19/7/2019
Cultura

In Memoriam Carmen Balcells

Carmen Balcells (Santa Fe de Segarra, Lleida, 1930 - Barcelona, 2015) fue la inventora del boom. Con su muerte, que deja huérfanos a escritores, editores y otros trabajadores del sector, desaparece la agente literaria más importante en español

Andreu Jaume - 22/09/2015
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In Memoriam Carmen Balcells
Carmen Balcells, 2006. Ferndinando Scianna / MAGNUM
Para todos los editores de mi generación, Carmen Balcells ha sido la última representante de una era que empezó con Carlos Barral en la década de los 50 y en la que siempre hemos querido reflejarnos. Si decidimos vivir y trabajar en Barcelona fue porque personas como Carmen, pero también Esther Tusquets o Jaime Salinas, habían hecho de la ciudad una capital europea de la literatura que nos vinculaba inmediatamente con una constelación de relaciones intelectuales, beneficiándonos todavía del clima de libertad y discusión que supieron crear en pleno franquismo. Su inesperada muerte, al tiempo que nos llena de incredulidad, nos obliga a tomar conciencia de los límites de nuestra propia época. Con Carmen uno sentía que en Barcelona se custodiaba aún el prestigio de la cultura. “Este es una país de gerentes”, decía a veces indignada cuando echaba en falta en los demás lo que ella siempre había tenido, una ambición sin límites que le permitía pensar con grandeza, más allá de los réditos inmediatos o de las exigencias funcionariales que poco a poco se han ido adueñando del oficio editorial. Su entusiasmo era contagioso y tenía una inteligencia instintiva, rápida y a veces feroz, que alumbraba proyectos, ideas, encargos, haciéndole a uno responsable de la importancia que le daba a los libros, al saber en general, con una veneración distante de quien no se sintió nunca protagonista sino tan solo agente, intermediaria y mecenas. Apenas daba entrevistas porque le parecía de mal gusto ocupar un espacio que consideraba destinado a los autores, pero en la distancia corta era un verdadero espectáculo, ocurrente y sentenciosa, divertida y cáustica, sentimental e implacable, rodeada siempre de una bandada de secretarias, camareras, cocineras y telefonistas a las que convocaba con una especie de botón portátil que llevaba aparejado con su inseparable bloc de hojas amarillas rayadas, donde apuntaba todo lo que iba saliendo en la conversación, utilizando a veces el bolígrafo como si fuera un estilete y clavando en el interlocutor esa mirada que se congelaba de pronto en una dureza imbatible, pétrea.

Sé que no todo el mundo estará de acuerdo, porque a Carmen le acompañó toda la vida una leyenda negra que se refería a su crudeza, a su falta de escrúpulos o a su arbitrariedad en los tratos, pero siempre tuve la sensación de que su astucia trabajaba para lo que consideraba algo mucho más grande que ella misma, muy lejos del narcisismo que a menudo infecta lo que Carlos Barral llamaba "la administración de la literatura ajena". Fue muy pragmática y buscó siempre el mayor beneficio para sus autores, sin que le importara demasiado el detrimento de tantas editoriales. Se inventó, casi desde la nada, el oficio de agente, estipulando el sistema de contratos que viene rigiendo el comercio de libros desde hace 60 años. Tenía por tanto una conciencia muy clara de las responsabilidades que había creado y un sentido común alérgico a las insensateces, pero había en su genio operístico algo que traspasaba todas las servidumbres mercantiles, una desmesura intrépida que parecía reconocerse en el elemento intangible de la literatura y el pensamiento, lo que está más allá del libro considerado como mero producto. “Y nosotros aquí, haciendo libros, como angelitos trompeteros”, decía a menudo, en una de sus opíparas e interminables comidas, celebrando, a despecho del mundo, su propia ingenuidad.


Gracias a Claudio López de Lamadrid, por quien Carmen sentía una especial debilidad, he podido en estos últimos años trabajar muy de cerca con ella y comprobar el rigor, la constancia y la determinación con que seguía emprendiendo, a pesar de la edad y los agobios, cualquier tarea. Haberla conocido es un privilegio para siempre. Nunca olvidaré cómo se le iluminó la cara cuando le propuse revisar toda la obra de Jaime Gil de Biedma, ahora que se han cumplido 25 años de su muerte. Para mi sorpresa, llamó a Ana Paz y le pidió que tomara nota taquigráfica de todo lo que yo iba diciendo. El primer fruto de esa colaboración será la publicación, el próximo mes de noviembre, de los diarios completos del poeta, cuyo legado protegió de la mediocridad con un celo que nunca le podremos agradecer lo suficiente. Como homenaje y testimonio de nuestro agradecimiento, la edición estará dedicada a su memoria.