15/9/2019
Literatura

Francisco Casavella. El bailarín siempre tiene razón

Formó parte de la generación que aportó un cambio de aires a la narrativa española. Se reedita la novela en la que asumió más riesgos

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Francisco Casavella. El bailarín siempre tiene razón
Ilustración de Miguel Gallardo, basada en una fotografía de Daniel Mordzinski. DESTINO
Nadie ha contado mejor que François Truffaut en  Los cuatrocientos golpes el descubrimiento de los encantos, los peligros y los espejismos de la gran  ciudad, cuando Antoine Doinel se escapa del colegio y se lanza a las calles de París en busca de aventuras y en busca también de sí mismo. Francisco Casavella (Barcelona, 1963 - 2008) tenía 16 años cuando descubrió de verdad su ciudad, Barcelona. Trabajaba de botones en un banco (fue el último botones de La Caixa) y tardaba tres horas en hacer recados que no le llevaban más de 10 minutos. El resto del tiempo lo invertía en callejear y olisquear todos los rincones.

Aquel chaval, hijo del Poble Sec, no se apellidaba Casavella sino García Hortelano y tuvo una revelación el día en que cayó en sus manos la novela de un escritor cuyos apellidos coincidían con los suyos. El gran momento de Mary Tribune, de Juan García Hortelano, le hizo experimentar un placer y una emoción muy superiores a los que le procuraban las revistas golfas que constituían hasta entonces su única lectura. La asociación de apellidos no le convirtió en escritor sino en lector. Y por respeto al autor de Gramática parda cambió de apellido cuando, a los 27 años, saltó a la pista de baile literaria a ritmo de rumba con El triunfo (1991), la novela con la que debutó.

Huía del aburrimiento, de la monserga, de la pedantería, de los dogmas y de la mera divulgación

Casavella pertenecía a una generación que aportó a la novela española, además de un cambio de aires, un cambio de música. Hasta que aquellos jóvenes irrumpieron en la escena literaria en los años 90 lo más moderno que se oía en las novelas españolas era el jazz de Antonio Muñoz Molina en El invierno en Lisboa. A Casavella, Ray Loriga, Félix Romeo, Lucía Etxebarría, Benjamín Prado, José Ángel Mañas, Ismael Grasa y Julián Rodríguez les debemos que introdujeran el rock, el punk, el pop y el grunge en una novelística que presumía de moderna a pesar de estar, en términos musicales, bastante descolgada de su época.

Una generación de escritores

Algunos miembros de la llamada Generación X, como Loriga, Romeo, Prado o Mañas, parecían, más que escritores, músicos de rock. Fue emblemática la portada de la primera novela de Loriga, Héroes (título tomado de un disco de David Bowie), publicada por Plaza & Janés, en la que el escritor posaba como una rock star. Los tiempos habían vuelto a cambiar. Romeo, en sus primeras crónicas, mezclaba, con total naturalidad, los relatos de Bukowski con las canciones de Gabinete Caligari. Loriga escribía la letra de alguna canción, como “Señorita”, para su pareja, la cantante Christina Rosenvinge. Y en 1984, con 21 años, Casavella se estrenaba como crítico musical con un examen del pop catalán escrito en un tono gamberro, fanzinero, lleno de guiños y de sonrisas ácidas, un código juvenil que poco tenía que ver con el atildamiento literario y la severidad ideológica que vertía en sus colaboraciones en prensa la mayoría de los representantes de la “nueva narrativa” que triunfaban en aquellos años.

Tras la publicación de Un enano español se suicida en Las Vegas (1997) y El secreto de las fiestas (1997), Casavella se desmarcó de su generación con una novela en la que asumió muchos riesgos y que Mondadori publicó en 2002 y 2003 en tres entregas (Los juegos feroces, Viento y joyas y El idioma imposible), pese a que él la consideraba una única novela, entre otras razones porque solo había cobrado por ella una vez. Años después El día del Watusi apareció en un solo volumen en Destino y ahora Anagrama ha vuelto a resucitar al Watusi. Aunque lo cierto es que no estaba muerto: estaba de parranda.

