20/7/2019
Opinión

Europa y los refugiados

Ni los gobiernos de los Veintiocho ni las instituciones comunes han respetado lo que el derecho concede a hombres y mujeres que desean poner a salvo sus vidas y las de los suyos

Editorial - 18/09/2015 - Número 1
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La Unión Europea se dispone a gestionar la llegada masiva de refugiados procedentes de Siria, Irak y Afganistán como un problema de cifras cuando, en realidad, se trata de una cuestión de concepto. Han debido transcurrir largos meses, y ocurrir incontables tragedias, para que los gobiernos y las instituciones comunes tomaran conciencia de que los conflictos que devastan la orilla sur del Mediterráneo afectan a Europa y de que las personas que huyen de una guerra no son inmigrantes a los que hay que aplicar las inicuas leyes de extranjería en cuyo endurecimiento tanto compitió el electoralismo de los líderes europeos, sino refugiados para los que el derecho internacional exige acogida y protección.   

Europa quería construirse como unidad política desde el derecho y mediante el derecho, y lo que está demostrando esta crisis es que el compromiso era solo condicional. Ni los gobiernos de los Veintiocho ni las instituciones comunes han respetado lo que el derecho concede a hombres y mujeres que desean poner a salvo sus vidas y las de los suyos. 

Tampoco están siendo capaces de exigir, siquiera por pudor, el cese de las exacciones contra los refugiados de gobiernos que, como el de Hungría, aspiran a convertirse en adalides de la xenofobia en Europa.

La crisis de los refugiados remite, desde otro ángulo, a los errores diplomáticos y militares cometidos desde hace una década. En dos de los conflictos de los que huyen los refugiados, el de Irak y el de Afganistán, algunos gobiernos europeos tuvieron responsabilidades directas. Respecto al tercero, el de Siria, conviene recordar que quienes hoy buscan refugio se manifestaron pacíficamente durante un año sin que nadie, tampoco Europa, les prestara ayuda mientras Bashar al Asad los masacraba. Al cabo de ese año irrumpió el yihadismo con los primeros atentados en Damasco y Siria se convirtió en uno de sus más rentables teatros militares. 

La Europa que asistió impertérrita a la asfixia de las primaveras árabes entre dos fuegos cruzados, el de los tiranos y el del yihadismo, pretende hoy desentenderse también de sus víctimas. Lo que cabría esperar de ella es exactamente lo contrario: que honrase las leyes humanitarias y que se implicase decididamente en la búsqueda de una salida para esos conflictos.