7/12/2019
Ideas

Bienvenidos a la vida digital

Los avances científicos y tecnológicos producen nuevos objetos, pero también afectan a la identidad social

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Bienvenidos a la vida digital
Mikel Casal
Los grandes temas crean sus propios lugares comunes. Así, se va convirtiendo en una costumbre empezar la reflexión sobre las transformaciones del individuo en la era digital invocando a la Virginia Woolf que identificó, allá por 1910, un cambio en el carácter humano. Y lo habría hecho por la misma razón por la que, ahora, nos parece que estamos cambiando: debido a una formidable innovación técnica de hondas consecuencias culturales y, por tanto, perceptivas. En aquella ocasión, el cine; ahora, las nuevas tecnologías de la información. 

La ciencia y la tecnología no se limitan a producir objetos, sino también valores, modos de existencia, costumbres. Pensemos en el vínculo entre automoción y abandono del campo; pensemos en los “fármacos de estilo de vida”, como Prozac o Viagra; pensemos en una digitalización acelerada desde la aparición de los smartphones. Van pasando los años y son ya abundantes los ejemplares de nuestra especie que no pueden recordar una existencia desconectada. Y nos hemos adaptado a esta nueva tecnología gradualmente, con mayores o menores dificultades según los casos, pero sin percatarnos del todo de las transformaciones que hemos sufrido por el camino. O sea, del cambio de carácter que diferencia al sujeto analógico del sujeto digitalizado.

Percepción de la realidad

Pero ¿en qué ha cambiado nuestra forma de percibir la realidad? ¿Nos relacionamos de otra manera con nuestra interioridad y con los demás? ¿Se han alterado nuestras experiencias del tiempo, el espacio, la distancia? ¿Qué consecuencias tiene para nuestra vida cotidiana la permanente atención a una dimensión virtual que todo lo desdobla? ¿Hemos perdido la posibilidad de aburrirnos o el tedio adopta nuevas formas por debajo de la efervescencia incesante de la red? ¿Representa la imposibilidad de perdernos por efecto de la geolocalización una pérdida experiencial de la que debamos preocuparnos? ¿Y qué hay de la soledad? ¿Puede la memoria cumplir su función selectiva cuando dejamos registro de la mayor parte de nuestras acciones? Más aún, ¿es una personalidad volcada hacia el exterior una auténtica personalidad o apenas una performance ininterrumpida que solo encuentra sentido en la mirada de los demás? 
Son preguntas de orden fenomenológico que remiten a la experiencia personal del individuo digitalizado, a su vivencia particular, pero compartida con muchos otros, de la conectividad. Responderlas exhaustivamente equivale  a desarrollar una poética del espacio digital parecida a la desarrollada por el filósofo francés Gaston Bachelard en relación con el espacio arquitectónico. Nos limitaremos aquí, con ayuda de la literatura reciente, a esbozarla.

Algunas de las novedades son solo la continuidad, bajo formas inéditas, de viejos fenómenos

Irónicamente, aunque la mayoría de los usuarios vive la experiencia digital sin traumas, es frecuente encontrar reacciones pesimistas, si no alarmistas, en el lado de los comentaristas. Howard Gardner y Katie Davies, profesores de Educación, en The App Generation (Cloth, 2013) hablan de una “generación app” que concibe el mundo como un ensamblaje de aplicaciones digitales y se muestra incapaz de generar recursos por sí misma: inválidos sobrevenidos. Sus afirmaciones carecen de un fundamento empírico claro, pero apuntan hacia un tecnopesimismo que encuentra eco en pensadores como Evgeny Morozov (feroz crítico del solucionismo californiano) o Nicholas
Carr (para quien internet está cambiando el cableado cerebral, afirmación que ningún neurólogo parece dispuesto a confirmar). 

Lo mismo puede decirse de escritores que, como Jonathan Franzen, abjuran de la nueva gran bestia tecnológica llamada a arruinar por enésima vez la esencia del ser humano. En gran medida se trata de una reacción defensiva que trata de proteger de la agresión digital al protagonista modélico de la tradición humanista occidental, o lo que entendemos como tal: el sujeto que, volcado hacia su interior, mantiene una conversación consigo mismo o con sus dioses, inserto en comunidades de sentido y afecto de contornos bien precisos. Es un humanismo enamorado de su propia imagen ideal, por más que esta no se corresponda con una realidad donde la vida social y las emociones han jugado un papel tan decisivo como la racionalidad solitaria. Y donde el romanticismo, con su lenguaje de autenticidad y pureza, tiene un papel destacado.

