20/9/2018
Literatura

El traje viejo del emperador

La novela de Martín Giráldez es un panfleto satírico contra los usos pueriles del castellano

Ana Llurba - 03/06/2016 - Número 36
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El traje viejo del emperador
Rubén Martín Giráldez. INGA PELLISA
Extraordinario.” “Conmovedor.” “Inclasificable.” “Vertiginoso.” “Una emocionante exploración de la condición humana.” “El secreto mejor guardado de la literatura de tal o cual país.” Contra estos y otros excesos de frases laudatorias, lugares comunes y adjetivos empalagosos que engordan el vasto mundo paratextual del ecosistema literario patea el tablero el tercer libro de Rubén Martín Giráldez —que tiene una larga trayectoria también como traductor— ya desde el título: Magistral.

Por su tema, una crítica a los pueriles usos contemporáneos de la lengua de Cervantes en la literatura española (“¿Qué son nuestros libritos? Nada de lo que haya que avergonzarse: productos de ocio, animales inanimados de compañía para la muerte”), es un panfleto satírico y agresivo con ánimo de agilizar la adormecida sinapsis del lector, presentado aquí como “probador de venenos”, “enemigo natural”, “bardólatra”, entre otros motes.

Estilización del idioma

Su potencial crítico reside en que, a diferencia de otros libros del género, como el corrosivo Contra los poetas de Witold Gombrowicz, no recurre solo a una retórica argumentativa sino que articula la teoría y la práctica de su crítica en su estilización extrema del castellano. Y lo hace respondiendo a la pregunta que él mismo formula: “¿La enunciación es menos elevada que la invención?”. La intención provocadora de su argumento se ejecuta,además, en una continua mutación sintáctica y léxica con momentos lúdicos de intensidad lírica: “Si no cambiamos de idioma, si no construimos algo irreconocible con otra boca, traerán a un tonto tirado por diez corceles ventoseándose con gran zurrido, haciéndose de su flatulencia, una flatumancia, condenando a otros también al flato, condenándolos a flato, a flato perpetuo, a flato perpetuitivo, a gasearse a caballo con ellos lo venidero, en gambito perfumante, las luces de gálibo, más necesarias que nunca, se revelarán inútiles”.

Magistral está enunciado desde un feroz narrador demiurgo, además hay juegos tipográficos y de diseño que alteran la lectura lineal, proponiendo alguna que otra puesta en abismo hipertextual.  Eso lo convierte en un artefacto vitriólico que, como el cristal, muta en diferentes formas según desde donde se mire. Sin embargo, al igual que el sentido original de “vitriolo” (antiguo nombre de sales que parecen de vidrio), esta alquimia discursiva corre el peligro de la fusión desbocada: puede provocar ácido sulfúrico y convertirse en lo que critica.

Cuatro objeciones

A pesar del despliegue de recursos estilísticos y de la brillantez del libro, he aquí las cuatro objeciones contra los presupuestos teóricos que subyacen en Magistral. De acuerdo con este incisivo libelo pareciera que la única salvación del español para encarnar y reanimar ese animalito moribundo cuya expresión “más alta” es la literatura sería, en primer lugar, la renuncia a la  mímesis, en unos amagos teóricos a lo Macedonio Fernández (“Este Estado es la desobediencia argumentada”), pero que no llegan a encarnar lo que se propone. Y sobre todo porque no distingue entre representación y realismo, y quizás este último sea más cancerígeno en la tradición literaria hispánica que la “Madre Mímica” a la que se refiere de manera elíptica e impresionista. Exhibe una visión estética limitada hacia la literatura en castellano peninsular (“la literatura no española es menos insumisa y disidente de lo que se cree, ya no es tan joven”), que, por supuesto, es solo una diminuta región en la que se escribe el tercer idioma más hablado del mundo. Esto, sumado a la insufrible devoción del narrador hacia Notable North American Women, la novela experimental de Ben Marcus, exponen un remedio muy reduccionista al problema: la mitomanía. Sí, los autores españoles leen poco y nada en otras lenguas, pero ¿la solución es empacharse de la “Boca Norteamericana” que glorifica el narrador? ¿Para qué? ¿Para escribir en una neolengua ripiosa, excitada y artificial, como si se estuviera traduciendo a sí mismo?

Por último, ¿no hay otra manera de expresar la rabia que no sea la escatología? Tampoco lo hace este panfleto de una hilarante fricción discursiva que demuestra que, efectivamente, el español peninsular no ha salido de la fase anal de Gracias y desgracias del ojo del culo de Quevedo. A pesar de coincidir con el diagnóstico que propone y de esperar que su gesto demoledor se contagie y que un ejército de “Magistrales” anide en las mentes obsesivas y autoconscientes de la propia lengua de los escritores futuros, no comparto los sobreentendidos que subyacen en él. Más allá de su lograda estilización técnica, a nivel argumentativo no expone nada que no sepamos, y sobrevive como gestualidad excesiva, como una mueca gastada en la que alguien señala, una vez más, el traje del emperador que ya no es nada nuevo.

Magistral
Magistral
Rubén Martín Giráldez
Jekyll & Jill, Zaragoza, 2016, 100 págs.