23/5/2017
Opinión

Iberoamérica: el camino de una cumbre a una comunidad

Los países de la región deben ser capaces de forjar una visión conjunta de su desarrollo futuro

Rebeca Grynspan - 26/08/2016 - Número 48
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Iberoamérica: el camino de una cumbre a una comunidad
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Cuando en julio de 1991 los jefes de Estado y de gobierno de los 22 países iberoamericanos se reunieron en Guadalajara (México) para celebrar la I Cumbre Iberoamericana el mundo y la región eran dramáticamente distintos. En aquellos días, recién había caído el Muro de Berlín, aún no se había firmado el Tratado de la Unión Europea e Iberoamérica estaba conformada, en su gran mayoría, por democracias incipientes.

En 1991, España y Portugal representaban una tercera parte de la economía de Iberoamérica. ¡Por sí sola, la economía española era mayor que la de China! Hoy España y Portugal representan una quinta parte del PIB iberoamericano y la economía china es un 66% más grande que la suma de las 22 economías iberoamericanas.

En estos 25 años, por mencionar solo algunos cambios, América Latina redujo la pobreza casi a la mitad, incorporó a 90 millones de personas a la clase media y disminuyó la desigualdad —la única región en el mundo que logró reducir tanto la pobreza como la desigualdad en ese tiempo—. También registró avances significativos en la inclusión social, que hoy permiten, entre otras cosas, que el número de mujeres en los parlamentos sea tres veces mayor de lo que era a inicios de los 90, y que las poblaciones indígenas y afrodescendientes comiencen a tener una voz en el espacio político regional.

A pesar de estas profundas transformaciones, y de la mano con ellas, las cumbres iberoamericanas se mantuvieron y fortalecieron, los acuerdos y mandatos se multiplicaron, y la comunidad iberoamericana se fue consolidando hasta convertirse en un espacio cada vez más denso, que hoy dispone de una arquitectura institucional permanente y de un complejo tejido de iniciativas empresariales, profesionales y de la sociedad civil.

La relación entre nuestros países se hizo más horizontal, más simétrica y nos permitió la creación de un espacio verdaderamente excepcional. En todo el mundo existen pocos ejemplos de un diálogo ininterrumpido entre decenas de países, a nivel presidencial, a lo largo de un cuarto de siglo. Más bien, la historia de los esfuerzos de integración está llena de “salidas en falso”, de proyectos que no trascienden las coyunturas que los generan.

Iberoamérica perduró por dos principales razones. Primero, porque se sustenta sobre una realidad que antecede y excede a los gobiernos. Es una realidad que existe en la vida de la gente, en las familias, en los negocios, en los estudios, en los millones de personas cuya red de significado alcanza ambos lados del Atlántico. Es una realidad que emerge de la historia, de la amalgama cultural y de la suerte de compartir dos idiomas hermanos y mutuamente entendibles, como son el español y el portugués.

Ahora bien, la conexión entre las sociedades no se traduce automáticamente en institucionalidad. Para eso se requiere un compromiso oficial sostenido y una firme voluntad política. Esta es la segunda razón que explica la consolidación de Iberoamérica: el continuo respaldo de los gobiernos de la región.

Sin importar su signo político o las coyunturas domésticas, los países iberoamericanos han mantenido su adhesión a este esfuerzo. Iberoamérica ha mostrado una capacidad admirable para construir sobre las coincidencias y respetar la diversidad.  En esto llevan mérito todos los países.

Su perseverancia hoy nos permite contar con la mejor plataforma de cooperación horizontal del mundo, no por su monto sino por su naturaleza. En ninguna otra parte puede encontrarse un modelo tan exitoso de colaboración entre pares, que se construye de manera voluntaria y solidaria, y en función de las prioridades de cada país. Actualmente tenemos 29 programas, iniciativas y proyectos de cooperación regional, enfocados en tres grandes áreas: cultura, conocimiento y cohesión social. Sumado a esto, Iberoamérica se ha posicionado en la vanguardia de la Cooperación Sur-Sur y Triangular, con más de 1.000 proyectos vigentes entre los gobiernos en prácticamente todas las áreas del desarrollo humano.

