13/11/2019
Ciencia

Hacia el fin del Ártico

Los científicos, nuevos exploradores, recogen datos para tratar de comprender el funcionamiento global de la región y cuáles serán las consecuencias planetarias del deshielo

Toni Pou - 23/10/2015 - Número 6
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Hacia el fin del Ártico
Hielo al oeste de la Isla de Banks (Canadá). Toni Pou

A bordo de un rompehielos de 6.000 toneladas y 18.000 caballos uno tiene la sensación de que puede llegar a cualquier rincón del océano Ártico. Desde el extremo tambaleante de la proa se oye el ruido atronador de la quilla deslizándose sobre el hielo y abriendo grietas que se ramifican como rayos. En la lejanía del horizonte ártico, envueltas en la neblina, se divisan algunas formas fantasmagóricas. Después de unos minutos de navegación se llega a la orilla de las estructuras que el hielo, el viento y el azar han esculpido a lo largo de los siglos en las aguas del noreste de Canadá. Para entonces ya está claro que hace falta algo más que un rompehielos para llegar a los confines más remotos del Ártico. El hielo multianual que forma dichas estructuras puede superar los 10 metros de grosor y, debido a la compactación producida durante miles de años, adquiere tonos turquesa intenso que viran hacia el malva y el naranja pálido bajo la luz crepuscular del sol de medianoche. 

La poesía a menudo se desvanece ante el implacable bullicio de la actividad humana. Desde el año 1900, por ejemplo, se han emitido, entre otros gases de efecto invernadero, más de 30.000 millones de toneladas de dióxido de carbono a la atmósfera. Estas emisiones, junto a otros factores, están acelerando un cambio climático que ya está provocando numerosos impactos con costes sociales, económicos y ambientales. Y por su naturaleza, el Ártico es una zona especialmente sensible a este proceso. 

El alcance del deshielo

El hielo del Ártico, una gran superficie blanca que refleja la radiación solar, está disminuyendo debido al aumento de temperatura. Por tanto, cada vez es menor la cantidad de radiación que se refleja y mayor la que absorbe el agua. Esta radiación absorbida contribuye a calentar no solo el agua sino también la atmósfera, lo que provoca la fusión de parte del hielo, evitando así que se forme más y provocando que se siga reduciendo la superficie de hielo y aumente la absorción de radiación. Este círculo vicioso ha hecho que en los últimos años la temperatura en el Ártico haya aumentado el doble de rápido que en el resto del planeta. Además, el pasado 11 de septiembre se alcanzó el cuarto mínimo histórico en la extensión de hielo en el océano Ártico (los tres primeros se produjeron en 2012, 2007 y 2011): 4,4 millones de kilómetros cuadrados frente a los 6,3 que había en 1979.

El 11 de septiembre se alcanzó el cuarto mínimo histórico en la extensión de hielo en el océano Ártico

El hecho de que el corazón del Ártico esté situado a más de 5.000 kilómetros de la orilla puede hacer creer que las vicisitudes del hielo y todo lo que allí ocurre no tienen nada que ver con lo que sucede aquí, en una ciudad del sur de Europa. Pero en realidad el Ártico ejerce indirectamente una poderosa influencia en el resto del planeta. La formación de hielo a partir de agua marina que tiene lugar en el Ártico cada otoño genera una gran cantidad de agua más salada de lo habitual: cuando se forma el hielo, la sal es expulsada del cristal y se acumula en el agua que se mantiene en estado líquido. Este exceso de sal provoca que el agua situada inmediatamente debajo del hielo sea más densa y, por lo tanto, se hunda. El hundimiento masivo de millones de kilómetros cúbicos de agua forma parte de un sistema de circulación oceánica de ámbito planetario que, en última instancia, es responsable de la corriente del golfo que transporta agua cálida desde el golfo de México hasta las costas europeas. Gracias a esta corriente, por ejemplo, el clima de una ciudad como Lisboa es mucho más moderado que el de Nueva York, situada solo dos grados más al norte. Por lo tanto, la circulación oceánica tiene un papel crucial en la regulación del clima de muchas regiones del planeta. 

