18/11/2019
Opinión

23-F: el golpe y la falta de uniformidad

La heterogeneidad de la indumentaria de los asaltantes delataba la debilidad de la intentona de 1981

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23-F: el golpe y la falta de uniformidad
Llegados al 35 aniversario del 23-F recordemos que aquel lunes por la tarde se estaba sometiendo a segunda votación la investidura de Leopoldo Calvo-Sotelo, candidato de UCD a la Presidencia del Gobierno, propuesto por esa formación política como reemplazo al dimitido Adolfo Suárez. El sábado anterior, día 21, había logrado 169 escaños. Es decir, le habían faltado siete para la mayoría absoluta cifrada en 176, que es la requerida en el primer intento, a tenor del apartado 3 del artículo 99 de la Constitución. En esta segunda que se estaba celebrando bastaba la mayoría simple, garantizada sin duda alguna. Había de verificarse 48 horas después de la primera, conforme a la misma disposición citada y también de forma pública y por llamamiento. En ello se empleaba el secretario primero de la Mesa, Víctor Carrascal, quien había ido nombrando a los diputados para que respondieran sí, no o abstención o tomar nota de su ausencia.

Aquel 23 de febrero de 1981 el llamamiento se estaba realizando, conforme al artículo 86 del reglamento del Congreso, por orden alfabético de primer apellido y había comenzado por el diputado Antonio García Miralles, porque así lo determinó la suerte dispuestos como ya estábamos a evitar ventajas nominativas. Se llevaban registrados 43 síes, 31 noes, cuatro abstenciones y dos ausentes. Sobre las 18:20 horas votaba no el socialista Manuel Núñez Encabo, que hacía el número 80, cuando, pistola en mano, irrumpió en el salón de sesiones el teniente coronel Antonio Tejero secundado por guardias civiles que empuñaban armas largas. Lo hicieron empujando una de las puertas batientes del hemiciclo, la que queda a la derecha del presidente. A los gritos de “¡al suelo!”, “¡todos quietos!” quedaba interrumpida la sesión. Se contravenía así lo dispuesto en el artículo 80 del reglamento según el cual “las votaciones no podrán interrumpirse por causa alguna”. Lástima que nadie de la Presidencia tuviera reflejos de parar el golpe advirtiendo al teniente coronel y a sus hombres de que estaban contraviniendo el reglamento. Siguió gran desconcierto porque no había costumbre, como hubiera apuntado Julio Cerón.

En los primeros momentos los asaltantes intentaban inocular miedo a los diputados circunstantes para obtener su docilidad. Por eso hicieron uso inmediato de sus armas con disparos a la cúpula del hemiciclo. El estruendo produjo el efecto de que obedecieran el grito de “¡al suelo!, ¡al suelo!” con que les intimidaba Tejero, y guardaran un silencio total. Solo quedaron sentados en sus escaños Adolfo Suárez y Santiago Carrillo, y en pie, con los brazos en jarras, impasible el ademán, el general cuyos oídos estaban hechos a las descargas de la artillería, que era su arma de origen. Sentado en el banco azul a la derecha de Adolfo Suárez, era aún vicepresidente primero del gobierno para asuntos de defensa y seguridad. Sintiéndose desafiado, se levantó del escaño para imponer su autoridad y reducir a Tejero.

A partir de esos signos, Gutiérrez Mellado vaticinó una dudosa disciplina si los planes del asalto se alargaban

La heterogeneidad de los uniformes de los asaltantes saltaba a la vista, pero solo el teniente general Manuel Gutiérrez Mellado, quien además de mirar entendía con los ojos, procedió a descodificar el significado del desbarajuste indumentario y la debilidad que traslucía. Porque una indumentaria variopinta, heterogénea, desconcertante delataba un reclutamiento improvisado para una ocasión sobrevenida. Algunos guardias iban con la bota alta de la Agrupación de Tráfico; otros, con bota campera de las unidades rurales; otros, con zapato y calcetín negro reservado para el servicio en las ciudades. En cuanto a la prenda de cabeza, unos iban con tricornio; otros, con boina propia de las Unidades de Intervención Inmediata y de los GAR; otros, con gorra de visera. Unos iban con guerrera y correaje; otros, con anorak. Aquello parecía la pasarela de los uniformes en un almacén de intendencia.

