19/6/2019
Cine

Bárcenas declara ante el juez Ruz

La película es un documento de registro que produce perplejidad

AHORA / Aloma Rodríguez - 09/10/2015 - Número 4
  • A
  • a

El 15 de julio de 2013 Luis Bárcenas declaró por segunda vez ante el juez Pablo Ruz en la Audiencia Nacional y admitió que la documentación que había ido apareciendo en El País y El Mundo era cierta. Cambiaba así su estrategia de defensa y daba validez a los papeles que probaban que durante años el Partido Popular había mantenido una contabilidad en negro en la que constaban sobresueldos a altos cargos del partido y entradas de dinero como donativos de empresas de construcción. En su declaración, Bárcenas implicaba a  Mariano Rajoy, Mª Dolores de Cospedal, Francisco Álvarez Cascos, Javier Arenas, Rodrigo Rato o Ángel Acebes y también a grandes empresarios, como Juan Miguel Villar Mir, de OHL, o Luis del Rivero, de Sacyr Vallehermoso. 

En mayo de 2014, Alberto San Juan convirtió esa declaración en obra de teatro, con dramaturgia de Jordi Casanovas. La pieza trasladaba fielmente las palabras de Bárcenas, no añadía nada. David Ilundain ha llevado esa misma declaración al cine en B. Cuenta con los mismos actores, Pedro Casablanc como Luis Bárcenas y Manolo Solo en el papel del juez Ruz. La cinta, basada en la obra de teatro, también respeta el auto de declaración, y ese es uno de sus valores: resume y recoge el engaño y la estafa cometidos durante años, de manera sistemática, por el partido en el Gobierno que llega hasta el propio presidente del Ejecutivo. 

La película, que se estrenó el 18 de septiembre, es absolutamente fiel al auto que condensa en 70 minutos. Casablanc y Solo están espectaculares en sus respectivos papeles: sobrios, discretos, sin estridencias. Manolo Solo —que estaba espléndido en La herida, de Fernando Franco— insinúa apenas el desconcierto de su personaje ante el cambio de estrategia de Bárcenas y la aportación de nueva documentación. Casablanc
 —cuya interpretación ha sido alabada incluso por el hijo de Bárcenas— deja que el temor y la conciencia de la gravedad de las declaraciones aparezca de vez en cuando, de manera sutil, sugiriendo que Bárcenas, aunque sea un cínico, también es humano. 

Sobre ellos descansa el peso de la película, que soportan con una solidez y una solvencia admirables. La apuesta es arriesgada: todo sucede en una sala pequeña y fea, los personajes visten aburridos trajes grises o azules y el diálogo incluye datos en pesetas y euros, cifras y nombres de empresarios. Apenas hay momentos de respiro y no hay casi nada superfluo. Hay pequeños detalles que funcionan como pinceladas que indican la complejidad de los personajes: antes de comenzar la declaración, los abogados de Bárcenas le entregan la alianza y la corbata, y al finalizar los policías que lo llevan de vuelta a la prisión de Soto del Real le piden la corbata, que se quita además del anillo. Los personajes están construidos sobre esos pequeños detalles: el juez Ruz secándose el sudor o los letrados presentes en la sala comentando perplejos las revelaciones del extesorero. 

B es un caso raro: no es un documental, pero pretende registrar la realidad. Ahí reside una de sus virtudes: aunque el caso Bárcenas, separata del caso Gürtel, es de sobra conocido y se ha leído y escrito mucho sobre el tema, la declaración produce perplejidad, sobre todo por la falta de consecuencias y de respuestas, incluso de los propios implicados. La película se cierra con Mariano Rajoy en el Congreso de los Diputados, en su única comparecencia para hablar del caso Bárcenas, en la que se escudó diciendo que se había equivocado al depositar su confianza en él. 

La película presenta otra rareza: recrea un hecho de una importancia que se supone extraordinaria cuyas consecuencias aún no se saben. No solo el juicio ni siquiera ha empezado, también está por ver si tendrá coste electoral para Mariano Rajoy. 

El cine político es un género que cuenta con obras ejemplares como Z (1969), de Costa-Gavras, escrita por Jorge Semprún y basada en la novela de Vassilis Vassilikos, sobre el asesinato del demócrata Grigoris Lambrakis en 1963. La película del griego tiene una advertencia en los créditos iniciales que bien podría valer para la de Ilundain: “Cualquier parecido con hechos reales, y personas vivas o muertas, no es accidental. Es intencionado”. 

B

David Ilundain

Con Pedro Casablanc y Manolo Solo

Bolo Audiovisual, 2015.