22/8/2019
Literatura

Diarios. Registrar la tentación del fracaso

Aunque no haya una tradición consolidada, los escritores españoles han cultivado la costumbre de recoger su intimidad por escrito

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Diarios. Registrar la tentación del fracaso
Clara León
El 16 de julio de 1876 el escritor suizo Henri-Frédéric Amiel (1821-1881) se preguntó en su diario íntimo acerca de cuántos hombres de los miles de millones que habían vivido en la Tierra hasta que él llegó dejaron una huella gloriosa: “Uno entre 100 millones. Todos los demás forman parte del humus histórico y anónimo que acumulan los siglos. Pocos de entre nosotros escapan a la fosa común del olvido”. 
Cuando Amiel comenzó el suyo a los 26 años, el diario íntimo era todavía un género privado, no así el diario como inventario, que nació ligado a la contabilidad.

En “El diario como género literario”, Alain Girard cuenta que los diarios íntimos nacieron alrededor de 1800, antes del romanticismo: “Es el resultado del encuentro entre las dos corrientes dominantes que impregnan el pensamiento y la sensibilidad de la época: por un lado, la exaltación del sentimiento y la moda de las confesiones, siguiendo las huellas de Rousseau; por otro, la ambición de los ideólogos de fundar la ciencia del hombre sobre la observación, colocando la sensación en el origen del entendimiento, de acuerdo con Locke, Helvétius y Condillac”. 

El de Amiel es un extraordinario testimonio del empeño que el escritor puso en contar su extrañeza: “Este diario es a mis días lo que la pulpa de un fruto a su perfume. Recoge los hechos, la fibra grosera e insípida de la vida; pero la parte etérea, los pensamientos o los sentimientos que han cruzado el alma, se evaporan sin dejar rastro”. 

Un diario íntimo refleja los desánimos y las debilidades más que los momentos de felicidad, según Amiel

Un diario íntimo es un espejismo, no dice toda la verdad, tan solo refleja “los desánimos, desfallecimientos, repugnancias, debilidades, más que los momentos de felicidad, de vida elevada, de contemplación”. Según Amiel, se escribe para consignar la meteorología interior del hombre: los días de niebla, los dedos helados, las nubes que emborronan la percepción, “la sed de ser feliz sobre un fondo de angustia y de desesperación”. Alain Girard resume así la conciencia de los escritores de diarios íntimos: “La huida del tiempo, que hace del yo de hoy un yo distinto del de ayer, la movilidad de las impresiones que hacen que se perciba a sí mismo como múltiple y contradictorio en el mismo instante, el sentimiento de absurdo y de extrañeza que eso produce, la voluntad de ser sincero y la certeza de no poder conseguirlo, la hipocresía y la mentira respecto de uno mismo”. 

En Pasé la mañana escribiendo. Poéticas del diarismo español (Fundación José Manuel Lara, 2015) la investigadora Anna Caballé recoge algunas de las voces de los diaristas españoles que han sido poco leídos y estudiados. En una entrevista de Daniel Gascón en Letras Libres Caballé contaba que “la cultura hispana ha sido tradicionalmente reacia a la autobiografía […]. Pienso en la literatura autobiográfica de Teresa de Jesús o de Ignacio de Loyola. Él mismo destruyó su diario, del que solo se salvaron unas pocas anotaciones. Ahora echamos de menos esa literatura que requiere de una libertad interior y que, en mi opinión, nos hubiera ayudado mucho como sociedad”. 