Si los cambios que se están produciendo en el Ártico siguen acelerándose y el proceso de formación de hielo se debilita, la circulación oceánica puede resentirse. Hay algunos modelos que predicen que, en este escenario, la corriente del golfo sufriría un proceso de ralentización y enfriamiento, lo cual daría lugar a un enfriamiento notable del clima en Europa. El impacto de este cambio no sería nada desdeñable en una ciudad del sur de Europa que, gracias al sol y a un benigno clima mediterráneo, basa el 15% de su economía en el turismo.

Desde 1900 se han emitido más de 30.000 millones de toneladas de dióxido de carbono a la atmósfera

Este tipo de predicciones son posibles gracias a que miles de científicos de todo el mundo viajan cada año hasta el Ártico en busca de datos experimentales que involucran la totalidad de la región: desde bacterias de milésimas de milímetro hasta los más de 30 metros de las ballenas azules, desde copos de nieve de pocos milímetros cúbicos hasta los cerca de tres millones de kilómetros cúbicos de hielo que cubren Groenlandia. Los datos son introducidos en ecuaciones endemoniadas, caóticas, complicadísimas en las que no siempre dos y dos son cuatro, ecuaciones con las que los científicos entablan verdaderas batallas intelectuales.

Aunque la épica de la lucha con estas ecuaciones no tiene nada que ver con la de las expediciones polares del siglo XIX, se puede considerar a los científicos como los auténticos exploradores árticos del siglo XXI. No se enfrentan a tormentas de vientos huracanados ni a temperaturas de hasta 50 grados bajo cero equipados con ropa de lana. Tampoco viajan en barcos de madera en los que se forman enormes bloques de hielo en los cajones de la ropa. Sin embargo, el reto intelectual de la investigación que se lleva a cabo en el Ártico es hoy mayúsculo. Los científicos gestionan mares de datos y modelos cuyo objetivo es comprender su funcionamiento global y su evolución en el escenario de cambio climático actual para valorar cómo puede afectar al resto del planeta.

En un rompehielos dedicado a la investigación científica la vida cotidiana es un auténtico bullicio

En un rompehielos dedicado a la investigación científica la vida cotidiana es un auténtico bullicio. La actividad es frenética. Es imprescindible aprovechar al máximo la oportunidad de obtener datos sobre el terreno, con lo cual son habituales las jornadas laborales de 12 y 14 horas diarias. Aunque un rompehielos actual dispone de calefacción, camas, duchas con agua caliente, gimnasio, bar e incluso máquinas dispensadoras de chocolate a la taza, las condiciones meteorológicas en el Ártico suelen ser muy exigentes. Las bajas temperaturas, los temporales, el viento y el salitre provocan con frecuencia averías en los aparatos de medida que utilizan los científicos, lo que añade estrés a su trabajo y alarga todavía más sus jornadas.

A pesar de todo este ajetreo, muchas de las expediciones científicas que surcan el Ártico tienen muy en cuenta a los habitantes nativos de la región. En Canadá, por ejemplo, se suele invitar a miembros de comunidades inuit a visitar los rompehielos. Se organizan visitas especiales para escuelas y para adultos, en las cuales el equipo científico explica los proyectos de investigación que se llevan a cabo. En estas sesiones el turno de preguntas suele ser largo y exhaustivo. Los habitantes de las pequeñas comunidades del norte de Canadá, como Ulukhaktok o Kugluktuk, perciben cambios en su entorno que tal vez no pueden cuantificar como les gustaría y aprovechan la presencia de los científicos para expresar sus dudas e inquietudes. 

Cambios sociales

La gente mayor de estas comunidades recuerda haber dormido algunas noches de su infancia en iglús sobre el hielo y haber vivido de lo que se podía cazar y pescar. La realidad actual, sin embargo, es muy distinta. La mayoría de hogares, hechos a base de viviendas prefabricadas, reciben la televisión por satélite y en cada comunidad hay una tienda de comestibles en la que, a unos precios altísimos, se pueden adquirir todo tipo de alimentos. Todo esto hace que la gente joven no esté interesada en el estilo de vida tradicional que, en un entorno tan duro como el Ártico, implicaba una actividad constante para obtener del medio todo lo necesario para sobrevivir. 

