19/6/2019
Análisis

Trump: La muerte de un partido

No importa lo ridículas que sean sus ideas. Han prendido como un incendio en una clase media blanca que se siente culturalmente presionada en una nación cada vez más dividida étnicamente

Tomáš Klvana - 05/08/2016 - Número 45
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Trump: La muerte de un partido
EL MIEDO Y LAS COSAS COMO SON. Donald Trump juega con las inseguridades y los miedos de una parte del electorado que lo apoya porque “dice las cosas como son”, o eso creen. joe Mahoney / Getty

El ego del aspirante ha derrumbado los tres pilares sobre los que se apoyaba hasta ahora la derecha republicana

El Grand Old Party (viejo gran partido) ha dejado de existir. El Partido Republicano de Abraham Lincoln, Theodore Roosevelt y Ronald Reagan murió a causa de un asalto hostil por parte de Donald John Trump, el empresario y showman populista. No fue una sorpresa, pero sigue siendo asombroso. Durante 36 años, los republicanos de derecha se apoyaron en tres pilares: máxima libertad económica, papel decisivo de Estados Unidos en el mundo y defensa de los valores familiares y sociales tradicionales. Los tres se derrumbaron y fueron sustituidos por el gigantesco ego de una persona que juega con las inseguridades y los miedos de una parte importante del electorado estadounidense.

LA DUPLA. En una convención republicana desorganizada, mal escenificada y dividida, Mike Pence fue presentando como candidato a vicepresidente. La dupla de campaña en Virginia. Sara D. Davis / Getty

En una convención republicana desorganizada, mal escenificada, dividida y carente de entusiasmo que terminó en Cleveland el pasado 21 de julio, Trump consiguió la nominación y presentó a su elección como candidato a vicepresidente, Mike Pence. Una buena parte del establishment republicano apoyó a Trump. Algunos, como el presidente de la Cámara de Representantes, Paul Ryan, y el senador líder de la mayoría republicana Mitch McConnell eran visiblemente renuentes y airearon objeciones a partes del mensaje del nominado, especialmente sus comentarios racistas y xenófobos contra los musulmanes y los inmigrantes.

Putin en Cleveland

Otros, con todo, apoyaron con entusiasmo a Trump y su mensaje, como el expresidente de la Cámara Newt Gingrich, el exalcalde de Nueva York Rudy Giuliani y el gobernador de Nueva Jersey Chris Christie. Para explicar una entrevista sobre política exterior de Trump con el New York Times, en la que el candidato cuestionó la OTAN y el mecanismo automático para que Estados Unidos defienda a sus aliados si son atacados, Gingrich dijo que Estonia estaba prácticamente en las afueras de San Petersburgo. Cuestionó si Estados Unidos debía comprometerse a una guerra nuclear por países como Estonia, que en todo caso tiene un 40% de población perteneciente a la minoría rusa, afirmó.

Trump está comprensiblemente enfadado por que solo unos pocos aliados cumplan sus obligaciones de gastar al menos el 2% de su PIB en Defensa, pero su visión de contable indica que no comprende el valor estratégico de la alianza occidental. Trump sería el primer presidente estadounidense que socavara abiertamente la OTAN, la institución que protege la seguridad de Europa. Y no solo eso. Trump también ha adelantado que, de llegar a la Presidencia, reconocería la anexión rusa de la península ucraniana de Crimea, acción por la que el Gobierno de Obama, además de la UE y otros países occidentales, mantiene sanciones económicas contra Moscú. Tras la publicación de miles de correos electrónicos del Partido Demócrata, formación que señaló a Rusia como responsable de la filtración, Trump animó a los rusos a hacerse con los e-mails de su rival en las próximas elecciones, Hillary Clinton. Vladimir Putin debe de estar muy contento con el curso de los acontecimientos.

LA ESTRATEGIA DEL DISIDENTE. Ted Cruz considera que Trump perderá estrepitosamente en noviembre y que él heredará el cargo de líder del partido . Fue abucheado en Cleveland. TIMOTHY A. CLARY / AFP / Getty

Hubo un disidente en Cleveland. El senador Ted Cruz, al que Trump venció en las primarias, dio un discurso en el que enfáticamente se negó a apoyar al candidato y pidió a los republicanos que votaran de acuerdo con su conciencia. Al parecer, Cruz cree que Trump perderá estrepitosamente en noviembre, lo cual es posible, y que él heredará el cargo de líder del partido. El problema es que hace solo nueve meses Cruz elogiaba a Trump y le daba la bienvenida a las primarias en un momento en el que todos los aspectos repugnantes de su mensaje eran ya ampliamente conocidos. El otro problema puede ser que Cruz explicó su oposición en términos personales y no de principios. Dijo que no tenía por costumbre apoyar a gente que había atacado a su mujer y su padre, cosa que hizo Trump.

