14/12/2018
Literatura

El periodismo independiente según Renata Adler (Un decálogo)

La recuperación de los libros de la periodista pone el foco en la deslenguada escritora condenada al ostracismo durante las tres últimas décadas

Ana Llurba - 18/09/2015 - Número 1
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El periodismo independiente según Renata Adler (Un decálogo)
Renata Adler. Christopher Anderson / Magnum / Contacto

Renata Adler entró a formar parte de la plantilla de The New Yorker a los 25 años y pasó cuatro décadas allí. Lleva 30 años escribiendo la que será su tercera novela.  

UNO. Fue una de las cronistas estrella del periodismo norteamericano durante las décadas de los 60 y los 70:  presenció la guerra de Vietnam (1959-1975); el intento de independencia de Biafra que Nigeria sofocó (1969-1970); estuvo en los hippy riots contraculturales de Sunset Strip, Los Ángeles (1966); en Oriente Próximo durante la Guerra de los Seis días (1967); en Washington durante el Watergate (1972) y también en Cuba para hablar del arte y la cultura de la isla en medio de las tensiones de la guerra fría. Cubrió hechos de gran importancia política y cultural para la revista The New Yorker cuando el editor era William Shawn, admirado por generaciones de escritores y al que J.D. Salinger dedicó Franny and Zooey (1961). Entre sus piezas más geniales se encuentra “Letter from Selma” (1965), crónica de las manifestaciones del movimiento por los derechos civiles que lideraba Martin Luther King en Alabama, donde aún se practicaba la segregación racial, hecho conmemorado en la película Selma (nominada al Oscar en 2014, dirigida por Ava DuVernay y con Oprah Winfrey y Cuba Gooding Jr. entre los actores principales). 
El relato que hizo del drama político de la movilización histórica que recorrió los casi 90 kilómetros que separan Selma de Montgomery está plagado de detalles vivaces —como un predicador pidiendo a los periodistas que no le saquen fotos mientras iba al sanitario portátil— o anécdotas de un humor afilado
—como los segregacionistas que confundían a los mau mau (la organización insurgente keniana) con el maoísmo, o cuando ironiza acerca de los avances científicos en esa región del país después de escuchar la predicción de que muchas de las mujeres que asistieron a la marcha volverían embarazadas a su casa—, los insultos y las banderas confederadas que acechaban desde las aceras, o la descripción de la reacción de un niño afroamericano la primera vez que es alzado a hombros de un hombre blanco: el niño se queda embobado mirando los rizos rubios. Aunque desde las trincheras de The New Yorker participó en las críticas contra el nuevo periodismo y, sobre todo, contra las diatribas de Tom Wolfe, tanto en sus crónicas como en sus novelas autoficcionales la contaminación de otros géneros, como el ensayo o la narrativa, es evidente. 

DOS. Nació en Milán, en 1938, en una familia de judíos alemanes que huyeron hacia el sur de Europa después del ascenso del nazismo. Poco después emigró a Danbury,
Connecticut, donde se crió y asistió a una sofisticada escuela para chicas de clase media-alta de Nueva Inglaterra sobre la que ironizaría en sus novelas. Estudió Literatura Comparada en Harvard, con Roman Jakobson, y Filosofía, Estructuralismo y Lingüística en la Sorbona, donde obtuvo el doctorado tutelada por Claude Lévi-Strauss. Escribió ensayos, artículos y críticas sobre música pop, soap operas, películas, política y literatura. Publicó libros donde compiló sus críticas de cine (A Year in the Dark, 1969), sobre la relación entre la política y los medios (Canaries in the Mineshaft: Essays on Politics and Media, 2001) y hasta una arenga donde defendía el centrismo —precisamente ella que se quedó al margen de todo— y criticaba la pose de la izquierda radical chic de su época (Towards a Radical Middle, 1970). Por su estilo agudo, perspicaz, severo y nada condescendiente fue comparada con otras escritoras americanas de su generación como Susan Sontag, Joan Didion y hasta con Hannah Arendt, quien fuera una de sus mentoras.

