14/12/2018
Literatura

Fábulas crueles y delicadas

La escritora suiza se mueve entre dos idiomas, el italiano en el que escribe y el alemán de sus lecturas de formación

Ana Llurba - 02/10/2015 - Número 3
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Fábulas crueles y delicadas

Como si fuera una inspectora clínica de la intimidad, de los ritos iniciáticos en la vida adulta y de los contradictorios vínculos familiares, Fleur Jaeggy (Zúrich, 1940), residente en Italia, ejerce su oficio con  una inclemencia elegante y minimalista. Se caracteriza por la creación de fábulas crueles a la vez que delicadas, como si fueran pequeños artrópodos a los que convierte con su pluma en objeto de una inspección minuciosa. Sugiere los secretos que esconden bajo su exoesqueleto y sus apéndices móviles, al ritmo de las teclas de su vieja máquina de escribir color verde pantano o su Remington negra, las que aún usa para escribir, según le contó a Andrés Barba en una de las pocas entrevistas en castellano que se conocen de ella. 

A pesar de que el alemán es la lengua de su infancia y de su formación cultural, Jaeggy escribe en italiano y hace décadas que vive en Milán. Ha traducido a Marcel Schwob, Thomas de Quincey y John Keats (sobre quienes escribió el ensayo biográfico Vidas conjeturales, Alpha Decay, 2013), ha trabajado en la editorial Adelphi junto a Roberto Calasso y ha colaborado con el cantante Franco
Battiato bajo el seudónimo de Carlotta Wieck. Fue amiga de la poeta Ingeborg Bachmann y es una lectora devota de autores místicos como Ángela de Foligno o Emanuel  Swedenborg . Le gustan las arañas.

La iniciación 

En su obra predominan las protagonistas niñas-adultas, sin edad específica, preadolescentes sin futuro fijo ni destino, hijas sin linaje, casi siempre aisladas en hospitales, clínicas de reposo o internados para señoritas, encaminadas de una manera intuitiva pero inexorable hacia una tragedia siempre latente, sugerida pero nunca demostrada. Esto es lo que caracteriza a Lung —la protagonista de El dedo en la boca (Alpha Decay, 2014), su primera novela—, una adolescente que observa su entorno anclada en un compulsivo tic de la infancia. Es lo que identifica también a la anónima  protagonista de Los hermosos años del castigo (Tusquets, 1991), que relata las rutinas en un internado suizo —cerca del hospital psiquiátrico donde murió el escritor Robert Walser— dejando caer en la primera página de esta novela iniciática la estrecha relación entre la locura y las estrictas rutinas institucionales a las que son sometidas las jóvenes de clase alta para convertirse en educadas amas de casa. Dentro de esta temática también se incluye la peripecia vital de la protagonista de Proleterka (Tusquets, 2004), una joven que acompaña a su casi desconocido padre en un crucero por el mar Adriático y que se iniciará en la vida adulta a través de diferentes experiencias sexuales casuales con la tripulación. 

En sus textos aparece casi siempre la muerte: al comienzo de Proleterka (galardonada con el Premio Viareggio 2002, uno de los más codiciados de Italia), la protagonista habla de su pertenencia a una dinastía de suicidas. En Los hermosos años del castigo la idea del suicidio y una mención al poeta Novalis sobrevuelan una conversación de la protagonista con Frédérique, la amiga hacia la que se siente atraída de una manera fascinante. También en El dedo en la boca el personaje principal especula sobre eso.  

En sus historias, la muerte desmantela la idea de la infancia y la primera juventud como edades doradas

En sus historias, el conocimiento de la muerte constituye el desmantelamiento de la idea de la infancia y la primera juventud como edades doradas: “Aquella noche los juguetes ya no fueron un culto de muertos, sino muñecas que destripar, que destruir con suavidad. Las vistieron y desvistieron, también la señora se quitó el vestido. Jugaron a ser felices. La felicidad hería como un hierro candente”, escribe en “Sin destino”, uno de los relatos de El temor del cielo (Tusquets, 1998). La sutileza de Jaeggy está en sugerir un ensalzamiento romántico de la muerte y en recurrir a él como huella del desencanto que acompañará a sus atribulados personajes de una manera precoz a lo largo de sus vidas.

Una tragedia llamada familia

Un padre y una hija comparten un camarote en un crucero por las islas griegas, aunque apenas se conocen. Una adolescente se siente abandonada por una madre ausente que le impone aprender alemán en un internado suizo. Otra madre intenta dar en adopción a su hija a sus patrones ricos, pero después se arrepiente y recuerda este error dos décadas más tarde. Dos gemelos que mantienen una relación de simbiosis inquietante vuelven a la casa de sus padres ya fallecidos. Una sumisa esposa quiere demostrarle a su marido que es capaz de matar. Las tramas de Jaeggy, tanto en sus novelas como en los relatos, expresan con inquietud las complejas relaciones familiares. Con una capacidad de observación casi antropológica, analiza los determinismos biológicos de esa institución social llamada familia desde sus cotidianas contradicciones, sus arbitrarios lazos y sus involuntarios errores. Predominan los integrantes de familias desestructuradas, marcadas por el suicidio o el abandono de alguno de sus miembros: “Los niños se desinteresan de los padres cuando se les abandona. No son sentimentales. Son pasionales y fríos. En cierto modo, algunos abandonan los afectos, los sentimientos, como si fueran cosas. Con determinación, sin tristeza. Se vuelven extraños. A veces enemigos”, dice la protagonista de Proleterka al recordar a su padre, que la abandonó en la casa de la infancia.

