18/11/2019
Análisis

Armas nucleares: ¿reliquias del pasado o pesadillas del futuro?

En contra de la doctrina de la destrucción mutua asegurada, cobra fuerza una corriente de opinión que considera que pueden proporcionar la victoria en combate

Armas nucleares: ¿reliquias del pasado o pesadillas del futuro?
Oficiales junto al crucero lanzamisiles Pedro el Grande, buque insignia de la Flota del Norte de Rusia. ALEXANDER NEMENOV / AFP / Getty
Es, con diferencia, la mayor amenaza que pende sobre nuestras cabezas. El poder destructivo de los arsenales con los que cuentan los nueve países nucleares es de tal calibre que su materialización extinguiría la vida humana en el planeta. Pero es también la más improbable, como lo demuestra el hecho de que, con la trágica excepción de Hiroshima y Nagasaki en 1945, nunca se hayan utilizado en las innumerables guerras que ha habido desde aquellos días. Eso ha hecho que, por un lado, tras el final de la guerra fría sean cada vez más sólidos los argumentos que insisten en su irrelevancia en términos de disuasión real y demandan, en consecuencia, su eliminación. Pero también son cada vez más los ejemplos, derivados de la más pura real politik, que muestran el afán de un creciente número de actores por hacerse con ellas o por modernizar sus arsenales.

Dinámica antinuclear en alza

La postura antinuclear se basa tanto en consideraciones éticas como económicas y estratégicas. Entre las primeras destaca el rechazo a unas armas cuyo uso supondría un ataque indiscriminado contra población civil indefensa, tal como sostuvo en 1996 el Dictamen de la Corte Internacional de Justicia de la Haya al denunciar las brutales consecuencias humanitarias de una guerra nuclear. Junto a ellas ya son tradicionales las que plantean el debate en términos de “cañones o mantequilla”, destacando el elevadísimo coste de oportunidad en el que se incurre al crear y mantener un arsenal que nunca se va a utilizar realmente, mientras se dejan sin atender necesidades sociales que, en el fondo, alimentan procesos que con demasiada frecuencia estallan violentamente. Por último, resulta poco creíble que puedan disuadir a grupos terroristas que ni representan a una población ni disponen de un territorio sobre el que ejercer una represalia.

Dado que Washington y Moscú acumulan prácticamente el 95% de todas las cabezas nucleares existentes, son ellos los principales referentes en cualquier intento por librar al mundo de esa carga. En el planeta existen ya cinco zonas libres de dichas armas —mientras se retrasa sine die la creación de una en Oriente Medio—, pero nada apunta a que ninguno de los citados, más Pekín, París y Londres, estén dispuestos a renunciar a un activo que como mínimo les garantiza, en función de unas reglas de juego anacrónicas, privilegios negados a los demás.

Existen en el mundo unas 16.300 cabezas nucleares localizadas en 98 instalaciones ubicadas en 14 países

La experiencia acumulada lleva a la conclusión de que el entramado de acuerdos y planes de reducción es insuficiente para que, a medio plazo, se materialice el sueño que Barack Obama expresó en su famoso discurso de Praga, en abril de 2009. El Tratado de No Proliferación (TNP) ha logrado al menos aprobar, en 1995, su vigencia indefinida y, junto a la Agencia Internacional de la Energía Atómica (AIEA), ha impedido que hoy existan las 24 potencias nucleares que se pronosticaban hace 40 años. Pero ni ha conseguido que las cinco potencias nucleares reconocidas como tales (Estados Unidos, Rusia, China, Gran Bretaña y Francia) hayan cumplido plenamente con el artículo VI, que demanda su desarme, ni ha logrado que Pakistán, India o Israel se sometan a sus estipulaciones, ni pudo evitar que Corea del Norte realizara su primera prueba nuclear en 2006.