El ensayo de Caballé demuestra que a pesar de que en España se han estado escribiendo diarios desde el siglo XVI, estos no han servido para crear una tradición diarística española ni para influir en las generaciones posteriores. Algunos sí han sido reivindicados y constituyen una excepción, como El cuaderno gris de Josep Pla

La escritura diarística, a diferencia de las memorias, condiciona su estructura al discurrir del tiempo

El hispanista José Romera Castillo en De primera mano: sobre escritura autobiográfica en España (Visor, 2006) expone que la escritura diarística, en contraposición a otros géneros autobiográficos como las memorias, tiene condicionada su estructura al discurrir del tiempo: la fragmentación del día a día que se expone en apuntes breves, ligados al presente, hace que el estilo sea más detallista y menos cuidado. El escritor ensaya en los diarios distintas modalidades de escritura como las narraciones, los aforismos, los poemas, la crónica de sus viajes y, sobre todo, el minucioso deambular de la conciencia. 

8 de marzo de 1918: 

“Decido empezar este dietario. Escribiré —lo justo para pasar el rato, a la buena de Dios— lo que se me vaya ocurriendo. Mi madre es una señora muy limpia, dominada por la obsesión de mantener la casa en un orden helado. Le gusta romper papeles, quemar viejos cachivaches, vender al trapero todo lo que para ella no tiene utilidad práctica o decorativa inmediata. Será un milagro, así, que estos papeles se salven de sus admirables virtudes caseras. Si esto llega, sin embargo, no creo que hiciera con ello ningún mal.” Josep Pla (1897-1981) empezó a escribir El cuaderno gris (1966) el mismo día que cumplía 21 años, cuando una epidemia de gripe en Barcelona obligó al cierre de la Facultad de Derecho donde estudiaba. Él y su hermano volvieron a su casa de Palafrugell con su familia y antes de convertirse en un estudiante completamente ocioso, comenzó a contar su vida y sus lecturas durante algo más de un año, hasta el 15 de noviembre de 1919. 

Julio de 1932:

“La clave de todos mis misterios … reservas… no es más que esto… que te quiero, como te quiero… y que… Para dar un alivio a estas penas… que me parten la frente y el alma,… una noche… ¡me mataré!” En 1930, con 22 años, Marga Gil Roësset (1908-1932) ganó el Premio Nacional de Escultura con Adán y Eva. Faltaban menos de dos años para que conociera a Juan Ramón Jiménez. A partir de ese momento, el tiempo empezó a correr. Marga (Fundación José Manuel Lara, 2015) incluye el diario de la escultora: facsímiles de sus anotaciones, fotografías, ilustraciones y textos del matrimonio Jiménez-Camprubí.

“El diario de Marga fue lo primero que mi padre puso en mis manos. Con palabras de tristeza y desánimo me invitó a leer todo aquel material, guardado con celo durante muchos años”, cuenta Carmen Hernández-Pinzón, sobrina nieta de Juan Ramón Jiménez, en el prólogo. Han pasado 82 años hasta que este diario ha visto la luz. Durante ese tiempo pocos han sabido de la existencia de esta muchacha que dejó 68 páginas en las que cuenta todo lo que se le pasó por la cabeza aquellos días previos a su suicidio. Se pueden leer editados, como el poeta quiso, y lo dejó escrito en Españoles de tres mundos: “Si pensaste al morir que ibas a ser bien recordada, no te equivocaste, Marga. Acaso te recordaremos pocos, pero nuestro recuerdo te será fiel y firme. No te olvidaremos, no te olvidaré nunca”. 

Septiembre de 1936:

“Dos meses ya. Los que caían eran amigos, hermanos, parientes, conocidos. Por eso cada tiro llevaba un nombre, una interrogación angustiosa. ¿Quién será? Casi de noche, aún nos despertaba desde la calle el ruido de cientos de pasos apresurados y conversaciones. Eran familias enteras de vecinos que, antes de que sonaran las sirenas, acudían a los sótanos cercanos con los niños, las cestas de comida, hasta con sillas y colchones, porque al amanecer un avión, o dos acaso, lanzaban pequeñas bombas que cuarteaban las casas de dos pisos de los barrios populares. Una, dos, siete víctimas. Los que estábamos encerrados odiábamos estos aviones piratas porque sus verdaderos objetivos éramos nosotros.”

