecnología. Los intereses económicos de ambos países convergen, pero la diplomacia discurre por distintos senderos. El griterío o los insultos del presidente filipino a su homólogo norteamericano no le ayudarán a sacar ventajas de los “amores” que le profesan Pekín y Washington.