Con la llegada del modelo occidental, dicha actividad ya no es necesaria. Ahora bien, para tener acceso a los servicios hay que tener dinero y ¿cómo se puede ganar dinero en una comunidad aislada de 200 personas? La mayoría vive a base de trabajos en empresas gubernamentales, subsidios o la solidaridad de familiares y vecinos. 

Las tasas de desempleo  en las regiones del polo Norte multiplican por cuatro las del resto de Canadá

Aun así, las tasas de desempleo multiplican por cuatro las del resto de Canadá. Esta transición acelerada del estilo de vida tradicional al de la sociedad occidental moderna conlleva, además, otros problemas: una cuarta parte de la población sufre algún tipo de adicción a drogas o alcohol, los índices de depresión doblan los del resto del país, y en la región de Nunavut, por ejemplo, cerca de un tercio de las muertes se producen por suicidio.

Además de los cambios sociales y ambientales que llevan tiempo produciéndose en el Ártico, la reducción del hielo está convirtiéndolo en una zona más accesible. Esta nueva condición ha despertado intereses económicos y estratégicos que hasta hace unos años habían permanecido ocultos bajo el hielo. Que durante el verano la superficie de hielo haya disminuido tanto hace que el Paso del Noroeste, la ruta que conecta los océanos Atlántico y Pacífico a través de las aguas del norte de Canadá —es decir, la ruta que conecta Europa con Asia sin necesidad de cruzar los canales de Suez o Panamá— sea más navegable que nunca. Se estima que este famoso paso —en el que encontraron una muerte terrible exploradores como Sir
John Franklin y que fue cruzado por primera vez por el noruego Roald Amundsen entre 1903 y 1906— reduce el tiempo de viaje entre los puertos de Osaka y Rotterdam en un 40%, con el gran ahorro económico que eso supone. Ya durante el verano de 2013 un carguero danés de más de 200 metros de eslora utilizó el paso para transportar 70.000 toneladas de carbón desde el puerto de Vancouver hasta la ciudad finlandesa de Pori.

La reducción de hielo facilita también el acceso al subsuelo que yace bajo el océano Glacial Ártico, en el que se estima que se encuentra el 22% del petróleo que queda por descubrir en el planeta, así como el 13% del gas natural. Los países que limitan con el Ártico (Estados Unidos, Canadá, Dinamarca, Noruega y Rusia) están interesados en explotar estos recursos y en controlar las rutas marítimas que se abran en el futuro. 

Un nuevo tratado

Por otro lado, con objetivos conservacionistas, muchas organizaciones promueven la firma de un tratado equivalente al que se firmó en 1959 respecto a la Antártida, al que se han
adherido 52 países hasta la fecha y en el cual se establecía que en el continente helado únicamente se podían desarrollar actividades relacionadas con la investigación científica. La falta de un acuerdo global que regule la explotación de todas estas potencialidades hará que en los próximos años el Ártico deje de ser esa zona remota, inaccesible y más bien irrelevante para convertirse en protagonista de uno de los más acalorados debates de índole geopolítica en el mundo.

A pesar de todos estos cambios, en el Ártico queda todavía algo que permanece inalterado desde hace miles de años y que, presumiblemente, va a seguir así miles de años más. Los nativos del norte de Finlandia lo asocian con las chispas que saltan cuando los zorros árticos corren y golpean la nieve con la cola. Algunos nativos norteamericanos lo identifican con los espíritus de amigos muertos que danzan cuando están contentos. Otros sostienen que no es más que el lecho de luz donde duermen las estrellas. 

En 1619, a partir de los nombres de la diosa romana del amanecer, Aurora, y el dios griego del viento, Boreas, Galileo lo bautizó como aurora boreal. Este fenómeno magnífico, también conocido como luces del norte, se produce cuando las partículas cargadas eléctricamente que emite el sol se concentran en los polos magnéticos terrestres e impactan a toda velocidad con los gases de la atmósfera. 

