16/1/2021
Teatro

Final de partida

Reikiavik recrea la partida de ajedrez que enfrentó a Boris Spassky y a Bobby Fischer en 1972 y que se llenó de connotaciones ideológicas

Martín Schifino - 16/10/2015 - Número 5
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Tom Stoppard declaró una vez que escribía teatro porque el diálogo era la manera más respetable que tenía de contradecirse. Se diría que Juan Mayorga (Madrid, 1965) escribe teatro porque la forma dialogada le permite discutir consigo mismo, no expresamente en pos de la contradicción, aunque sí de la complejidad especulativa. 

Tan solo en los últimos años hemos visto imaginadas en sus obras discusiones tan diversas como la de Teresa de Jesús con su confesor (La lengua en pedazos), la de un profesor de literatura con su alumno estrella (El chico de la última fila) o la de un dramaturgo con su crítico más feroz (El crítico). En cada una de ellas el enfrentamiento se juega en varios niveles, aunque quizá ninguno pese tanto como el simbólico, donde los personajes juegan a definirse y a definir su mundo.  

Se diría que Juan Mayorga escribe teatro porque la forma dialogada le permite discutir consigo mismo

Enérgico pas de deux de ideas y relatos, Reikiavik gira en torno al “match del siglo”, como se ha llamado la partida de ajedrez que, en 1972, disputaron en la capital islandesa el campeón ruso Boris Spassky y el retador norteamericano Bobby Fischer. Dadas las fechas y las nacionalidades, la competición fue considerada histórica ya antes de que se moviera una sola pieza. Pero a la tensión política se sumó la personalidad de Fischer, un genio maleducado, insolente y tornadizo que atosigó a los organizadores con exigencias disparatadas, desplegó estrategias de intimidación incluso fuera del tablero y hasta amenazó con retirarse del torneo sin siquiera empezar. 

Dicho de otro modo, un juego famoso por su abstracción matemática se llenó de connotaciones ideológicas y drama humano. 

Atenta a ambas esferas, la obra de Mayorga no solo va más allá de la realidad histórica, sino que investiga los modos en que nos relacionamos con la historia, en particular cuando la convertimos en leyenda. Los protagonistas no son Fischer y Spassky, sino dos hombres cualesquiera, de los que no conocemos gran cosa y que se hacen llamar Bailén (Daniel Albaladejo) y Waterloo (César Sarachu). El guiño napoleónico de los apodos sugiere que son dos derrotados, aunque a ambos les atrae la épica. 

La obra investiga cómo nos relacionamos con la historia, en particular cuando la convertimos en leyenda

Hay además un tercero, llamado solo “muchacho” (Elena Ramos), que les presta oído mientras ellos recrean la historia “haciendo de” Fischer, de Spassky, de su esposa, de diversos entrenadores, guardaespaldas, representantes y hasta de Henry Kissinger, quien, según se cuenta, en un momento levantó el teléfono y diplomáticamente le dijo a Fischer que se dejara de tonterías y jugara de una vez “contra los rusos”.   

Lo que todo lo anterior supone para los actores, en particular Sarachu y Albaladejo, es una multiplicación permanente, un registro amplísimo y una actividad a menudo frenética, que viene a ser lo contrario del estatismo asociado con el ajedrez. La escena representa un parque casi vacío, y hay una mesa con piezas y un tablero, pero los personajes apenas se sientan a mirar las piezas. Tampoco sus movimientos son gratuitos. Con las sobrias proyecciones de Malou Bergman y el sonido circunstancial de Mariano García se crea una atmósfera doblemente ficticia, donde todo es teatro, pero que a la vez indica realidades sensibles como la decadencia, las dificultades cotidianas, las amistades truncadas o el paso del tiempo. 

Se cuentan, claro, muchas anécdotas sobre la contienda de Reikiavik, y el trabajo de documentación y dramatización de los hechos es admirable. Pero, tal como sugiere en el final el muchacho, en la representación entra también “la partida de nuestras vidas”. Y es en parte por ello que el texto nos mantiene en vilo durante una hora y tres cuartos. Esta obra fuera de lo común, expertamente dirigida por el autor, nos ofrece un enfrentamiento que al cabo es un encuentro.   
 

Reikiavik

Texto y dirección de Juan Mayorga. Con Daniel Albaladejo, Elena Ramos, César Sarachu. CDN Valle-Inclán, hasta el 1 de noviembre.