21/7/2019
Literatura

El proyecto de pintarse a uno mismo

El escritor noruego es autor de Mi lucha, un libro en el que registra su vida con todos los detalles y con un propósito claro: la autenticidad 


 

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El proyecto de pintarse a uno mismo
Karl Ove Knausgård David Sandison / Eyevine / CONTACTO

Karl Ove Knausgård (Oslo, 1968) era padre de dos hijos pequeños y tenía un par de libros publicados cuando se dio cuenta de que era profundamente infeliz: “La vida que vivía no era la mía propia. Intentaba convertirla en mi vida, esa era la lucha que libraba, porque quería, pero no lo conseguía, la añoranza de algo diferente minaba por completo todo lo que hacía”. Entonces, decidió sentarse a escribir su vida. El honesto propósito le llevó a concluir Mi lucha, un provocador título para el encuentro consigo mismo a lo largo de 3.600 páginas. En España solo se han traducido por el momento los tres primeros volúmenes de la serie (La muerte del padre, Un hombre enamorado y La isla de la infancia), todos en Anagrama. En Noruega el último volumen apareció en 2011. En Un hombre enamorado confiesa sentirse muy lejos de la ficción: “Lo único que para mí seguía teniendo valor y todavía tenía sentido eran los diarios y los ensayos, la parte de la literatura que no es narración, que no trata de nada sino que solo consta de una voz, la voz de la propia personalidad, una vida, un rostro, una mirada con la que uno podía encontrarse. ¿Qué es una obra de arte sino la mirada de otro ser humano?”.

Una larga tradición

En la nota que precede a los Ensayos de Michel de Montaigne (1533-1592), el autor advierte de que “si mi objetivo hubiera sido buscar el favor del mundo, habría echado mano de adornos prestados; pero quiero solo mostrarme en mi manera de ser sencilla, natural y ordinaria, sin estudio ni artificio, porque soy yo mismo a quien pinto”. Así comienza todo, en el empeño por mostrarse natural y ordinario, sin estudio ni artificio, sin ningún fin trascendental más que el de ser recordado y dejar a parientes y amigos un registro fiel de uno mismo. A los 38 años Montaigne se encerró en el tercer piso de la torre del castillo de su padre para escribir rodeado de todos sus libros (de Plutarco, Séneca, Virgilio, Ovidio, Boccaccio) y se dedicó durante el resto de su vida a mirar hacia dentro de sí mismo. Montaigne en sus Ensayos, al igual que Knausgård en Mi lucha, quiso mostrarse sin máscaras, completamente desnudo, contar lo vivido y lo aprendido, el detalle más intrascendente de la existencia, y crear una enciclopedia personal. Así lo cuenta el escritor noruego: “Representar mi vida, que supongo que es lo que hacen unas memorias, nunca fue mi intención. Escribir sobre la identidad sí lo era. Y tratar de describir la riqueza, incluso, de la situación más insignificante”. 

Escribe Juan José Arreola en el prólogo de Ensayos escogidos (UNAM, 1959) que Montaigne pasó aquellos años en la soledad más absoluta y que mandó pintar en las vigas de los techos citas de sus poetas preferidos que le ayudaban a concentrarse mientras escribía. Sus Ensayos no son estrictamente ni memorias, ni historia, ni confesiones, ni —dice Arreola— apuntes para un libro futuro: “Son el retrato cultural de un hombre que, dándose a conocer a los demás, trata de conocerse a sí mismo desde todos los ángulos posibles”. Vida, ideas, frustraciones y dolores físicos y anímicos. Escribe Montaigne: “Yo soy la materia de mi libro”. Es fácil reprocharles esa exaltación del yo, el mismo Knausgård confiesa que “existe placer en el hecho de leer sobre vidas ajenas, pero también en el de contar la tuya. Narrar tu propia existencia resulta casi lujurioso. Y, como toda lujuria, viene acompañada de culpa y de vergüenza. Por lo menos, eso es lo que he sentido yo”. Atrae y complace leer las vidas ajenas como si fueran la propia porque, como escribe Arreola, a través de un yo auténtico suele abrirse paso toda la humanidad. El yo de Knausgård, como el de Montaigne, minúsculo y universal, sabe responder por todos si se le interroga con la debida atención. 