Tampoco el régimen internacional de control de tecnología de misiles (MTCR, establecido en 1987 y con 34 países comprometidos) ha frenado la proliferación de misiles crucero y de drones armados que fácilmente pueden derivar en misiles, aunque haya ralentizado el acceso de algunos países a misiles balísticos de largo alcance. Lo mismo cabe decir del tratado que pretende prohibir todos los ensayos nucleares (CTBT, aprobado en 1996 y ya con 183 países comprometidos), dado que todavía no ha entrado en vigor al faltar la firma de países como China, Corea del Norte, Egipto, Estados Unidos, India, Irán, Israel y Pakistán. En ese capítulo entran igualmente los sucesivos tratados bilaterales que han firmado Moscú y Washington, contando con que, por un lado, ambos parecen dispuestos a cumplir el compromiso establecido en el Nuevo START (que les impone reducir sus armas estratégicas hasta un máximo de 1.550 para antes de febrero de 2018) mientras, por otro, se suceden los anuncios de planes de modernización de sus respectivas triadas y el INF (firmado en 1987 para eliminar las armas de alcance intermedio) está en peligro de desactivación por los incumplimientos de ambos (Rusia con el misil crucero R-500 y EE.UU. con el despliegue de drones armados y de sistemas lanzamisiles MK41). Por otra parte, los otros tres poderes nucleares nunca han mostrado interés por ese tipo de acuerdos.

A este esfuerzo por librar al mundo de una permanente espada de Damocles se suman iniciativas como la Campaña Internacional para la Abolición de las Armas Nucleares —que en su última reunión en Viena convocó a representantes de 158 países— y el movimiento Global Zero —que desde 2008 reclama un acuerdo de prohibición total para 2030—. Ambas han cobrado impulso a partir del impacto producido por el artículo publicado conjuntamente en 2007 por personajes tan significativos como Henry Kissinger, George Shultz, William Perry y Sam Nunn, planteando la obsolescencia de las armas nucleares como elementos de disuasión y proponiendo una cumbre de las cinco potencias nucleares, junto a otros actores relevantes en ese campo, para acordar la eliminación completa de los arsenales y programas existentes.

Corriente pronuclear en auge

Según las estimaciones más recientes, existen unas 16.300 cabezas nucleares localizadas en 98 instalaciones ubicadas en 14 países. Entretanto, hay 25 países que cuentan con suficiente material nuclear para fabricar una bomba. Los ejemplos de Pakistán e India, pero más aún el de Corea del Norte, muestran bien a las claras que esa opción no depende tanto del nivel de desarrollo económico de un país como de la voluntad decidida de sus gobernantes para embarcarse en el proceso, aunque eso pueda tener un alto coste internacional (al violar el TNP) e interno para su propia población.

Entre las motivaciones que pueden llevar a un país a hacerse con esos ingenios se suele destacar su capacidad de disuasión máxima frente a cualquier enemigo. Entendidas en general como armas de último recurso (aunque no fue así como Washington actuó al final de la Segunda Guerra Mundial), se supone que sirven para frenar en última instancia a quien quiera poner en peligro los intereses vitales de su poseedor. Fue la OTAN quien recurrió a ese planteamiento antes que nadie, con su estrategia de “represalia masiva”, buscando disuadir a Moscú de que aprovechara su superioridad convencional, una vez derrotado el régimen nazi, para invadir y dominar Europa occidental, lo que le aseguraría la hegemonía mundial.

Desde entonces, en paralelo al desarrollo francés de su peculiar estrategia nuclear de tous azimut (el arsenal británico apenas es un apéndice del estadounidense), los europeos occidentales vivimos bajo la cobertura nuclear estadounidense. Una cobertura que, aún hoy, determina que EE.UU. sea el único país que despliega armas nucleares tácticas (bombas de gravitación B-61) fuera de su territorio, en bases aéreas de Alemania, Bélgica, Italia, Países Bajos y Turquía. Una Europa, por tanto, que en el ámbito internacional sigue aún hoy asumiendo su minoría de edad al estar subordinada al dictado de un garante externo que, obviamente, persigue sus propios intereses.

Adicionalmente, el recurso al arma nuclear también adquiere sentido para regímenes —como el norcoreano o el iraní— que pretenden garantizar su supervivencia a toda costa, advertidos de que hay un generalizado interés por provocar su caída. Lo mismo cabría decir de Israel que, pese al notorio respaldo estadounidense, ha optado por entrar en ese exclusivo club nuclear (al margen del TNP y sin confirmación oficial) para contar con su propia capacidad disuasoria de último recurso frente a unos vecinos que percibe como permanentemente agresivos. Por último, como bien saben los gobernantes franceses (en la práctica) e iraníes (en sueños), el arma nuclear proporciona un mayor peso internacional, muy útil para defender los intereses propios, para evitar imposiciones indeseables o para aspirar al liderazgo regional.