España merece un reconocimiento especial por su apoyo decidido a este proceso, un apoyo que se manifiesta en ser sede de la Secretaría General Iberoamericana y de los cuatro organismos iberoamericanos, en su aportación económica y en su respaldo al más alto nivel político, en particular por parte de su majestad el rey, tanto en la persona del rey Juan Carlos I como actualmente bajo el reinado de Felipe VI. Todas las cumbres iberoamericanas han contado con la presencia del rey, con excepción de la Cumbre de Panamá, a la que asistió el príncipe de Asturias.

El diálogo político y la institucionalidad iberoamericana han coincidido con la expansión de las relaciones económicas y sociales entre nuestros países. Desde el año 2004, las exportaciones de España a América Latina crecieron un 235% (frente a 170% de sus exportaciones totales al mundo). La inversión extranjera directa que España envía a América Latina se cuadruplicó entre 1994 y 2014, mientras la que España recibe de América Latina se multiplicó por un factor de 26. Forma parte de esta evolución el crecimiento de las multi-latinas, o mejor llamadas multi-iberoamericanas, que hoy incluyen a algunas de las empresas más dinámicas del mundo en desarrollo.

Estas fortalezas son importantes hoy que América Latina enfrenta un periodo de desaceleración económica, que amenaza con revertir los logros alcanzados. En particular preocupa el aumento de la pobreza, pues el año pasado 7 millones de latinoamericanos regresaron a la pobreza que con tanto esfuerzo hemos combatido.

La región registrará un crecimiento negativo en 2016, por segundo año consecutivo. Esta proyección, sin embargo, se ve fuertemente influenciada por el comportamiento recesivo de dos grandes economías, Brasil y Venezuela. Si se excluyen esos dos países, América Latina crecerá este año al 1,8%, con un muy buen desempeño de los países centroamericanos y de México, que se han visto menos afectados por la caída en los precios internacionales de las materias primas y se han beneficiado de un mejor panorama económico en Estados Unidos.

En este contexto de desafíos socioeconómicos nos preparamos para celebrar la XXV Cumbre Iberoamericana de jefes de Estado y de gobierno, que tendrá lugar en Cartagena de Indias el 28 y 29 de octubre bajo el lema “Juventud, Emprendimiento y Educación”.

La paz en Colombia sitúa la Cumbre en una coyuntura histórica: la única macrorregión sin conflictos armados

La Cumbre ocurrirá en una extraordinaria coyuntura histórica: la conclusión de la negociación de la paz en Colombia y el fin del conflicto armado más antiguo del hemisferio occidental. Con la firma de los acuerdos de paz, Iberoamérica pasará a ser la única macrorregión en el mundo en la que ningún país está involucrado en un conflicto armado. Este es un paso de valor incalculable. Ningún logro de los años recientes se compara con la posibilidad de librarnos de la guerra y cosechar los frutos de la paz.

Esto nos permite mirar con esperanza al futuro. Nos permite alzar la mirada y fijar un nuevo horizonte. ¿Dónde queremos llegar como región? ¿Qué tipo de sociedades queremos tener dentro de 20 o 30 años?

Los países de la región deben ser capaces de forjar una visión conjunta de desarrollo, que oriente sus acciones en las décadas por venir. Necesitamos muchas reformas, que nos permitan proteger y profundizar el progreso social, al tiempo que transformamos nuestras economías para competir en medio de la cuarta revolución industrial.

Se trata, sin duda, de un reto de inmensas proporciones. Pero no llegamos con las manos vacías. Contamos con un rico historial de experiencia acumulada, de diálogo constante y de trabajo en equipo. Los 25 años de comunidad iberoamericana nos llenan de orgullo, pero más nos ilusionan los próximos 25 años. Como bien ha dicho el rey Felipe VI: “Iberoamérica no es solo una oportunidad. Es una oportunidad brillante”.

La reunión de Cartagena se centra en los jóvenes porque son nuestro desafío y nuestra fortaleza

Por eso la Cumbre de Cartagena se centra en los jóvenes. Porque, de cara al futuro, la juventud es nuestro principal desafío y nuestra principal fortaleza. Tenemos la generación joven más numerosa, más educada y más exigente de nuestra historia. Ellos nos inspiran a establecer un diálogo político propositivo y enfocado en resultados. Ellos nos inspiran a acordar una agenda ambiciosa, centrada en el bienestar de nuestros ciudadanos y ciudadanas.

Celebramos la historia que nos ha traído hasta aquí y nos disponemos a transformar nuestras sociedades aún más, para que Iberoamérica sea un lugar en donde sea cada vez mejor la vida.