Josep Pla empezó la escritura de El cuaderno gris para no convertirse en un estudiante ocioso

Juan Bernier (1911-1989) murió poco antes de ver concluida la corrección de su diario. El poeta cordobés escribió un conjunto de páginas autobiográficas a las que él mismo llamó diario desde los 7 hasta los 36 años. La escritura comenzó en 1947 y el proceso de corrección no finalizaría nunca. Su sobrino nieto, Juan Antonio Bernier, se encargó de la edición en 2011 y en el prólogo escribió: “Su punto de vista será el de un outsider: un homosexual, un poeta, un intelectual librepensador, durante la cruenta guerra española y la tenebrosa posguerra”.

12 de marzo de 1940:

“Después de escribir a máquina, mencioné que quería oír a Kalterborn y J. R. dijo: ‘¿Ahora?’. Esto fue el colmo; así es que me monté en el coche y me fui a un lugar tranquilo donde pudiera pensar en un plan para no pasarme toda la vida como si estuviera en la sala de espera de una estación: esperando a cocinar o escribir a máquina para J. R.” Las historias de Zenobia Camprubí (1887-1956) y Marga Gil comparten desvelos. Las dos enamoradas de un poeta, pero también de un hombre inseguro y neurasténico. Zenobia fue una mujer moderna, culta, inteligente, bilingüe que fundó una escuela para niños de familias campesinas. En sus diarios se lamentaba constantemente de la incapacidad de Juan Ramón Jiménez para ganar dinero. El matrimonio vivió de los empleos de ella durante los 40 años que estuvieron juntos. Ella escribía desde pequeña y tradujo al poeta bengalí Tagore por primera vez a nuestro idioma. 

7 de enero de 1944:

“Desde hace varios días me vengo dando cuenta de que la historia se está repitiendo para mí en el sentido de que la misma compleja técnica movida por una angustia que solo encuentra lenitivo proyectándose en la escritura, técnica que me forzó a escribir desde 1929 la mayor parte de Orbe sin percatarme durante mucho tiempo de lo que se trataba, es la misma que desde hace tres meses me viene obligando a llenar estas páginas. Cosa que me lleva a una deducción analógica. Porque si detrás de aquella angustia antigua había un libro, la crónica del pensamiento mientras duró la transformación de la conciencia interior, detrás de esta angustia última debe gestarse otro libro, continuación y complemento del primero, la crónica circunstanciada de la acción que ha de poner en marcha el Mundo Nuevo.” Juan Larrea (1895-1980), poeta místico de la Generación del 27, se marchó junto a su familia a México en 1939, donde empezó a escribir Diario del Nuevo Mundo (Fundación Banco Santander, 2015), un texto inédito de 170 folios que comienza en 1940 y finaliza en 1947. 

9 de febrero de 1965:

“La propia sequedad no es, en cambio, motivo de gozo. Desde el punto de vista poético, no existo: ni una idea de poema, nada que tenga necesidad de decir. La imaginación no se fija en nada. A veces, esto casi me consuela: mi incapacidad para escribir, como no sea cuando la musa me urge, me inhabilita para escribir mal. Pero mi completa falta de profesionalidad como escritor deja también un vacío molesto.” Hace 25 años de la muerte de Jaime Gil de Biedma (1929-1990) y ahora se publican por primera vez sus diarios. Jaume explica en el prólogo que “cuando Gil de Biedma, ya enfermo de sida, corrigió y ordenó su diario de 1956, preparándolo para que se publicara póstumamente, estaba en realidad dictando un testamento, unas últimas voluntades críticas que tenemos la obligación de seguir interpretando”. 

