26/11/2020
Opinión

El sedimento de los toros

La tauromaquia tiene detractores y partidarios y ha sido objeto de reflexión para escritores como Rafael Sánchez Ferlosio

Antonio Campuzano - 29/04/2016 - Número 31
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El sedimento de los toros
Fede Yankelevich
La ofensiva animalista contra la celebración de corridas que tuvo como hito la prohibición de los toros en Catalunya en su formato más reglado —corridas, novilladas y rejones—, el 28 de junio de 2010, mediante una ILP (iniciativa legislativa popular), sigue forzando la disyuntiva pro y antitaurina. Más si cabe con la constitución de los nuevos ayuntamientos tras las últimas elecciones municipales de 2015, donde la presencia de formaciones emergentes como Podemos, de barniz claramente contrario a la tauromaquia, significa un dominio institucional desde el que las iniciativas frente a los toros ofrecen resistencias a veces imposibles de superar.

A salvo las grandes ferias (abono de abril en Sevilla, San Isidro en Madrid, Valencia en Fallas, San Fermín en Pamplona y Semana Grande en Bilbao, entre otras), ciertamente la ausencia de organización taurina solo se nota en A Coruña, donde la presión de su gobierno municipal sacó adelante la suspensión de la programación, compensada en territorio nacional con la recuperación de San Sebastián, sustituida su corporación en los comicios recientes de 2015, si bien la capital donostiarra ocupaba de siempre un puesto de relieve en el circuito de la organización taurina, ahora restaurada para contento del aficionado.

La Asociación de Organizadores de Espectáculos Taurinos, que ha de entenderse como la patronal del sector taurino, ha hecho público un reciente informe en el que se cuantifica en 1.600 millones de euros el balance económico del espectáculo en España, entre efectos directos e indirectos, con la temporada de 2013 como campo de estudio. La asistencia a espectáculos se estima en 24,8 millones de espectadores, con 208,8 millones de recaudación en taquilla, con un impacto de imposición indirecta por IVA de 43,80 millones.

Pero, sentadas las cifras, lo que resulta aún muy poco vulnerable es el sedimento de los toros en el cuerpo social y cultural español. En los 200 años de esta actividad ceremonial, el nervio, la vitalidad del espectáculo mantiene sin apenas quebranto su esponjosa presencia en cuantos giros coloquiales y estructuras comparativas se desarrollan en exposiciones y parlamentos, en discursos y tribunas.

Se estiman 208,8 millones de recaudación en taquilla, lo que supone 43,80 millones de IVA