Las principales potencias estiman que la modernización es el único camino hacia la reducción de arsenales

Todo lo anterior determina que, aunque no suelen plantear en público sus posiciones, los defensores de la opción nuclear cobren renovada fuerza en la actualidad. En ese poderoso círculo de opinión confluyen tanto los intereses de las industrias de defensa como los de funcionarios civiles y militares que defienden sus propios intereses corporativos, hasta el punto de que hoy pesa más el factor económico e industrial que el estratégico a la hora de tomar decisiones en este terreno. Tanto unos como otros defienden ante los respectivos gobiernos que las armas nucleares siguen siendo imprescindibles como elementos de disuasión y, cada vez más abiertamente, como armas de combate. Esto último, en función de los avances tecnológicos aplicados a este campo, va adquiriendo fuerza de manera muy acelerada al imaginar que, en contra del presupuesto básico de la destrucción mutua asegurada, las armas nucleares pueden proporcionar la victoria. Si finalmente esa tendencia se impone, no solo estarán en peligro los frenos aplicados hasta ahora, sino que es fácil pronosticar una aceleración del desarrollo tecnológico aplicado a este campo para proporcionar a los decisores políticos una amplia gama de opciones ofensivas, al tiempo que vayan tomando cuerpo escudos antimisiles que hagan supuestamente invulnerable al atacante.

En favor de esta corriente no solo cabe incluir a Moscú —esforzándose en modernizar su anticuado arsenal estratégico con los RS-24 y SS-27, los submarinos de la clase Borei y los SLBM Bulava— sino también a Washington. Obama solo logró convencer a un Congreso mayoritariamente republicano de la ratificación del Nuevo START a cambio de aprobar un ambicioso programa de modernización que se acaba de concretar con ocasión de la IV Cumbre de Seguridad Nuclear a principios de este mismo mes, estimado en unos 880.000 millones de euros para las próximas tres décadas. Para salvar la paradoja que supone una propuesta de este tipo en boca del premio nobel de la Paz, se insiste en que, mientras existan, EE.UU. tendrá un arsenal creíble y que la modernización es el camino obligado hacia la reducción, un argumento que anima también a chinos y británicos en la misma dirección.

Coda final

Un mundo sin armas nucleares no está a la vuelta de la esquina. Ninguno de los nueve países nucleares desea actualmente que se den pasos decididos en esa dirección y no son pocos los que se sienten tentados de seguir la misma senda. Entre los primeros las reducciones realizadas en estos últimos años responden más a dificultades económicas y ya son visibles nuevamente los esfuerzos por asignar crecientes presupuestos a la modernización de los arsenales. Entre los demás, la iniciativa de Obama, con las cuatro Cumbres de Seguridad Nuclear celebradas hasta ahora, ya ha mostrado sus limitaciones. Es cierto que ha logrado que 13 países hayan eliminado todo su material nuclear y que otros 13 lo hayan hecho parcialmente, pero también lo es que el TNP presenta fisuras importantes, mientras sigue pendiente la aprobación unánime del Protocolo Adicional de 1997, que permitiría inspecciones más intrusivas de la AIEA.

El fantasma del terrorismo nuclear sigue siendo, sobre todo, un fantasma. Más allá del alarmismo que rodea al asunto, está fuera del alcance de cualquier organización terrorista desarrollar por sí misma un ingenio nuclear. Tampoco es razonable imaginar que un Estado nuclear vaya a entregar una de esas armas a un grupo terrorista, sabiendo que no podrá controlarlo en su totalidad y que, además, se arriesga a una represalia directa dado que se detecta de forma inmediata de qué laboratorio procede el material empleado. Por último, el uso de una “bomba nuclear sucia” (explosivo convencional con material radiactivo), aunque posible, no supone en ningún caso un efecto tan mortífero como a menudo se menciona de manera sensacionalista.

La reducción de arsenales potenciará la amenaza. Cuanto menor sea el número de armas nucleares existentes mayor importancia tendrán los sistemas de verificación, dado que cualquier ocultación exitosa de material operativo supondría una ventaja decisiva en el balance de fuerzas que hasta hoy ha permitido mantener el equilibrio del terror. Sin garantías de transparencia absoluta, ninguna potencia nuclear querrá deshacerse de sus arsenales por temor a quedar indefensa.