Atrae leer las vidas ajenas porque a través de un yo auténtico suele abrirse paso toda la humanidad
 

Dos siglos después de Montaigne y tres antes de Knausgård, Jean-Jacques Rousseau (1712-1778) escribió: “He aquí el único retrato de hombre pintado exactamente del natural y en toda su verdad que existe y que probablemente existirá”. En la introducción a las Confesiones (Planeta, 1993), Carlos Pujol sostiene que para el escritor francés la confesión es una mirada ante el espejo, la interioridad más profunda exhibida, analizada, explicada a la luz de uno mismo. Los Ensayos, las Confesiones y Mi lucha provocan una sensación en el lector bastante parecida, algo que Pujol definió bien respecto a la obra de Rousseau: son obras singulares, a menudo lecturas apasionantes, y producen impresiones mezcladas entre la repugnancia y la fascinación, pero en las que también hay admiración, sorpresa e interés por el testimonio humano.

Tres hombres en tres épocas

Escribe Rousseau que “es preciso que nada mío quede oscuro u oculto, es necesario que me ofrezca constantemente a los ojos del lector, que este me siga en todas las vicisitudes de mi corazón, en todos los rincones de mi vida, que no me pierda de vista ni un solo instante”. Al igual que Knausgård, Rousseau ya quiso contar hasta lo más insignificante. En tres épocas diferentes, tres hombres distintos han querido plasmar lo verdadero: “Estos libros simplemente quería que fueran en serio, que fueran algo verdadero, una cuestión de vida o muerte”, afirma el noruego. Knausgård es un escritor convencido de su singularidad que se desnuda ante el mundo. Anna Caballé, profesora de Literatura Española en la Universidad de Barcelona y responsable de la Unidad de Estudios Biográficos, confesaba a AHORA que su “admiración por la obra del noruego es total, ha revolucionado la autobiografía utilizando por primera vez y al límite los recursos de la ficción ubicando su relato en la no ficción, en su propia vida”. Caballé asegura que lo que ha seducido a los lectores de Knausgård es “la autenticidad que emana del estilo. Ahí tenemos a un hombre que escribe a tumba abierta, de acuerdo con la luz interna que lo inspira y esto es lo que un artista debe hacer. Eso es lo que le convierte en un héroe de nuestro tiempo. Ha escrito absorbido por su propio ideal de lo que debe ser la literatura, independientemente de que los lectores sancionaran su proyecto con el éxito y con las ventas”.

Montaigne y Rousseau aceptaron en sus épocas ser las voces discordantes, al igual que Knausgård hoy

Después de leer los tres primeros volúmenes de Mi lucha los lectores sabrán quizá demasiado de Knausgård: su vida contada desde la infancia hasta el nacimiento de sus tres hijos pasando por el momento clave de la muerte de su padre, su individualidad, sus sentimientos, todo. Dice Pujol que contarse a sí mismo es una pasión universal reprimida durante años. Pero no es así. ¿Acaso Montaigne no escribió sus Ensayos para que lo leyeran y no tenía Rousseau la misma intención? El relato de sus vidas, incluso a través del oscuro y cenagoso laberinto de sus confesiones, está plagado de ridiculeces, errores y momentos de flaqueza. Parece más natural que en la era de la extimidad (concepto creado por Lacan para decir que lo más íntimo está en el exterior) sea Knausgård quien decida compartir con el mundo su vívida intimidad, pero mostrarse desnudo es defenderse, apoyarse en uno mismo. Montaigne y Rousseau aceptaron en sus épocas ser las voces discordantes, al igual que Knausgård, que ha querido ser esa inoportuna voz que viene a contarnos lo que le incomoda: “Lo de andar por la ciudad dedicando mis días al cuidado de mi hija no aportaba nada a mi vida, no la enriquecía, al contrario, en esa vida se perdía algo, una parte de mi yo, la que tenía que ver con mi masculinidad. Esto no me quedó claro gracias a los pensamientos, porque los pensamientos sabían que lo hacía por una buena razón, que Linda y yo fuéramos iguales en la relación con nuestros hijos, sino a los sentimientos que me llenaban de desesperación”.

