18/7/2019
Entrevista

"El sentido común es sospechoso"

Entrevista a Manuel Cruz, filósofo, se presenta como independiente con el PSC

Francesc Arroyo - 03/06/2016 - Número 36
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saray encinoso
Manuel Cruz (Barcelona, 1951) es catedrático de Filosofía en la Universidad de Barcelona. Ha publicado una cantidad considerable de libros que le han valido, entre otros, premios como el Anagrama de Ensayo o el Espasa. Pero no es un filósofo huraño y recluido sino que ha mantenido una actividad pública (él mismo se define como un activista) a través de sus colaboraciones en medios de comunicación y de la asociación Federalistes d’Esquerres, cuya presidencia abandonó hace unos días para acudir como independiente a las elecciones del 26 de junio en las listas del PSC.

¿Son fáciles las relaciones entre intelectuales y políticos?
En el siglo pasado hubo intelectuales con prestigio que no solo transitaron por la política, también ocuparon cargos de responsabilidad, pero eso ya casi ha desaparecido, entre otros motivos porque la política se ha profesionalizado mucho y los partidos políticos son aparatos cada vez más tupidos en los que el acceso es muy difícil. A pesar de eso, en la izquierda, los intelectuales en general y los filósofos en particular aún mantienen algún prestigio.

¿Los filósofos? ¿Más que otros intelectuales, como juristas o economistas?
Cuando un partido ficha a un economista se da por descontado que puede ser ministro de Economía. La diferencia es que los intelectuales humanistas, filósofos pero también historiadores, no son portadores de una práctica política específica. ¿A qué se les destinará? En el mejor de los casos se piensa en Cultura o Educación. Pero no es una asociación necesaria.
 
Para ser político, ¿no basta con ser ciudadano?
Ser ciudadano es una condición necesaria pero no sé si suficiente. Vayamos más allá: los llamados políticos profesionales, ¿qué capacitación tienen? El político tiene conocimiento de la Administración. Ha habido, en los últimos tiempos y en partidos distintos, políticos que se han manejado bien en diferentes ministerios, independientemente de su formación. Se debía a su conocimiento del aparato del Estado y a ciertas destrezas políticas: crear equipos, negociar.

¿Eso es política o gestión?
La izquierda mostraba esa sensibilidad hacia la intelectualidad porque confiaban en que les abriera perspectivas más allá de la gestión. Que fueran capaces de establecer prioridades en el marco global de la sociedad. Digo la izquierda porque los conservadores, precisamente por serlo, buscan evitar cambios.

 “En el diálogo hay que estar dispuesto a cambiar de opinión si los argumentos del otro son más consistentes”

Usted no es platónico, ¿cómo ve el diálogo?
Soy partidario del diálogo pero llama la atención que se haya acabado asociando diálogo a negociación. Una negociación es una transacción fruto del cálculo en el que se pondera en qué sale a cuenta ceder. El diálogo es esa situación, ideal, en la que uno va al otro con la actitud de dejarse convencer. Sin el riesgo de que el otro te convenza no hay diálogo. El diálogo tiene hoy mala prensa, sobre todo entre políticos que contemplan a los demás como amigos o enemigos. En el diálogo hay que estar dispuesto a cambiar de opinión si los argumentos del otro son más consistentes que los propios.
 
¿Eso no exige respeto al otro?
El otro es a veces visto como diferente a uno en todo. Que alguien sea de derechas o de izquierdas no supone que todo su pensamiento sea incompatible con el mío. Lo probable es que gente de diversas posiciones comparta cosas con otros. En la política y en la vida. Todos somos complejos y tenemos muchas piezas. Algunas son compatibles.
 
¿Hay vida de ideas en la política?
Hay un problema en la medida en que la práctica política se ha ido distanciando del discurso. Los políticos, al margen de sus relaciones con intelectuales, no se refieren a intelectuales. A veces, ni a ideas. En otro tiempo, los partidos mostraban desde su nombre su sesgo ideológico. Había trotskistas, maoístas, reformistas, liberales, socialdemócratas. El componente doctrinal formaba parte de su identidad. No es banal que algunas formaciones no aludan a su ideología en su nombre. Por ejemplo: El Olivo, en Italia. O, por seguir en Italia, que el Partido Democrático se llame así en una democracia no deja de ser una obviedad. No informa de nada.
 
¿Y de qué sirve que alguien se llame socialista si su práctica no lo es?
Eso se debe a que el lenguaje se está pervirtiendo a marchas forzadas. El discurso se está pervirtiendo. Me parece sorprendente que cierta izquierda hable hoy del sentido común. El sentido común es sospechoso. Todos hemos leído el texto de Foucault, Nietzsche, Marx, Freud. Pero es sospechoso no solo en clave filosófica, en todas las claves. Desde la filosofía de la sospecha, la característica del pensamiento crítico es no aceptar el sentido común.
 
¿Se ha entregado la izquierda a la publicidad y abandonado la pedagogía?
Es curioso; algunos de los diagnósticos de los años 60 con el tiempo han ido adquiriendo fuerza. Es obvio que se cumplen las previsiones de los situacionistas sobre la sociedad del espectáculo. Hoy son bastantes los pensadores que insisten en que la práctica política se ha ido espectacularizando. La política tiene que ver con cuestiones simbólicas más que con la gestión de lo
real. Pero sí, la izquierda ha ido abandonando la pedagogía. Y es un escándalo, sobre todo por su origen, en los partidos más a la izquierda. Partidos cuyos líderes han surgido de la universidad apenas se refieren a ella o a la educación.
 
Usted es federalista, ¿estará solo en el Congreso?
Creo que no. Hagamos un ejercicio retroactivo: ¿cuántos autonomistas había al principio de la Transición? Mucha gente tendía a pensar que una organización centralizada más bien jacobina y democrática era lo adecuado. Se crearon las autonomías y no hubo grandes tensiones. Pasar al Estado federal no es un salto de aventurerismo político. Hay constitucionalistas que sostienen que tenemos un Estado casi federal.
 
¿Cuántas veces le han preguntado qué es el federalismo?
Muchas. Y la respuesta es simple: lo que hay en la mayoría de países de nuestro entorno, como Alemania, Estados Unidos. Luego podemos entrar en detalles de competencias. La idea federal se entiende. A nadie le parece espantoso. Nadie pregunta a Obama si el federalismo allí es asimétrico o no. Y ya es poca asimetría lo de la pena de muerte.
 
En su último libro (Travesía de la nada, El Viejo Topo, 2016) ironiza sobre la incredulidad que provocan los candidatos. ¿Usted también?
Si algunos partidos, sobre todo de izquierdas, abren sus listas a no profesionales de la política es porque imaginan que, por las razones que sean, los partidos transmiten una imagen de maquinarias cerradas, con un lenguaje ortopédico y respuestas preestablecidas. Eso dificulta creer a ciertos políticos, incluso entenderlos. Nos invitan no porque seamos mejores, sino quizás porque hablamos claro. Un ejemplo. Un periodista me preguntó si sabía que puedo pasarme cuatro años en la oposición. Claro, le dije. Otro periodista me citó esa respuesta como falta de moral de victoria. Respondo al principio de realidad: no puedo decir en serio que no contemplo la posibilidad de perder. Si el entrenador de un equipo de fútbol dijera que está seguro de ganar todos los partidos, la gente pensaría que es un iluso.