24/5/2017
Obituario

En memoria de Santos Castro

El pasado 24 de agosto falleció Santos Castro Fernández. Tenía 66 años y había desarrollado una personalidad brillante y seductora, por su gran cultura y su amabilidad, y también ejemplar, por su compromiso con la función pública, que él entendía como servicio a un proyecto ambicioso de modernización y de cambio social y como una responsabilidad que había que desempeñar con exigente rectitud.

Había nacido en un pueblecito de León, de la comarca de Maragatería, un rincón rural que abandonó temprano, pero al que siempre se sintió vinculado, con perseverante sentimiento de añoranza de aquel escenario de su infancia. Inició su educación en el seminario de Comillas, regido por los jesuitas. Allí adquirió una formación humanista muy completa y fortaleció su voluntad y su sentido del deber, que fueron rasgos indelebles de su carácter. Pero su destino no estaba en la carrera eclesiástica y cuando terminó sus estudios, cambió de rumbo, vino a Madrid  y con gran facilidad cursó y completó con éxito en la Universidad Complutense y en la de Alcalá cuatro licenciaturas y una diplomatura. Era licenciado en Filosofía y Letras, en Ciencias Políticas y Sociología, en Geografía e Historia y en Derecho y diplomado en Sociología. Y con ese bagaje tuvo oportunidad de colaborar con la Universidad Complutense como profesor encargado de Historia de la Sociología y también de Historia de las Ideas Políticas. En esas circunstancias, la carrera académica parecía su destino natural,  por su talento y su amplia formación. Pero prefirió participar más activamente en el cambio político y social de principios de los 80, con voluntad de contribuir a la modernización general de España desde la función pública. La vía que escogió fue la del Cuerpo Superior de Administradores Civiles del Estado, que le llevó a desarrollar una carrera de alto funcionario y a intervenir en las políticas públicas y en la reforma de la Administración en distintos campos.

Fue secretario general del INI, bajo las presidencias de Luis Carlos Croissier y de Claudio Aranzadi, y casi 20 años más tarde volvió al ámbito de la empresa pública, como secretario general del grupo TRAGSA, que contribuyó a potenciar como instrumento empresarial del Estado para ejecutar tareas y obras relacionadas con el medioambiente, las infraestructuras, el agua o los servicios agropecuarios.

Entendía su compromiso público como un servicio al proyecto de cambio social y modernización

También ejerció altos cargos en el seno de los departamentos ministeriales: al final de los 80 fue nombrado director general de servicios del Ministerio de Industria, y su buen desempeño de esa responsabilidad hizo que fuera reclamado, a principios de los 90, para el cargo de secretario general técnico del Ministerio de Defensa, departamento encabezado entonces por el ministro Julián García Vargas y en el que Gustavo Suárez Pertierra era secretario de Estado. Y ese paso fue decisivo en la carrera de Santos Castro, porque le puso en contacto con un ámbito que acabaría convirtiéndose —con distintas interrupciones e idas y venidas— en prioritario para él. Y es que la administración de la Defensa era terreno propicio para que desplegara sus competencias profesionales y su reflexión de historiador. Por eso retornó al mismo en distintas ocasiones: la primera vez, cuando Eduardo Serra era ministro, como vocal asesor y después como subdirector general; la segunda ocasión fue en el periodo de José Bono, para desempeñar el cargo de director general de Reclutamiento y de Enseñanza Militar —y entonces tuvo un papel clave en la redacción de la nueva Ley de Tropa y Marinería de 2006, que ha sido el marco que ha permitido superar la crisis de reclutamiento que afectó a las Fuerzas Armadas después de la suspensión del servicio obligatorio—; su tercer retorno fue como director general de Relaciones Institucionales en la época de la ministra Carme Chacón, y desde ese puesto impulsó y supervisó la apertura del Museo del Ejército en Toledo, en un proceso no exento de conflictos por su voluntad de asegurar un discurso museográfico despojado de cualquier convalidación implícita de la dictadura; por último, Santos Castro regresó a Defensa en la etapa del ministro Pedro Morenés, como asesor del Instituto Español de Estudios Estratégicos, un centro que él había potenciado desde sus anteriores responsabilidades, que ha publicado destacados trabajos suyos —como un ensayo sobre la Realidad Histórica de Europa— o coordinados por él —como un cuaderno de estrategia sobre seguridad alimentaria y seguridad global—.

Además del Ministerio de Defensa, el recorrido de Santos Castro por la Administración del Estado abarcó otros departamentos. En el Ministerio de Agricultura fue donde ejerció el cargo de mayor relevancia jerárquica, porque fue nombrado subsecretario, cuando era ministro Luis María Atienza, y se ocupó entre otros asuntos de las complejas negociaciones con los sectores agrarios y pesqueros. Tuvo también experiencia en la función pública internacional, como subdirector para Europa de la Organización de las Naciones Unidas para la Agricultura y la Alimentación (FAO), con sede en Roma, lo que le ofreció además la oportunidad de satisfacer su profundo deseo de historiador, de sumergirse en el pasado grandioso y en las artes de la capital italiana. En el Ministerio de Cultura, dirigido por Ángeles González Sinde, fue nombrado director general de Política e Industrias Culturales —para lo que le avalaba no solo su extraordinaria formación académica, sino también su experiencia, durante tres años, como director de Relaciones Institucionales de la SGAE—. Y en ese cargo del Ministerio de Cultura tuvo una responsabilidad primordial en la reforma de la Ley de Propiedad Intelectual para reforzar la protección de este derecho en la era digital.

Su memoria debe ser públicamente recordada por todos estos méritos y servicios, pero quienes tuvimos la suerte de conocer de cerca a Santos Castro le recordamos también con nostalgia de su profundo sentido de la amistad, de su conversación animada, inteligente y culta, de su inagotable curiosidad y de su entusiasmo vital. Damos de ello testimonio y manifestamos nuestro pesar a su hermana y a su familia y también a Elena, que fue su esposa, con la seguridad de que ese sentimiento es compartido por los buenos amigos y amigas que le rodearon en las distintas etapas de su vida. Todos están convocados al acto de homenaje que se celebrará el próximo 10 de octubre en el Instituto Universitario General Gutiérrez Mellado.