Una constante histórica

Pero el alarmismo es una obstinada costumbre de la razón. O de la sinrazón, si entendemos por esta la resistencia al análisis matizado de las novedades. Precisamente eso pretende hacer un puñado de libros que tratan de discernir qué hay de novedoso en las nuevas tecnologías digitales o en sus efectos. Solo así será posible calibrar la magnitud de los cambios que traen consigo. Para empezar, algunas de esas aparentes novedades son más bien la continuidad, bajo formas inéditas, de viejos fenómenos.

Los usuarios viven la experiencia digital sin traumas, pero hay reacciones negativas entre los analistas

¿Acaso difiere mucho el seductor que emplea frenéticamente Whatsapp o los mensajes directos en Twitter de aquel vizconde de Valmont que, en Las amistades peligrosas (1782) de Pierre Choderlos Laclos, enviaba notas durante todo el día a la joven madame de Tourvel? En Writing on the Wall: Social Media-The First 2.000 Years (Bloomsbury, 2013) el periodista británico Tom Standage recuerda también con qué intensidad intercambiaba Cicerón cartas con sus amigos en una Roma cuyos muros, por cierto, ya estaban decorados con grafitis. Siempre ha habido redes sociales, sugiere Standage: la novedad es la forma que adoptan las contemporáneas. Algo que no debería sorprendernos, por cuanto la comunicación intersubjetiva es un rasgo definitorio de la especie y el refinamiento de sus instrumentos una constante histórica. 

Análogamente, la investigadora Danah Boyd ha estudiado el uso adolescente de las redes sociales para tratar de elucidar si es tan patológico como suele parecer. En It’s Complicated: The Social Lives of Networked Teens (Yale University Press, 2014), adecuado título que juega con uno de los estados que pueden elegirse en Facebook para definir la situación sentimental propia, Boyd afirma que no hay nada de lo que preocuparse. Los adolescentes a quienes ha entrevistado a lo largo de una década han encontrado en las redes sociales un nuevo instrumento para relacionarse entre sí y esconderse de sus padres, desarrollando una singular aptitud para emplear distintos lenguajes en diversas plataformas, según el diferente nivel de privacidad o los rasgos temáticos de cada una. Pero nada hay de nuevo en el acoso escolar, por ejemplo: es solo que su visibilidad es ahora mayor.
 

La exposición digital permanente ha llevado a los psicólogos sociales a hablar de un nuevo tipo de intimidad 

Si hay alguna clase de adicción, sugiere Boyd, se debe a que el instituto es aburrido. Las redes sociales constituyen un espacio privilegiado para entretenerse a través del drama, que define como un conflicto interpersonal escenificado delante de un público interesado: Juan sale con Ana después de haber engañado a Rosa, que a su vez mintió a Pedro sin confiárselo a Julia. Pero sabemos, desde que lo explicó el sociólogo Ervin Goffman, que la vida —al menos la vida moderna— exige de nosotros un permanente ejercicio de dramatización, una interpretación de distintos roles (hijos, novios, padres/madres, consumidores, ciudadanos, profesionales) que definen nuestra identidad tanto como la imagen que tenemos de nosotros mismos. 

Ya lo decía Proust, supremo explorador de la intimidad psicológica y minucioso cronista de las relaciones mundanas: “Nuestra personalidad social es una creación de los pensamientos de otras personas”. Personas ante las que tratamos de producir un efecto determinado; algo que ahora hacemos por medio de unas redes sociales que multiplican las posibilidades performativas, prolongan el tiempo de exposición y diversifican la audiencia.

Nunca estamos solos

Esa exposición digital permanente, que ha llevado a los psicólogos sociales a hablar de un tipo nuevo de intimidad con forma de “extimidad” (término acuñado por el psicoanalista francés Jacques Lacan para designar un fenómeno bien distinto), plantea no pocos interrogantes sobre el modo en que se desarrolla nuestra conversación interior. Porque eso es pensar, según Sócrates, primero, y Hannah Arendt, después: conversar con nosotros mismos.

En una pieza publicada en la revista Prospect, Jacob Mikanowski se pregunta si la conectividad digital supone el fin de una noción del sujeto que requería silencio, soledad y tiempo; si el paso del ensayo introspectivo al perfil digital, del despacho al smartphone, no contamina las fuentes del yo. En realidad, no todos los seres humanos han sido Montaigne; es un eximio representante de un ideal occidental solo ocasionalmente exitoso. Salvo que consideremos la práctica del diario adolescente un triunfo de la introspección filosófica.

