18/11/2019
Política

Felipe, el acompañamiento y la tutela

Sánchez, el Comité Federal y la disyuntiva diabólica 

Editorial - 08/07/2016
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Las elecciones del pasado 26-J han reiterado la fragmentación del mapa político español. Los ciudadanos han vuelto a colocar a los partidos, viejos y nuevos, frente a la necesidad de pactar; primero para que pueda salir adelante una investidura y, después, durante una legislatura que se adivina corta, para poder desarrollar la normal tarea legislativa del gobierno. La responsabilidad recae, en primer término, en el partido que ha ganado las elecciones: debe ser Rajoy el que, con encargo del rey o sin él, se apresure a buscar los pactos que le permitan alcanzar los votos necesarios para ser investido presidente y luego gobernar. En eso parece que está, al ritmo cansino al que el presidente en funciones nos tiene acostumbrados.

En este proceso, las matemáticas acaban situando al Partido Socialista en un papel central. Tienen razón los socialistas cuando se quejan de la conversión paulina de muchos de los que despreciaron su pacto con Ciudadanos en la minilegislatura anterior y se cuidaron de aconsejar al PP una abstención que hubiera favorecido la gobernabilidad de España y ahora caen con estrépito contra el PSOE para que permita el gobierno de Mariano Rajoy. Pero eso no resuelve la difícil situación en la que se encuentran. Que puede acabar ante una disyuntiva diabólica: dejar gobernar al PP o decidir con su negativa la convocatoria de unas nuevas elecciones generales.

Se comprende que puestas así las cosas, el debate se haya instalado en las filas socialistas. Un debate contaminado además por la cercanía del reiteradamente aplazado congreso federal. Fieles a su inveterada costumbre los socialistas no han dudado en acudir a la cita con los micrófonos. Y en eso estábamos cuando Felipe González decidió dar su opinión. Vaya por delante que está en su derecho de hacerlo; es más, es incluso su responsabilidad tanto orgánica, ha sido secretario general del PSOE durante muchos años, como institucional, ha sido el presidente del Gobierno de España con más años de ejercicio. No obviemos tampoco que la opinión expresada por Felipe González no lo es solo sobre lo que puede o debe hacer su partido en la actual coyuntura política.

En efecto, el análisis del expresidente es mucho más rico e incluye interesantes reflexiones sobre lo que debería hacer, por ejemplo, Mariano Rajoy. Pero todo eso no puede ocultar que la aparición del líder más carismático que el PSOE ha tenido nunca, ha producido algunos efectos colaterales, digamos indeseables. En primer lugar, para su actual secretario general cuyo incomprensible mutismo ha quedado más patente si cabe, y cuyo margen de maniobra paradójicamente puede haberse achicado. Pero también, sobre el comité federal, que se reúne mañana, muy tocado desde que la actual dirección del PSOE decidera arrebatarle la competencia de opinar y decidir sobre los pactos electorales para dársela a la militancia.

Es evidente, que la opinión de Felipe González, expresada además, con un acompañamiento mediático inusitado, va a revolotear sobre las cabezas de los dirigentes socialistas en la reunión de mañana generando una incómoda sensación de órgano tutelado. Como suele suceder en política los tiempos y las formas condicionan el fondo. Quizá una opinión tan relevante con la de Felipe González hubiera merecido un marco y un momento más apropiado. Para ser más útil a su partido y a su país.