La mayor diferencia entre Knausgård y los dos escritores franceses es que la del noruego es una extraña y obsesiva novela que hasta cuando más irrita se puede descubrir en ella ese sabor que solo se puede encontrar en uno mismo. Knausgård se siente liberado: “Escribir una novela sobre ti es, o al menos podría ser, exactamente lo contrario. Esquivar las expectativas, la representación ante el otro, en otras palabras, liberarte del otro. Y la extensión denota que se ha convertido en algo en sí mismo, no simplemente en un comentario”. La novela es, según el dietarista Iñaki Uriarte, la mejor herramienta que se ha creado para conocerse a uno mismo y entender lo que son las relaciones con el resto de las personas. Se construye con la materia prima de las humillaciones, frustraciones, infortunios, desengaños, miedos, decepciones e incertidumbres. El propio Knausgård confesaba en una entrevista con Andrea Aguilar en El País: “Usé mi vida y experiencias como un tipo de materia prima, que es algo que cualquier novelista hace, y nunca pensé en publicarlo como ninguna otra cosa, porque es una novela que explora los límites entre vida y literatura, escribir y vivir”. Desde finales del siglo XX y en los primeros años del siglo XXI la literatura en Occidente asiste a dos fenómenos paralelos: la preeminencia del lenguaje audiovisual y la tendencia a la hibridación de géneros y a la mezcla de discursos narrativos. La novela se constituye como lugar donde las reglas han sido quebrantadas y el autor solo responde ante el lector, en un enunciado donde todo cabe: el diario, la investigación histórica, la digresión metaliteraria o el ensayo. 

Una de las cuestiones que más preocupa a lectores y críticos es saber cuánta verdad hay en lo que cuenta Knausgård. El filósofo Carlos Castilla del Pino dejó escrito en el primer tomo de su autobiografía Pretérito imperfecto (Tusquets, 1997) que la buena memoria es sospechosa. Olvidar —dice— es una forma, económicamente necesaria, de disolver aquella parte de nosotros que, por diversas razones, no toleramos. En una entrevista en Letras Libres, Caballé explicaba que “plantear la verdad o mentira de un texto autobiográfico es una cuestión imposible de resolver en todos sus extremos. Es más que probable que el autor de un texto autobiográfico tampoco pudiera ayudarnos en eso porque trabajó con su memoria y esta, como decía Sebald, es una acumulación de escombros que difícilmente pueden poner en pie el edificio de nuestra vida. Dicho esto, esta memoria precaria y de naturaleza fantasmática es todo lo que tenemos. Lo que asegura nuestra identidad. Entonces, no es la verdad sino la sinceridad lo que está en juego en la escritura autobiográfica”. 

La memoria y la verdad

Ni Montaigne ni Rousseau se llevaban del todo bien con la memoria. El primero escribió que “no hay ningún hombre más desacertado que yo para hablar de memoria, pues es tan escasa la que tengo que no creo que haya en el mundo nadie a quien falte más que a mí esta facultad”. Y el segundo: “Los dulces recuerdos de mis bellos años, pasados con tanta tranquilidad como inocencia, han dejado mil gratas impresiones, que me halaga de continuo recordar. Recordarlos es renovar su amargura”. Knausgård, en cambio, dice haber “mirado dentro de mí y he contado lo que hay: memorias, recuerdos, sensaciones... Pero, cuanto más profundo miraba, más me daba cuenta de que no era yo. Ha sido, en términos psicológicos, una regresión: he vuelto a vivir cosas que viví en el pasado, he sentido las mismas emociones, la misma vergüenza, he vuelto a ser niño. Pero ¿qué diferencia hay entre recordar unos hechos y crearlos de la nada? Ninguna. Crear es recordar y recordar es crear”. 

Knausgård advierte de las trampas de la memoria y de lo impreciso del recuerdo para construirnos: “Todo lo que recuerdo de mis primeros seis años de vida, y todas las fotos y objetos de esa época me atraen, es una parte importante de mi identidad, y llena de sentido y continuidad esa periferia por lo demás vacía y carente de recuerdos del ‘yo’. Gracias a todos esos fragmentos y piezas me he construido un Karl Ove… Ese estado provisional chabolista es lo que yo llamo mi infancia”. Sus libros tienen algo de confesión secreta, de torre en lo alto de un castillo en mitad del campo desde la que contemplar el jardín, el patio o las calles nevadas de Estocolmo. Las novelas de Knausgård son como la vida para Uriarte: una línea recta sin fin que conduce a no se sabe qué horizonte y que acaba llegando al punto de partida.