Cada uno de nuestros avatares virtuales es una simple representación de nosotros mismos

Nuestras relaciones nos definen más que nunca: ya no estamos solos si no queremos, aunque, a la vez, podamos sentirnos más bien solos aunque no queramos. Y algunos están más solos que otros: las redes crean su propio catálogo de ganadores y perdedores.
Quizá la más completa exploración hasta la fecha de las ambivalencias inherentes a la experiencia digital desde una perspectiva fenomenológica sea la emprendida por Laurence Scott en el recién aparecido The Fourth-Dimensional Human (William Heinemann, 2015), cuyo título apunta a la dimensión adicional que las nuevas tecnologías suministran a cada momento, cada objeto, cada experiencia. Si cada aspecto de la existencia posee ahora una resonancia digital, señala Scott, los confines mismos del yo se hacen imprecisos: “¿Dónde empiezan y terminan nuestros cuerpos en un mundo conectado en red?”. 

Ubicuidad digital

Paradójicamente, hemos desarrollado el atributo de la ubicuidad [everywhereness] al añadir esa cuarta dimensión digital, pero tenemos la sensación de que no habitamos plenamente ninguno de los lugares en que estamos. Es como si cada uno de nuestros avatares digitales fuera una simple representación de nosotros mismos: un hacer presente de modo parcial aquello que está ausente.

Este aspecto fantasmático de la digitalización no debe hacer pasar por alto su cualidad material, física, sensorial. Es de admirar, a este respecto, la vigencia que ha ganado la categoría del cyborg propuesta por la teórica feminista Donna Haraway a comienzos de los años 90: somos seres mejorados por nuestras máquinas. Nihil novum: también las gafas son una tecnología de mejoramiento humano. En palabras de Adrian Athique, otro agudo observador de la digitalización: “La paradoja central en nuestro trato con las tecnologías digitales es que se trata de una experiencia extracorporal (como actividad subjetiva) que no obstante responde estrechamente a las acciones físicas del cuerpo (en su aspecto operativo). [...] La experiencia digital debe entenderse como una relación íntima, una forma de comunicación de masas radicalmente individualizada en su función y su apariencia”.

Por esa razón, señala, las prácticas sociales segregadas por la digitalización son multifuncionales: actúan sobre nosotros como canales de lenguaje, interfaces tecnológicas y sensoriales, transmisores de ideología, espacios de debate, fuentes de placer y entretenimiento. No es de extrañar que su combinación, como apunta Scott, esté reorganizando paulatinamente nuestros sentidos. Por una parte, se diría que la vista y el oído están fundiéndose, mientras a la vez el mundo se hace cada vez más ruidoso y silencioso por efecto de “una cacofonía de texto e imágenes sin voz”. 

Nuestro pasado digital está siempre vivo y el presente se adensa debido a la simultaneidad de comunicaciones en marcha: el sentido del tiempo se altera de un modo aún impreciso y el registro de lo que hacemos demanda de nosotros un nuevo tipo de virtud a tiempo completo. Esta trazabilidad puede generar una sensación claustrofóbica, sugiere Scott, al desaparecer “las liberaciones de la duplicidad”. Sin embargo, la comunicación permanente con nuestros seres queridos, matiza Athique, proporciona un fuerte sentido de seguridad ontológica que discute el tópico del usuario alienado que tiene mil amigos digitales pero ninguno verdadero.

¿Está cambiando el carácter humano? De ser así, ¿se trata de un cambio que debamos celebrar o lamentar? Desde luego, nos urge saberlo, a fin de poder pronunciarnos inequívocamente al respecto. Por desgracia, no hay pruebas concluyentes para decidirse. Parece una exageración hablar de cambios cerebrales y modificaciones cognitivas; quizá no lo sea apreciar nuevas modulaciones del hábito, habilidades emergentes, costumbres declinantes. Sobre todo, es discutible que la digitalización haya de juzgarse binariamente en términos de mejora o empeoramiento: ¿con arreglo a qué patrón, a qué esencia, a qué rasgo universal? Desde el principio de los tiempos, la adaptabilidad transformadora —del entorno y de nosotros mismos— ha sido el rasgo dominante de la especie. 

La tecnología, rabiosamente humana, ha sido decisiva en esa evolución: para bien y para mal. Aunque destacado, la digitalización es apenas el último episodio de una larga historia que únicamente puede ir hacia delante.