Jaeggy analiza la institución familiar con una capacidad de observación casi antropológica

En El ángel de la guarda (Tusquets, 1974), Jane y Rachel, dos niñas de 5 y 7 años, hermanadas por el siniestro misterio del espejo y el doble, son las protagonistas de esta novela sin argumento. Viven en una casa que, algunas veces, parece embrujada y experimentan y se preguntan por cuestiones metafísicas y también algo banales. Su única conexión con el mundo exterior es Botvid, una inestable figura masculina, especie de tutor, padre, amigo o criado. 

La escritura intensiva 

Ninguno de sus libros (cinco novelas y un libro de cuentos, hasta la fecha) pasa de las 150 páginas. Sus estructuras son quebradizas,
desencajadas, y obligan a apreciarlas en cada uno de sus fragmentos, como la densidad poética y filosófica de este en Proleterka: “No pienso en nada. La nada es materia de pensamiento. Seres, voces autónomas, memorias desenterradas acompañan el chapotear del agua. La nada no está vacía. Como de las garras de un predador en vuelo, los pensamientos caen en nuestra mente cuando tenemos la certeza de no estar pensando”. En sus novelas y relatos parece que no haya trama, nudo o argumento. Lo que cuenta son sus frases, de una impecable precisión poética, que alimentan sus narraciones sin acción, estáticas, de anécdotas abstractas. 

Otro aspecto que caracteriza su estilo es que el contexto cultural de sus narraciones (la Suiza de su infancia y primera juventud) es diferente del lingüístico. A pesar de sus personajes fuertes, la constante presencia del invierno y los paisajes de montaña y la evidente influencia de la tradición literaria suiza y alemana (En Los hermosos años del castigo no solo recrea su infancia  sino que además rinde homenaje a Jakob von Gunten de Robert Walser), Jaeggy no escribe en alemán sino en italiano. Y tal vez por eso, a diferencia de Natalia Ginzburg o Elsa Morante, es una escritora difícil de encasillar en el canon de la literatura italiana. 

Cuando Susan Sontag la presentó en 2003, en la Casa de Italia en Nueva York, dijo que era “radical, emocionante y cosmopolita”. Está situada junto a Vladimir Nabokov, Joseph Conrad, Samuel Beckett o Kafka en la tradición del autoexilio lingüístico. Esa decisión la hermana con la escritora húngara Agota Kristof (que escribió lo mejor de su obra en francés durante su exilio en Suiza), cuando recurre a las frases cortantes. Jaeggy no se presenta con una sola palabra innecesaria para ejercer una extrema libertad intelectual y estética en una lengua extranjera.

 

Ironía y éxtasis contemplativo

Ana Llurba

“El dolor, la ralentización de la vida, hacen que el tiempo parezca demasiado largo.” Así comienza Las estatuas del agua, la tercera novela de Fleur Jaeggy. Es la historia de Bleekam, un solitario coleccionista de estatuas que vive en un sótano invadido por el agua en Ámsterdam. En sus paseos junto a su fiel criado, Bleekam recuerda, con una cierta indolencia contemplativa, la tirante relación con su padre o el velatorio de su madre a través de implacables observaciones sobre las conductas de los adultos ante el duelo, desmontando la presunta inocencia infantil ante la muerte. La soledad extática y contemplativa también es lo que caracteriza a Katrin, con quien Bleekam se encuentra cuando abandona de manera intempestiva su sótano inundado y su insólita colección. Dedicada a la poeta austríaca Ingeborg Bachmann, esta singular novela de prosa hermética podría dar cuenta de la potencial “angustia de las influencias” que esta relación imprimió en la obra de Jaeggy. 
Su narrativa exhibe una precisión poética y un minimalismo expresivo que postergan el relato para expresar la crudeza de la vida, el paso del tiempo y, sobre todo, la aguzada actividad contemplativa sobre los protocolos sociales que sus personajes formulan con una ironía malvada.
En su inquietante recreación de la soledad y el éxtasis contemplativo, en Las estatuas del agua se respira ese cuestionamiento perpetuo de las propias ideas traducido en una relación salvaje e intuitiva con el lenguaje, el legado filosófico de la ironía romántica que sobrevuela toda su obra. 

Las estatuas
de agua

Fleur Jaeggy Traducción de Mª Ángeles Cabré Barcelona, 2015,

112 págs.