20/6/2019
Libros

Carta al padre asesinado

Loridan-Ivens recuerda su paso por los campos y relata la huella que deja el horror

AHORA / Aloma Rodríguez - 08/01/2016 - Número 16
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Marceline Loridan-Ivens, de soltera Rozenberg, (Épinal, Francia, 1928) fue deportada junto a su padre a los campos de Auschwitz-Birkenau cuando tenía 15 años. Después de un largo peregrinaje (de Birkenau a Bergen-Belsen, de ahí a Raguhn, cerca de Leipzig, y de ahí a Theresienstadt, en Checoslovaquia, donde fue liberada por los rusos el 10 de mayo de 1945), volvió a casa. Han pasado 70 años desde entonces y la cineasta francesa publica ahora su recuerdo del horror bajo la forma de una carta dedicada a su padre que, como anticipa el título, Y tú no regresaste, no volvió de los campos de la muerte.
 


Su padre, judío extranjero, había comprado una mansión en Bollène, tal vez porque, como le pregunta Loridan-Ivens, pensaba que al convertirse “en señor de un dominio dejarían de vernos como judíos”. O porque su padre quería “creer en este país en el que te habías asentado”. Y un poco más adelante: “Aquella no era una mansión para ti, tampoco para nosotros. Y pasamos en ella una noche de más”. Esa noche en la que la familia fue detenida, el padre y Marceline deportados: Marsella y Drancy antes de llegar a Auschwitz-Birkenau. En Drancy el padre de la escritora le confesó: “Tú sí volverás porque eres joven, pero yo no regresaré”.
 
Las memorias de Loridan-Ivens, escritas con la ayuda de Judith Perrignon, son una respuesta a esa profecía cumplida. Y también son una respuesta a la carta que su padre le hizo llegar a su barracón: “Un pedazo de papel borroso y más bien rectangular, desgarrado por uno de los lados. Veo tu letra inclinada hacia la derecha, y cuatro o cinco frases que no recuerdo. Estoy segura de una línea, la primera: ‘Mi querida niña’. También de la última, tu firma: ‘Shloïme’. Entre las dos, no sé”. Marceline y su padre se cruzaron cuando el comando de ella regresaba al campo después de haber estado picando piedra. “Yo me arrojé a tus brazos, me arrojé con todo mi ser, tu profecía era falsa, estabas vivo”, recuerda. Antes de que los golpes le hicieran perder el conocimiento pudo darle el número de su barracón. No averiguó cómo consiguió el papel para escribirle la nota (“No teníamos nada para limpiarnos en los retretes”, recuerda).
 
El testimonio de Loridan-Ivens no se queda en los campos, continúa como sigue la vida de los supervivientes: con una huella imborrable y una herida terrible y siempre abierta. Marceline le cuenta a su padre a grandes rasgos lo que ha pasado desde que se separaron: la vuelta a casa, el primer matrimonio , el segundo matrimonio —con el cineasta Joris Ivens, 30 años mayor que ella—, el cine y la sensación de estar marcada para siempre. Habla de algunas de sus compañeras de los campos, Simone Weil o la joven que antes de ser ejecutada les gritó: “No tengáis miedo, la salida está próxima; yo sé que he sido libre, no renunciéis, no olvidéis nunca”. Es también un duro testimonio contra Francia: “Francia te envió a la muerte”. 

La culpa del superviviente 

Es un relato crudo y conmovedor de la barbarie. Las secuelas de la deportación se alargan y afectan incluso a los que no estuvieron en los campos: el hermano menor de Marceline terminó suicidándose. La culpa por haber sobrevivido asoma una y otra vez entre los recuerdos de Loridan-Ivens: culpa por haber regresado en lugar del padre, pero culpa también por haber cavado zanjas en las que se amontonaban cadáveres, culpa incluso por haber superado la selección de Mengele, culpa por resistir y por no morir de hambre, tifus o frío. “No me gusta mi cuerpo. Es como si aún llevara la huella de la primera vez que un hombre, un nazi, posó su mirada sobre mí”, confiesa. Marceline Loridan-Ivens intentó suicidarse dos veces. Hay sitio también para el amor. Dice de su segundo marido: “Él era la escuela que nunca pude acabar. El amor que me salvaría. Él era lo otro. Era el antídoto contra tu ausencia”.
 
Este libro es estremecedor en el relato del episodio más terrible de la historia reciente europea y es enternecedor el retrato que hace de la relación entre un padre y una hija que, a pesar de todo el horror, tiene elementos universales. Hacia el final del testimonio, Loridan-Ivens dice: “He vivido porque tú querías que viviera. Pero lo he hecho como aprendí a hacerlo en aquel lugar, viviendo al día, uno tras otro. Y los ha habido hermosos, de todos modos”. 
Y tú no regresaste
Y tú no regresaste
Marceline Loridan-Ivens

Traducción de José Manuel Fajardo, Salamandra, Barcelona, 2015, 92 págs.