TRES. Fue jefa de la sección de crítica de cine en The New York Times y renunció solo un año después para volver al staff de The New Yorker en 1969.

CUATRO. Dejó todo en el punto más alto de su carrera: en 1977 retomó los estudios académicos y en 1980 se doctoró con honores en Derecho en la Universidad de Yale.

CINCO. Publicó dos novelas en la editorial Alfred Knopf con Robert Gottlieb, a quien décadas después criticaría por su trabajo en The New Yorker. Su ópera prima, Lancha rápida (1976), recibió el premio Ernest Hemingway a la mejor primera novela; trata de la periodista Jean Fein y su atribulada y contradictoria vida urbanita. Después publicó Pitch Dark (1983), también con una periodista como protagonista, Kate Ennis, que tiene un affaire con un hombre casado pero que, a diferencia de la protagonista de su anterior novela, se mueve por diferentes lugares hasta abandonar el país. Ambas novelas son fragmentarias, neuróticas, incisivas, desencantadas expresiones del espíritu de su época, que siguen siendo consideradas de culto hasta tres décadas después. En 1974 recibió el premio O’Henry por su relato “Brownstone”. Recientemente dijo en una entrevista a la revista Vice que tiene una tercera novela esperando a ser enviada en su bandeja de correo electrónico. Además, gracias a la reedición de su obra, la revista The New Republic tituló un artículo con “Millennials, Meet Renata Adler” y la consideró una referencia inevitable para la generación posterior al 11-S.

SEIS. Fue madre soltera antes de que se pusiera de moda. En 1986, con 48 años, tuvo a su único hijo, Stephen Adler, director de cine.

SIETE. Le mordió la mano dos veces al establishment periodístico. La primera fue en 1980, cuando se metió con Pauline Kael —la crítica de cine más influyente del momento, que escribía en The New Yorker— y la desarmó en The New York Review of Books en un texto de 8.000 palabras sobre su libro When The Lights Go Down (1980), provocando una gran polémica en el entorno mediático. La segunda vez fue cuando publicó Gone: The Last Years of The New Yorker, en 1999. Criticaba los cambios que afectaron a la mítica publicación después de ser adquirida por la corporación Condé Nast y después de que su admirado William Shawn fuera reemplazado por Robert Gottlieb.

OCHO. Fue condenada al ostracismo después de romper las reglas tácitas del gremio periodístico. En los 90, durante el affaire Clinton-Lewinsky, llamó a Robert
Gottlieb para ofrecerle un artículo pero este lo rechazó. Finalmente lo publicó en Vanity Fair y ganó un importante premio periodístico ese año. Publicó poco más y se retiró a una plantación de manzanas abandonada muy cerca de donde se crió, en Connecticut.

NUEVE. En 2013 sus dos novelas fueron rescatadas del olvido por el sello The New York Review of Books Classics (que hizo lo mismo con Stoner de John Williams y  Sleepless Nights de Elizabeth Hardwick) y este año publicó una reedición de sus mejores textos de no ficción, After The Tall Timber, en la misma editorial. Lancha rápida, la primera y más popular de sus novelas,ha sido por fin publicada en español con el posfacio original, a cargo de Guy Trebay, que analiza la aparente aleatoriedad de su estructura fragmentaria, así como la expresión de la angustia cultural de su época. 

DIEZ. Tiene el pelo muy largo y canoso. Siempre se lo ha peinado en una sencilla trenza que deja caer colgando a un lado mientras luce cuellos de tortuga y camisas de jean con una elegancia espartana única. Así fue como posó para Richard Avedon. Después de que la inmortalizara en un retrato, como los que hizo de los iconos contraculturales de su época (Janis Joplin o el activista Abbie Hoffman), le dijo que no le gustaba nada el resultado. Que parecía una terrorista, una forajida: Renata Adler.
 

