20/6/2019
Análisis

Un aspirante a la Presidencia sin iniciativa

María Ramos - 26/08/2016 - Número 48
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Llevamos ya unos 250 días con un Gobierno en funciones y todo apunta a que en la primera sesión de investidura difícilmente se desbloqueará la situación. Tampoco parece probable que Rajoy consiga los apoyos necesarios dos días después en la segunda votación. Nos veremos abocados a seguir presenciando durante semanas continuas escenificaciones de los desencuentros entre partidos, a escuchar de nuevo líneas rojas de unos a otros y a revivir los reproches mutuos que ya hemos oído antes.

Estos desencuentros, estas líneas rojas y estos reproches son ya recurrentes y todo apunta a que con las elecciones autonómicas en Galicia y el País Vasco, a la vuelta de la esquina, no decaigan, sino que previsiblemente las tensiones se reavivarán. La situación es compleja por el número de partidos y la polarización ideológica, pero sobre todo porque a esa complejidad se sumará la incertidumbre electoral. En campaña llegar a compromisos entre partidos se hace mucho más difícil porque tenderán a destacar con vehemencia lo que les diferencia de sus competidores, y más aún si, como lleva pasando desde los últimos meses, persisten la volatilidad e incertidumbre entre los votantes.

Sin lugar a dudas la situación actual resulta anómala y desconcertante para muchos porque nunca antes en España se había tardado tanto en formar gobierno. Con todo, lo cierto es que puesta en su contexto la de España tampoco es una situación tan anómala. 250 días pueden parecer mucho (y sin duda lo son), pero no olvidemos que nuestros socios europeos llevan tiempo enfrentándose a problemas similares. En lugares como los Países Bajos, Austria, Suiza o Bélgica se tardan semanas, a veces meses, en formar un gabinete de gobierno y no por ello sus políticas o sus resultados institucionales son peores.

Nadie desea llegar al (poco honroso) récord de Bélgica en 2011, que tardó 541 días en formar un gabinete. Pero lo que sí deberían aprender en España algunos aspirantes a encabezar gobiernos es a modificar sus planteamientos ante los pactos. A lo largo de los meses de crisis y bloqueo político de Bélgica entre 2010 y 2011, Elio di Rupo, el socialista valón que acabó encabezando el gobierno, escuchó a todos los partidos a uno y otro lado del espectro ideológico y lingüístico. Y eso que el contexto belga es incluso más complicado que el español: allí a la polarización ideológica clásica se suma la fractura lingüística y cultural de valones y flamencos, y el número efectivo de partidos lleva décadas siendo mayor.

No puedes pretender que otros te apoyen sin escucharles ni pensar solo si las urnas penalizarán el pacto

Pero más allá de las diferencias, y al margen del ya de por sí anómalo caso belga, lo que tienen claro otros líderes europeos es que negociar no es decirle a tus adversarios que si no aceptan tu paquete de medidas te levantas de la mesa de negociación. No se puede pretender que otros te apoyen si ni siquiera escuchas a tu interlocutor y estar solo pendiente de cómo un acuerdo sería penalizado en las urnas. Para llegar a acuerdos, para pactar, es fundamental buscar soluciones de compromiso. Soluciones de compromiso que supongan que quizá a lo largo de la ronda de negociaciones adoptes puntos del contrario e incluso que modifiques elementos de tu programa que al principio considerabas absolutamente irrenunciables.

Pedro Sánchez y Albert Rivera difieren bastante en sus programas, en sus políticas y en su modelo de país, pero fueron capaces de presentar un programa de gobierno conjunto y se mostraron abiertos a escuchar a otros interlocutores para sumar acuerdos. El modelo contrario es el de Pablo Iglesias, pero sobre todo el de Mariano Rajoy. Es verdad que Iglesias no fue demasiado receptivo a la hora de concitar acuerdos, pero no es menos cierto que tras el 20-D y, mucho menos tras el 26-J, Podemos no estaba en posición de liderar un proceso de formación de gobierno.

Algo de responsabilidad se puede exigir en el bloque alternativo al PP por no haber sabido llegar a acuerdos en lo social dejando de lado la cuestión soberanista. Pero pese a lo que escuchemos estos días en el Congreso, es sobre Rajoy sobre quien recae la mayor responsabilidad de que a día de hoy España esté sin gobierno. No olvidemos que fue él quien declinó en enero (¡en enero!) la propuesta del rey a ir a una primera investidura.

Rajoy debería aprender del irlande´s Kenny, que pasó semanas negociando e incorporando propuestas

Poco tiene que ver Rajoy con Elio di Rupo, el socialista belga conocido por su característica pajarita, sus políticas progresistas y su abierta homosexualidad. Pero con quien sí tiene muchos puntos en común, y de quien quizá debería aprender Rajoy, es con el irlandés Enda Kenny. El también líder conservador pasó de gobernar con holgura a verse obligado a gobernar en minoría tras una legislatura de políticas impopulares. La diferencia es que para gobernar de nuevo pasó semanas negociando con distintos partidos y candidatos independientes, incorporando parcialmente sus propuestas y sobre todo, asumiendo con entereza varias investiduras fallidas.

Rajoy y De Guindos dirán estas semanas que son “los otros” los responsables de que no haya nuevos Presupuestos y de las sanciones que pueden venir desde Europa. Pero fue Rajoy quien no aceptó la responsabilidad en enero, cuando aún había mucho tiempo para tomar la iniciativa y buscar compromisos.