Casavella articulista

El camino más excitante para llegar a El día del Watusi es el que atraviesa los artículos, las crónicas y los ensayos que Casavella publicó en distintos periódicos y revistas y que Galaxia Gutenberg reunió, en 2009, en un volumen cuyo título sintetiza su ideario estético y su programa vital: Elevación, elegancia y entusiasmo. Su prologuista, Jordi Costa, consideraba el libro, con toda justicia, una “forma civilizada de autobiografía”.

A diferencia de tantos escritores de periódico que escriben un artículo tras otro sobre la misma plantilla y repitiendo los mismos tics, Casavella no escribió dos iguales. Cada uno suponía para él un reto y un divertimento. Elevación, elegancia y entusiasmo es una exhibición de rebeldía, de irreverencia y de buena puntería, la forja de un novelista que, para serlo, bebió en las barras de todos los bares, desde las coctelerías de la alta cultura a las tascas de la cultura popular, y que se reía con carcajadas feroces de cuantos se dejan llevar por la pegajosidad de las canciones idiotas y de los lugares comunes.

Como buen autodidacta, Casavella compensaba su falta de formación académica con una gran intuición, un enorme descaro y una mirada que pulverizaba los fundamentalismos estéticos. Huía del aburrimiento, de la monserga, de la pedantería, de los dogmas y de la mera divulgación. Cuestionaba por sistema las ideas recibidas. Sabía que para ganarse la complicidad del lector tenía que apostar fuerte en cada partida y no jugar nunca con las cartas marcadas de los críticos tramposos y perezosos. El Casavella articulista no solo compartía con el lector sus entusiasmos literarios, cinematográficos y musicales sino que le invitaba a sumarse a una fiesta en la que él ponía la música, con su prosa espídica, y la bebida, bien cargada de paradojas, como a él le gustaba.

La gran novela barcelonesa

Demasiados escritores estadounidenses compiten por ver quién consigue hacer la gran novela americana y subirse al podio de los “grandes narcisistas masculinos”, como llamó David Foster Wallace a la tríada formada por Roth, Udkipe y Mailer en referencia a la excesiva y anacrónica importancia que los tres machotes le concedían a su “yo libidinoso”. En España la competición se reduce al área metropolitana de la ciudad condal y está menos cargada de testosterona. Son unos cuantos los escritores que han obtenido el premio a la gran novela barcelonesa. Marsé, por dos veces, con Últimas tardes con Teresa y Si te dicen que caí. Josep Maria de Sagarra con Vida privada. Mercè Rodoreda con La plaça del Diamant. Eduardo Mendoza con La ciudad de los prodigios. Vázquez Montalbán con El pianista. Ignacio Martínez de Pisón con El día de mañana. O Sergio Vila-Sanjuán con Una heredera de Barcelona. En tan ilustre nómina, El día del Watusi brilla con una luz especial, en parte por la aureola que rodeaba a Casavella ya antes de su muerte a los 45 años.

Novela de novelas, El día del Watusi bebe de numerosas fuentes y se dispara en múltiples direcciones, jugando al despiste y repeliendo las etiquetas simplificadoras. La primera parte, Los juegos feroces, es una balada de gamberros, ceñida al formato clásico del Bildungsroman, con la particularidad de que en este caso se trata de un Bildungsroman quinqui. Casavella, que decía haber sido chulo antes que escritor, conocía bien los bajos fondos, el hampa del extrarradio, los códigos callejeros e incluso el idioma caló. En los últimos residuos del chabolismo, en la Barcelona del Torete y el Vaquilla y en la Barcelona canalla y yonqui del barrio Chino, sus personajes se mueven como peces mutantes en un charco de agua sucia, transmitiendo más autenticidad que cuando se pasean por los salones de las altas esferas devorando canapés, esnifando cocaína servida en bandejas de plata y sacudiendo los manteles para recoger las migajas después de que los dueños de la ciudad se hayan repartido el pastel de la especulación inmobiliaria y otros no menos suculentos.