Disección de una época desencantada

Ana Llurba
En Lancha rápida Adler recurre a una primera persona discontinua  con párrafos efímeros, observaciones humorísticas, incidentes cotidianos y observaciones perspicaces. Jen Fain, la protagonista, da clases en una universidad pública, redacta discursos para un político, trabaja en un periódico —gracias al cual viaja a diferentes puntos del globo, como Biafra, Venecia o París— y toma clases de vuelo. Tiene una prolífica vida social, que incluye varios amigos del instituto, colegas y amantes, en sutiles coincidencias con la vida de la autora. Esta obra de autoficción navega entre el ensayo, la crónica de costumbres, el diario personal y el cuaderno de viaje. The New York Review of Books Classics rescató la novela del olvido y la reeditó, junto al resto de libros de Adler. 

La novela no tiene una línea argumental clara ni un arco transformación de los personajes. Desmonta de manera perspicaz la mentalidad de su época y ridiculiza sin miramientos al periódico más prestigioso de ese momento: “En su obituario del rey Faisal, el Times mencionó, como un ejemplo de su modernidad, el hecho de que en la década de 1930 abolió la esclavitud. Como ejemplo de su don para la poesía, estaba la frase ‘Mírate. Es árabe’. Algo se perdió en la traducción ahí, quizá. En todas partes”.
Los fragmentos de Lancha rápida se unen como instantáneas que captan la secuencia vertiginosa de los “instantes decisivos” que definen el clima cultural del Nueva York de los 70. Y la ciudad, omnipresente escenario, se cuela en potentes descripciones, como la de Broadway Junction: “Ese monstruo en el aire, devastado y absurdo entre todos los metros, podría haberlo creado un arquitecto con un Meccano y amnesia recurrente, y ordenanzas, y chanchullos municipales”.

Observa con agudeza la alienación urbanita y las aspiraciones y los protocolos sociales de cierta clase media-alta intelectual: “Muchas veces encuentro a personas a las que no les gusto o que no se gustan entre ellas. No siempre importa. Yo sigo sonriendo, hablando. [...] La antipatía no tiene consecuencias. Solo se acumula en mi mente, como conservas en un estante o pistolas que apuntan pero nunca disparan”. La narración, orquestada a través de elipsis y con un ritmo trepidante, se distancia de las abundantes novelas neuróticas que transcurren en la ciudad que no duerme. 

El desencantado clima de época durante la resaca de la contracultura y las revoluciones fracasadas está latente en las desangeladas y melancólicas observaciones sobre lo ilógico de la vida. Adler acierta con su mirada sobre la deriva vital: “Me salvé. Seguimos aquí. Biafra no. Antes de la Guerra de los Seis Días había comprado un reloj Patek Philippe y un vestido de Chanel. No sé por qué”. Por eso esta novela ha sido comparada con Play It As It Lays (1970) de Joan Didion y Sleepless Nights (1979) de Elizabeth Hardwick, hermanadas entre sí por lo que ha dado en llamarse, según la escritora y crítica feminista Katie Roiphe, Smart Women Adrift. Podría traducirse como “mujeres inteligentes a la deriva” e identifica la preocupación de estas escritoras por expresar, con una fragmentariedad radical y un tono sumamente controlado, una observación sagaz de los detalles y una asimilación cómica de lo incomprensible de la vida. Las tres novelas citadas tienen en común que sus protagonistas son mujeres inteligentes pero emocionalmente frágiles, sentimentalmente inestables y que están en un estado de creciente autoconocimiento.

Lancha rápida va un poco más allá del registro mimético y episódico de su tiempo, logra trascender su época y hace al lector cómplice de las implacables observaciones de la vida social que Adler dispara con puntería. 
Lancha rápida
Renata Adler
Traducción de Javier Guerrero,
Sexto piso, Madrid, 2015, 215 págs.