19 de septiembre de 1968:

“Desánimo inmotivado. He trabajado mucho y esta noche seguiré trabajando. ¿Qué es lo que me molesta en el libro? No lo sé. Exceso de literatura tal vez, pero por más que me esfuerzo no consigo quitársela porque está hecho con eso. Lo que tiene de literatura no es adorno, es que todo ello es un tejido de metáforas. Bueno, estoy harta. Pero el caso es que no estoy harta de seguir aquí. Al contrario, me parece imposible volver al mundo.” Los diarios de Rosa Chacel (1898-1994) componen un voluminoso tomo de sus Obras completas (Fundación Jorge Guillén, 2004) y está dividido en tres partes: Alcancía,que apareció en 1982 en dos volúmenes bajo los títulos de “Ida” y “Vuelta”, y una tercera póstuma en 1998, titulada “Estación Termini”.

En los diarios se ensayan modalidades de escritura, sobre todo, el deambular de la conciencia 

Chacel lo cuenta todo tal y como lo vive, espontáneamente. Al comienzo de Alcancía confiesa que “publicar, en vida, los diarios íntimos es un acto de impaciencia, semejante al que se comete cuando se estrella en el suelo la hucha. Toma uno la decisión de hacerlo, sin estar seguro de saber lo que hay allá dentro”. La escritora confiaba en que la palabra alcancía ayudara a sus diarios a perdurar en la memoria, posados en una estantería como uno de esos palomos que llaman buches, siempre como hincados o repletos de sí mismos. 

24 de enero de 1982:

“Idea: podría hacer un diario inventado de mi vida doméstica (fijándome en cuadernitos y datos de archivo). Tendría mucha más gracia que el real. Acuérdate: No decir nunca a nadie lo que estás haciendo. Llevar vida secreta. No te abarates.” En sus Cuadernos de todo (Areté, 2002), Ana Martín Gaite recogió todos los cuadernos de su hermana Carmen (1925-2000). La trastienda de su obra narrativa se encuentra en este abrumador volumen de casi 700 páginas cuyo título se lo dio su hija Marta cuando le regaló un cuaderno por su cumpleaños para “meterlo todo desordenado y revuelto”. En sus páginas se encuentra el fluir de lo cotidiano de la vida de Martín Gaite, “el otro fluir paralelo y más abstracto de mis comentarios a lecturas y mis notas sobre la narración, el amor y la mentira”, sin ningún propósito académico sino con la vocación de “bajar a revolcarse en la yerba y fragmentarse contra las esquinas de la calle”. 

16 febrero 1989:

 “Decido iniciar un dietario. En parte para darme una disciplina en la escritura. Cada día, o casi, como mínimo media hora. Es extraño este momento, donde mi objetivo parece centrarse en encontrar una regularidad, una constancia, unos hábitos que mi ‘anárquica’ forma de hacer rehúsa con constancia —el hábito de no tener hábito, tal vez... —. Ordenar, dominar, quizá, en la medida de lo posible, el tiempo, el espacio.”  El senyal de la pèrdua (Empúries, 2014) son los diarios de la poeta Maria-Mercé Marçal (1952-1988) que fueron publicados junto a las desconocidas cartas que envió hasta su muerte al especialista en literatura francesa Jean-Paul Goujon. Marçal murió de cáncer y en sus diarios asoma la sombra de la enfermedad. 

19 de enero de 1994:

“Creo que debo dar rienda suelta a lo que de verdad quiero escribir. Dejar que fluya, sin intentar encauzarlo demasiado, sin cortapisas, sin ideas previas demasiado rígidas. Pero… pero… pero… tengo miedo de aburrir.” Una vida subterránea. Diarios 1991-1994 (Errata Naturae, 2013) son los diarios de Laura Freixas (1958). En el prólogo cuenta que lleva un diario desde hace muchos años sin saber muy bien por qué o para qué, pero que desde 1989 lo recuperó con mayor constancia. Dice que desde entonces supo que quería publicarlo por el mismo motivo que el resto de su obra: porque hay algo que solo el diario puede aportar. Pero también confiesa que no lo publica íntegramente, sino que se reserva algunas partes: “Ver estas páginas impresas, encuadernadas, con el sello de una editorial, me produce, lo confieso, cierta perplejidad. ¿Es esto mi diario o se trata de un libro?”. Para Freixas el diario como género se distingue por dos cosas: por su carácter secreto y por ser un texto incoherente sin otro hilo conductor que la búsqueda de sentido. 