EL PLAGIO. Melania Trump repitió casi literalmente algunas frases del discurso de Michelle Obama en la convención demócrata de 2008. Una empleada de su equipo asumió la culpa por el plagio. John Moore / Getty

Una fea mancha de una convención fracasada fue el escándalo de plagio del discurso de Melania Trump, que en un momento dado repitió casi literalmente un par de frases del discurso de Michelle Obama en la convención demócrata de 2008.

1964

¿Cómo hemos llegado hasta aquí? Cuando en la elección presidencial de 1964 el republicano Barry Goldwater fue ampliamente vencido por Lyndon B. Johnson, parecía que la carrera política de un oscuro activista conservador llamado Ronald Reagan había terminado. Pero su discurso televisivo a favor de Goldwater, titulado “El momento de escoger”, fue adoptado por una generación más joven de republicanos e intelectuales conservadores agrupados en torno al semanario de William F. Buckley The National Review. Reagan se convirtió en el estandarte de esta nueva forma de conservadurismo, más ideológico y audaz, menos tendente al pacto. Fue elegido y reelegido gobernador de California y se presentó a la nominación republicana de candidato a las presidenciales de 1976, que no consiguió al ser derrotado en la convención por Gerald Ford.

Cuando Reagan se convirtió en presidente cuatro años más tarde, el nuevo conservadurismo adoptó su rostro definitivo. En política exterior estuvo marcado por un inflexible anticomunismo. Se acabó la distensión de Nixon y Kissinger. Es conocido que Reagan llamó a la Unión Soviética el “centro del mal en el mundo moderno ”. En economía, el mensaje era: menos Estado, impuestos bajos, desregulación y la empresa privada como motor principal de la economía.

Fue en esos dos aspectos, política exterior y economía, en los que la generación de Reagan logró sus victorias más importantes. El comunismo acabó desintegrándose y el crecimiento económico, y con él la confianza de Estados Unidos en sí mismo, revivieron. Por lo que respecta a la lucha por los valores culturales, fue menos exitosa. Los partidarios de la vida frente al aborto, los valores familiares tradicionales contra el libertinismo de la cultura pop y la libertad moral atemperada por la responsabilidad libraron y siguen librando una batalla en la retaguardia.

Son muchas las cosas que Occidente debería agradecer a Reagan y otros políticos conservadores de los años 70 y 80 del siglo XX. Con todo, desde sus orígenes a finales de los años 50, cuando los jóvenes intelectuales y activistas en Estados Unidos dieron forma al nuevo conservadurismo, también hubo una evidente veta de extremismo en su mensaje.

Ya en el discurso de Reagan en apoyo de Goldwater de 1964 podía oírse una condena de cualquier clase de regulación empresarial de izquierdas como socialismo, equivalente al camino de servidumbre definido por Von Hayek. Reagan afirmó que los impuestos altos y la regulación llevaban necesariamente al totalitarismo. Esto es evidentemente falso y el mercado social de la Europa occidental y del norte son una refutación de estas enloquecidas afirmaciones. El mercado social, por supuesto, puede ser criticado desde la izquierda y la derecha, pero claramente no es una pendiente resbaladiza hacia el comunismo.

En su discurso de aceptación de 1964, Goldwater proclamó célebremente que el extremismo en defensa de la libertad no es ningún vicio y que la moderación en la defensa de la justicia no es ninguna virtud. Era una bonita llamada a las armas, pero como argumento era una falsa dicotomía. El extremismo tiene una desagradable tendencia a ensuciar cualquier idea que pretende respaldar.

Lo que puede disculparse a un político por simplificar y exagerar en un discurso político no debería perdonarse a periodistas e intelectuales. Pero muchos en el movimiento han utilizado un lenguaje ideológico extremo en lugar de uno más matizado y sobrio, propio de la reflexión. Demasiados se han visto como activistas en lugar de proveedores de análisis y deliberación. Una particular expresión de intelectual conservador desarrolló una mentalidad de asedio. Reinterpretó los medios de comunicación y la intelligentsia establecidos como irremediablemente izquierdistas y progresistas cuando —en los años 70 y 80— eran simplemente no ideológicos.

Es cierto que la gran mayoría de periodistas y profesores de esas décadas votaban a los demócratas, pero no eran izquierdistas ideológicos. En el caso de los medios de comunicación, todavía es cierto hoy (mientras tanto, las universidades se han movido radicalmente a la izquierda). Así, medios conservadores como The National Review, The American Spectator, The Weekly Standard, presentadores de programas de radio, el canal Fox News y blogueros conservadores se presentaban a sí mismos como si estuvieran luchando constantemente en un territorio hostil.