La crecida antitaurina viene, en todo caso, acompañada de una corriente política quizá menos intensa y enfática de lo que viene siendo adjetivada por la reciedumbre de la defensa de la “fiesta nacional”. “Un ataque a España”, “ se va contra España”, con ese tono dramático de belicismo contra usos y costumbres, contra la urdimbre ciática española. Quizá no atente más allá del momento pasajero de la moda. Conviene, por tanto, atender a las reflexiones de opiniones sustentadas en el aprecio de las dos formas de entender la realidad de los toros en nuestro país. Rafael Sánchez Ferlosio, en Las semanas en el jardín (Destino, 1974, reeditada en 2003), disecciona gran parte de las manifestaciones de espectáculo en nuestro suelo con voluntad de intromisión, con ganas de “meterse en un jardín”, y los toros no caen el olvido. En las numerosas posibilidades de clasificación, entiende que los toros entran en el capítulo triple de acontecimiento, donde se da la exhibición, dentro de la disciplina de la no ficción. Esto es: es un espectáculo que trasciende la normalidad, en el que se dan notas de manifestación más allá de lo normal hasta la categoría extraordinaria donde se muestran con ostentación caracteres muy notables, y además todo ello es real, no ficticio. Se molesta en señalar la modalidad de espectáculo del que siempre se espera algo: en otras presentaciones, otras performances, cine, teatro, circo, si se ha visto el pase una vez quizá se han visto todas. En cambio, a una corrida con la misma terna, con el mismo ganado, el aficionado acude “a que pase algo”. La función siempre es otra. Los carteles se repiten a lo largo de temporadas, pero el habitual saca su entrada con la aspiración de lo nuevo. “El toro —dice Ferlosio— no comparte en modo alguno el contenido del torero en cuanto tal, de donde se deriva el que las reglas de juego de la tauromaquia hayan de ser forzosamente unilaterales.” De donde la probabilidad de sorpresa se presenta multiplicada. La noción de acontecimiento la hace residir el autor en el ejemplo de la muerte de Manolete. El 28 de agosto de 1947, todo lo acaecido en Linares, contrariamente a lo que pudiera suceder en otras manifestaciones de riesgo que recayesen en las páginas de sucesos, “saltó a los titulares de primera plana”. “No fue el suceso (la cornada mortal) —dice Sánchez Ferlosio— sino que fue la página de toros la que saltó a la primera página.” Otro asunto que aborda el autor trasciende de los lugares comunes consustanciales al toreo, ambientado, entre otras cualidades, en el valor del hombre ante la fiereza del animal criado en la dehesa sin merma de sus instintos ofensivos/defensivos. “El carácter de prueba de virilidad —cifrado especialmente en la demostración de valor— que ha tenido sin duda en otro tiempo ha descendido a un segundo término, como lo manifiesta el que se haya llegado a admitir la cobardía sin grave detrimento, deplorándola, en todo caso, como una falta no mucho menos externa a la cuestión que la pereza o la mala voluntad, más como la deficiencia de la persona que hace de torero que del papel del torero en cuanto tal.” Esta inclusión de la cobardía como perteneciente también a la sustancia del torero supone una innovación que sacude las canónicas obligaciones de los inicios de la tauromaquia. Ferlosio habla de Rafael el Gallo, lo cita como el Divino Calvo y se pregunta si “la primacía de las figuras, con el consiguiente edicto de tolerancia hacia el cobarde, no significa, tal vez, una radical contradicción en el más íntimo contenido cultural de la corrida”. Puede traerse a colación con toda justicia el componente precavido de la personalidad de toreros recientes —Curro Romero, Rafael de Paula— que ocupan puestos relevantes en la historiografía del toreo. De Paula le dice a José Bergamín: “Yo no tengo más ni menos valor que nadie, soy una clase de torero, nada más”. Bien es cierto que Ferlosio añade, junto a su seducción por  Rafael el Gallo (“en esa dorada sonrisa de los bienes que tan contradictoriamente se entreabre y reluce alguna vez en el lánguido vuelo de una capa, y solo entre las mágicas manos de alguien como mi divino tocayo…”), su rendición: “Debe morir tan bárbaro espectáculo, no para bien de la cultura humana —que apenas sería quitarle una gota de agua al océano de la universal barbarie predatoria—, sino por el infame tormento a que se somete a un inocente animal”.

Los toros, como sujeto imaginario emocional de una colectividad, tienen el peso del tiempo y del espacio. Bergamín, tan alejado finalmente de la entraña nacional con su tuétano de estandarte e interioridad afectiva, recorrió miles de kilómetros para ver “todos los días” a Rafael de Paula, según señala Manuel Arroyo-Stephens en Pisando ceniza (Turner, 2015), como un apóstol de una prédica excepcional. Esa peregrinación con el solo asidero de la esperanza de “ver algo”, que atesora en su razonamiento Sánchez Ferlosio, la razón de ser del acontecimiento le permite decir con reproche a Fernando Savater, como confiesa en sus memorias este último: “A ti no te gustan los toros, a ti solo te gustan las buenas corridas”.

Ferlosio aboga por el fin del espectáculo taurino “por el infame tormento a que se somete a un inocente animal”

Las estrategias, las acechanzas, de los contrarios ideológicos de la tauromaquia comparten historia y armazón argumental con otras tentativas, pero la superficie dialéctica defensiva de los partidarios se mantiene compacta por sí misma y por la desinteresada colaboración de alguno de sus más significados detractores. Las apariciones redundantes de Manuel Vicent, con sus “media que basta” o sus “descabellos” para enriquecer su acervo de escritura, tensan la pugna, pero no la agotan. O el dudoso y quebradizo aficionado, otra vez, Rafael Sánchez Ferlosio, en su Campo de retamas (PRH, 2015), cuando habla de la bandera nacional como instrumento “para celebrar la cobertura de aguas de una obra… o cartel de toros de una corrida de Castellón de la Plana, todavía chorreando pegajosos y hasta obscenos goterones de engrudo blanquisucio, y en fin para rematar en el oído con cuatro o cinco compases de El gato montés o de Marcial, tú eres el más grande”.