En favor de la importancia de la uniformidad pueden aducirse valiosos testimonios de autoridad. Véanse las palabras que Almudena Grandes en su novela Inés y la alegría ponía en boca del jefe de la unidad que el 2 de julio de 1944 haría su entrada en el Valle de Arán con el propósito de iniciar la guerra de vuelta, la que recuperaría para la Segunda República el territorio perdido de todas sus derrotas. Escribe que formados en la plaza de un pueblo de Haute Garonne el que estaba al mando les decía “nuestro camino no termina en París. Nosotros no somos soldados de fortuna. No somos mercenarios, no somos forajidos, no somos bandoleros ni salteadores de caminos. ¡Nosotros seguimos siendo el Ejército de la República Española! Mañana vamos a salir de este pueblo desfilando como lo que somos y a partir de este momento, no quiero ver a un solo soldado sucio, despeinado o sin afeitar. No quiero ver un solo botón descosido, ni un tirante suelto, ni una bota con los cordones al aire. Al que no tenga un aspecto digno de sí mismo y de sus compañeros, lo arrestaré”. Más rotundo aún es Rafael Sánchez Ferlosio en la tribuna La moral ecuménica y el código de los caballeros (véase Ensayos y artículos, Destino, 1992) cuando describe cómo el ropero militar ha pasado de la máxima gala, ornato, vistosidad y ostentación a la total inapariencia, a la mínima visibilidad, a la más ascética y excluyente de las funcionalidades.
  
En nuestro caso, el torpe aliño indumentario de los guardias civiles indicaba que en vez de formar parte de una unidad orgánica, en cuyo caso habrían ido con el uniforme reglamentario correspondiente, eran una mera agregación circunstancial  improvisada sobre la marcha. Los asaltantes ni eran de la Academia de Cabos de Guadarrama, ni del Colegio de Guardias Jóvenes de Valdemoro, ni de los GAR, ni de Tráfico. Los asaltantes llevaban todos armas largas, pero la falta de uniformidad marcaba una diferencia abismal en términos de encuadramiento: la que existe entre una unidad orgánica y una mera suma aleatoria integrada por elementos de muy distinta procedencia. El general Gutiérrez Mellado, a partir de estos signos visibles, vaticinó un comportamiento dudoso en el plano de la disciplina en el caso de que los planes del asalto en vez de cumplirse de modo fulminante encontraran resistencias imprevistas de alguna duración.

El pronóstico de las dudas surgía del déficit de encuadramiento que aflora cuando el mando se confía a unos oficiales y suboficiales superpuestos a unos efectivos ante los cuales solo pueden mostrar las estrellas o los galones de la bocamanga, sin ascendiente alguno ni rastro de esa autoridad indiscutida que solo llegan a ganarse los mandos naturales de una determinada unidad. Ese carácter extemporáneo de quienes estaban al mando dejaba abolida la expresión interiorizada de la disciplina, la que se sintetiza en el recurso a la primera persona del singular del pronombre posesivo por parte de quienes han de obedecer cuando se refieren a sus superiores. Por eso dicen mi cabo, mi sargento, mi brigada, mi teniente, mi capitán. Pero un mando sobrevenido por sorpresa, que no haya compartido las tareas, el rancho y las adversidades, es difícil que consiga activar la obediencia debida como un resorte mecánico.

Aceptemos que la opacidad, la oscuridad y el secreto levantan atractivos que nunca suscita la transparencia

Los participantes en el asalto en el transcurso de los minutos iniciales iban poniendo en contraste la arenga que les había dirigido Tejero para subirlos a los autobuses con la visión de aquellos diputados inermes a los que amenazaban con sus armas. Uno de los guardias llegado a la tribuna de prensa  empezó a gritar a sus compañeros: “¡Subid alguno, que estoy solo!”. Allí, tras la deserción mayoritaria hacia el bar de quienes ninguna sorpresa esperaban de la votación iniciada, apenas resistían una docena de periodistas. Gente como Pilar Urbano, Pedro Calvo Hernando, Víctor Márquez Reviriego, Pilar Narvión, Julia Navarro, Susana Olmo o Rafael Luis Díaz de la Cadena SER, quien dejó abierta la señal de audio para que funcionara como micrófono ambiente sin insertar comentario alguno que infundiera sospechas. También estaba el operador de la cámara de Televisión Española, agachado como todos a los gritos de “¡todos al suelo!”, que abandonó la cámara enfocada al centro del hemiciclo. El guardia ignoraba la función decisiva que continuaba prestando porque, desatendida por su operador, seguía captando las imágenes. Hasta que, nervioso, asestó un culatazo al visor sin más efecto que el de desviar el tiro de cámara, de modo que dejó de enfocar la cabecera del banco azul y la tribuna de oradores, es decir, el área donde se centraban los acontecimientos.

Subrayemos, en todo caso, la importancia de la memoria y del entendimiento de los periodistas, dos facultades que les hacen reconocer personajes ignorados por el común que de otra forma pasarían inadvertidos. Y aceptemos que la opacidad, la oscuridad y el secreto levantan atractivos que nunca suscitará la  transparencia. Así sucedió durante aquellas horas inciertas del 23 de febrero de 1981 cuando el candidato a investir, el gobierno en funciones y los diputados permanecieron secuestrados por unos golpistas faltos incluso de la debida uniformidad.

Una primera versión de este trabajo apareció en el volumen La transparencia engaña (Biblioteca Nueva, 2015), que compendia las ponencias del seminario “¿Transparencia?” celebrado en los cursos de verano de la Universidad Complutense