En 1994, los republicanos lograron el control de las dos cámaras del Congreso por primera vez en 40 años. Gingrich —líder de la “revolución republicana”— guió un nuevo estilo político marcado por el radicalismo. Para él y sus soldados, el gobierno federal ya no era un problema, sino un enemigo. Cada generación posterior de congresistas republicanos fue más radical, ideológica y estridente que la anterior. El partido del sonriente y optimista Reagan quedó prisionero de los radicales populistas del Tea Party, un movimiento que se formó en los primeros años de la presidencia de Barack Obama.

Para muchos en el movimiento, Obama no era solo un oponente, era un presidente ilegítimo nacido en el extranjero, musulmán o radical socialista, con el objetivo de destruir Estados Unidos. Especialmente en la Cámara, el Partido Republicano ha estado cada vez más influido por el Tea Party. La selección de Sarah Palin como candidata a vicepresidenta en 2008 señaló que el radicalismo estúpido estaba infectando el corazón del partido.

Una república  bananera

En 2012, un prominente birther (alguien que cuestionaba que Obama fuera un ciudadano natural y por lo tanto, según la Constitución, incapacitado para ser presidente) jugueteaba con la idea de presentarse a las elecciones. No era la primera vez. Con anterioridad había sido brevemente considerado, y rechazado, como candidato a la vicepresidencia republicana en 1988. Después, a principios de los 90, flirteó con el Partido Reformista. Su mensaje era siempre el mismo: Estados Unidos es un caso perdido, el mundo se aprovecha de él, está gobernado por líderes idiotas y lo que se necesita por encima de todo es un gestor fuerte y capaz de cerrar acuerdos. Se llamaba Donald Trump.

Como mostró interés en la Presidencia varias veces pero nunca se presentó, cuando hace un año anunció que esta vez lo haría nadie le tomó en serio. “Es un payaso“, “se autodestruirá“, muchos —incluido yo— dijeron. Otros especularon que en realidad no estaba interesado en ser presidente, sino en aumentar el valor comercial de su marca.

Pero Trump habló contra los inmigrantes ilegales, llamó a la mayoría de los que procedían de México delincuentes y violadores y prometió construir un muro en la frontera del sur. No importa lo ridículamente ignorante que sea la idea (la mayoría de inmigrantes ilegales llegan en avión y permanecen en el país una vez ha vencido su visado), prendió como un incendio. La clase media blanca, que se siente culturalmente presionada en una nación cada vez más diversa étnicamente, asqueada con lo que percibe como la corrección política sin principios de una élite corrupta y estrujada por la economía globalizada, oyó este mensaje y le gustó, o al menos sintió que en estos momentos es necesaria. En contra de los mitos de muchos comentaristas, el típico votante de Trump no es un obrero empobrecido o desempleado; es un hombre blanco que ha ido a la universidad cuya familia ingresa un poco más de 70.000 dólares al año.

En la convención, Trump se presentó como un político autoritario y partidario de la ley y el orden. Citó estadísticas de crecientes delitos violentos (las interpretó selectivamente), intentó explotar la tensión racial entre negros y policías blancos, jugó con los miedos, el resentimiento y el complejo de inferioridad. Hillary Clinton, la rival demócrata a la que Trump acusa de ser el diablo, es según él y otros republicanos una mentirosa y delincuente que debería estar en la cárcel. Fareed Zakaria, un prominente comentarista, escribió que Estados Unidos empieza a parecer una república bananera.

Las redes sociales

No es ningún secreto que Trump miente, distorsiona los hechos, exagera y ataca a la gente en términos personales

El auge de redes sociales como Twitter y Facebook es un arma potente en la revolución trumpiana. No es ningún secreto que Trump miente, distorsiona los hechos, exagera y ataca a la gente en términos personales, por lo cual es criticado con frecuencia por los medios. Es una medida de alienación del proceso político y el periodismo ortodoxo que a sus partidarios parece no importarles. Apoyan a Trump porque “dice las cosas como son”, creen.

En los medios sociales, cuando se ve arrinconado por los argumentos y los hechos, los seguidores de Trump tienden a desdeñarlo y a señalar que Trump es un “triunfador” y tú, el crítico, un “fracasado” resentido. En un mundo así, alimentado por redes sociales, los hechos y los argumentos no importan y la comunicación solo refuerza la pertenencia de uno a la tribu. Funciona como un ritual.

En consecuencia, Trump no tiene ningún programa político serio más allá de un puñado de eslóganes: el libre comercio es malo y debería eliminarse, las empresas que deslocalizan puestos de trabajo deberían ser castigadas, los 11 millones de inmigrantes ilegales deberían ser deportados y se construirá el muro. La seguridad y la confianza de los estadounidenses estarán garantizadas solo por este genio emprendedor, el propio Trump. Nos esperan tiempos interesantes.

Tomáš Klvana es novelista y profesor visitante de la New York University. Su libro El fenómeno Trump: cómo y por qué ha cambiado América se publicará en septiembre 

Traducción del inglés de Luisa Bonilla