Observar el cielo nocturno del Ártico encendido por cortinas de luz de todos los colores, que aparecen y desaparecen a toda velocidad como si de un gran espectáculo psicodélico se tratara, es una de las experiencias más sobrecogedoras que se pueden vivir en este planeta. Y tal vez por ello en una improbable mitología del futuro las auroras boreales se interpretarán como los ecos de una época en la que el Ártico, azotado por vientos huracanados y escondido en la oscuridad de noches eternas, era todavía una fortaleza de hielo
inexpugnable.

¿De quién es el Ártico?

Toni Pou

El 2 de agosto de 2007 el sumergible Mir-1, desarrollado por la Academia Soviética de las Ciencias y construido en 1987, se sumergió hasta más de 4.300 metros bajo el hielo del océano Glacial Ártico. Los tripulantes del batiscafo buscaban el punto en el que el eje de rotación de la Tierra perfora imaginariamente la corteza terrestre, es decir, el punto que coincide exactamente con la vertical del polo Norte. Artur Chilingarov, el explorador ruso que lideraba la misión, ordenó plantar en ese punto una bandera de titanio de la Federación Rusa, reclamando así la propiedad del Ártico. Este acto simbólico confirmaba la importancia geopolítica creciente de la zona.

El Ártico había sido ya motivo de disputas estratégicas durante la guerra fría. A partir de los años 90 la relevancia internacional de la región quedó eclipsada por conflictos como las guerras de los Balcanes y Afganistán o la lucha contra el terrorismo internacional. A medida que avanzaba el siglo XXI, las perspectivas del aumento de accesibilidad devolvieron al Ártico el protagonismo en la escena geopolítica. 

Hoy el interés en el Ártico va mucho más allá de los países que limitan con el océano Glacial Ártico (Estados Unidos, Canadá, Dinamarca, Noruega y Rusia), conocidos como Arctic Five, e incluso más allá de Suecia, Finlandia e Islandia, considerados territorios árticos. Países asiáticos como Corea del Sur, China, Japón o la India han financiado expediciones científicas con el objetivo de aumentar el conocimiento sobre la región y evaluar con mayor precisión sus potencialidades económicas.

Aunque los intereses en el Ártico son globales, la cuestión fundamental sobre quién puede, legalmente, explotar los recursos que yacen bajo el hielo permanece abierta. En 1982 se redactó la Convención de las Naciones Unidas sobre el Derecho del Mar, en la que se establece que si un Estado puede probar que la plataforma continental que le corresponde geológicamente a su territorio se extiende 200 millas náuticas más allá de la costa, automáticamente adquiere los derechos de explotación de dicha zona, siempre y cuando los reclame dentro de los 10 años posteriores a la ratificación de la convención. Además, el tratado contempla, mediante artículos ambiguos y poco claros, la posibilidad de ampliar a 350 millas náuticas los derechos de explotación. Hasta la fecha Canadá, Dinamarca y Rusia han presentado solicitudes sobre los mismos territorios. Después de haber reclamado un territorio pasar a gestionarlo genera derechos y responsabilidades. El turismo a bordo de cruceros que surcan el Ártico está creciendo. Si se produjera una situación peligrosa o un accidente, se requerirían protocolos de actuación coordinados a nivel internacional. Con el aumento del tráfico marítimo es probable que se produzca la circulación de petroleros, con lo que es necesario disponer de mecanismos ágiles para gestionar posibles vertidos. La incertidumbre legal no permite establecer ninguno de estos protocolos ni mecanismos. En el caso de los vertidos, además, no se cuenta todavía con una tecnología eficaz para limpiar fugas de petróleo a bajas temperaturas y en entornos helados.

La necesidad de una legislación clara va a ser cada vez más urgente en un Ártico con una actividad humana previsiblemente en aumento. De lo contrario, las tensiones entre los Arctic Five están garantizadas.