Fernando Atienza es el encargado de redactar un Informe Confidencial que arranca el 15 de agosto de 1972, cuando dos niñatos, él mismo y Pepito el Yeyé, son “aplastados por la Historia en el basurero de las ficciones”. Atienza es un arribista en la estela del Pijoaparte y de Onofre Bouvila, un pícaro moderno que va a recibir tantos palos como los pícaros clásicos del siglo de oro en su ascensión por la cucaña social.

La segunda parte de la novela, Viento y joyas, título sacado de una canción de aquel anarquista elegante y rabioso que fue Leo Ferré, sigue siendo una novela de iniciación. Ha cambiado el escenario porque Atienza y su madre se han mudado de barrio, y ha pasado el tiempo. En el camino Atienza ha aprendido algunas cosas, como que “los poderosos, en su poder relativo, viven del fraude”, un fraude que “consiste en hacer pensar a los demás que pueden ser mucho más peligrosos, fuertes, astutos e inteligentes de lo que son”.

Es en El idioma imposible, la última y la más metaliteraria de las tres partes, donde Casavella deja caer una probable genealogía de su novela, mencionando Bel-Ami, El gran Gatsby, Últimas tardes con Teresa, Memorias y aventuras de Barry Lyndon, Las jóvenes y las Memorias de Casanova.

La identidad

Sin embargo, El día del Watusi es también una sátira posmoderna dirigida contra el corazón burgués de Barcelona y las familias que lo custodian. Todos los personajes tienen algo de grotesco y todas las situaciones se desenvuelven en un ambiente de farsa que a menudo roza el delirio. Y es una novela sobre la paranoia, tema que a Casavella le obsesionaba, como a Philip K. Dick.

Fue otro de los gigantes de la ciencia ficción, Stanislaw Lem, quien le hizo ver a Casavella que los grandes temas de nuestra época son la identidad, el simulacro y la conciencia vulnerable, y cómo esos atributos afectan a la vigencia de nuestra idea de realidad. Y esos tres temas también alimentan el fuego en el que arde, sin consumirse, El día del Watusi.

La figura legendaria del Watusi es una versión gamberra de Kurtz, el protagonisat de El corazón de las tinieblas, y, como el personaje de Conrad, simboliza la ambigüedad de los mitos y la locura del mundo. Pero también es la representación fantasmagórica del hombre moderno que a este país cuaresmal y en permanente estado de cabreo no llegó hasta la Transición. Contaba Enrique Vila-Matas que en su camino al colegio pasaba todos los días frente a un estudio de grabación del que un día vio a salir a los miembros de Los Sirex. Al jovencito Vila-Matas le sorprendió la forma en que aquellos tipos caminaban. Nunca había visto caminar a nadie así en la Barcelona de su infancia. Caminaban como si bailaran, igual que el Watusi.

Casavella tenía muy claro que el mayor secreto del arte narrativo es el tiempo, “convertir tiempo ficticio en ilusión de realidad, potenciar una noción de eternidad”. El día del Watusi es una demostración de potencia estilística y una lección de astucia narrativa. Tiene el aliento de una novela clásica y las aplicaciones de una novela posmoderna. Su ritmo, y esto no es lo menos importante, no decae.

El día del Watusi es una demostración de potencia estilística y una lección de astucia narrativa

En 1990, casi 25 años después de la publicación de Últimas tardes con Teresa, Juan Marsé publicó un artículo en El País en el que se imaginaba al Pijoaparte recibiendo la noticia de la demolición de las últimas barracas del Carmel y zarandeado por tantas falacias. Marsé preguntaba a su personaje si aquella ciudad que se operaba la cara a golpe de excavadora y ponía a enfriar las botellas de cava para la inminente celebración de los Juegos Olímpicos no era un espejismo. Por desgracia, Casavella no está aquí para decirnos cómo reaccionó Fernando Atienza, otro charnego solitario, al ver a Jordi Pujol y al mayor de sus hijos imputados por blanqueo de bienes. Pero es muy probable que Atienza recibiera la noticia con el mismo escepticismo que el Pijoaparte.

El día del Watusi
El día del Watusi
Francisco Casavella
Anagrama,
Barcelona, 2016,
896 págs.