1998:

“Llegados a un punto no sabe uno si forma parte de la página de un libro o de la realidad; de la página de un libro que es real, o de una realidad que solo está hecha de literatura, por lo mismo que pensamos en algunas personas muertas y nos viene la imagen de ellas en una vieja fotografía, y no sabemos si la recordamos a ella o a la fotografía. Así es la vida y así habrá que empezar a tomársela en adelante.” Andrés Trapiello (1953) lleva 18 volúmenes y más de 10.000 páginas de su diario Salón de pasos perdidos, un proyecto que comenzó en 1990. Posiblemente Trapiello sea el autor que más ha cultivado el género en las últimas décadas en nuestro país. Se escriben como diarios, pero pasan entre cinco y siete años hasta que se publican como novela. A propósito de esto reflexiona en El escritor de diarios. Historia de un desplazamiento (Península, 1998): “La intimidad en un diario no existe, es una de esas ilusiones típicamente francesas por la que se supone que gracias a ella los diarios se alquitraran, como los perfumes, otra ingenuidad como creer que la comida se guisa con mantequilla: cuando la intimidad se hace pública en vida de un autor, justamente por ello deja de serlo”. 

2008:

“Esto que escribo aquí, sin embargo, puede que no carezca de un cierto valor documental, testamentario. Dentro de no sé cuántos años siempre podrá interesar a algún curioso, por lo menos a alguien de mi familia. Es un espejismo, pero de lo que se trata al tomar estas notas es de imaginar que su autor va a sobrevivirse un poco. Y encima con buen aspecto, pues soy consciente de que cualquiera de estos apuntes tiene algo de aquellos tramposos cien mil escudos que, según cuenta Chanfort, legó un santo para que se invirtieran en su canonización.” Iñaki Uriarte (1946) es uno de los diaristas más interesantes del momento y lleva publicados tres volúmenes de sus Diarios en Pepitas de Calabaza. 

Se erige como un Montaigne contemporáneo, pero más irónico y mordaz en sus apreciaciones. Si el francés se encerró en su castillo para escribir sus Ensayos, el vasco lo imita encerrándose entre las cuatro paredes de su habitaciones de Bilbao o Benidorm indistintamente, donde lee y escribe sin descanso para dejar a las generaciones futuras un fiel testimonio de las aflicciones de un hombre entre dos siglos: “¿Quién eres tú para tomarte en serio, incluso al pie de la letra, a tipos como Epicuro, Montaigne o La Fontaine?, me digo a veces. Pero el caso es que lo hago. A menudo creo que he sido incluso más perfecto que mis maestros, que eran un poco hipócritas al acusarse, o al presumir, de sus defectos”.

18 de noviembre de 2015:

En un intento por reunir algunos de los mejores pasajes de los diaristas españoles para este artículo, aparece un texto de Jordi Gracia sobre los diarios de Uriarte que dice que “los mejores diarios se hacen de islas vivas en medio de la nada”. 

Algo así debió de pasársele por la cabeza al jovencísimo Amiel cuando, desesperado por ser alguien en la vida, se encerró en la isla de sí mismo y emprendió la escritura de uno de los diarios más descorazonadores que existen. Alcanzó la grandeza, sí, pero no como esperaba. Muchos escritores de diarios han recurrido al suyo para inspirarse o consolarse, pero no han encontrado más que la desolación propia de un romántico de la época:  “Como la liebre, vuelve a su madriguera para morir, y esa madriguera es su conciencia, su pensamiento. La antecámara de su madriguera es su diario íntimo”. 

Amiel murió el 11 de mayo de 1881 y quiso que su epitafio fuera una cita de Spinoza grabada en su lápida como una lección de vida: “Aime et reste  d’accord”.