22/9/2020
En palabras

La distribución desigual de las lenguas

Si las lenguas se distribuyeran aleatoriamente, esperaríamos que cada una de las 7.000 que existen la hablara un millón de personas. Pero las cosas no son así. Actualmente el planeta tiene unos 7.000 millones de habitantes, pero la distribución entre lenguas y personas es muy desigual. La mitad de la población mundial se apaña con solo 50 lenguas. La otras 6.950 (redondeando) tocan a muchísimos menos hablantes nativos. Nuestro mundo está organizado en unos 250 estados independientes, lo que significa también que muy pocas lenguas pueden decir que tienen un país que las defienda. Una lengua que no se usa en la administración, la educación, el cine o los negocios es una lengua en peligro de retroceso en un mundo interconectado y regido por las transacciones económicas y culturales trasnacionales. Como se refleja en el gráfico, solo hay 23 lenguas que cuenten con más de 50 millones de hablantes nativos y acaparan ya más de 4.000 millones de hablantes. De esas 23, solo 8 tienen más de 100 millones de hablantes y una, el grupo chino, supera los mil millones. Es una batalla muy desigual. El 75% de las lenguas del mundo tiene menos de 100.000 hablantes (como la población de Lugo), un límite crítico para su supervivencia que se convierte en amenazador para las cerca de 2.000 lenguas que tienen entre 1.000 y 10.000 hablantes o las 1.000 que solo cuentan con unos centenares (o decenas) de ellos.

¿Por qué existe esa distribución tan desigual y qué consecuencias tiene?

El 75% de los idiomas del mundo tiene menos de 100.000 hablantes, un límite crítico para su supervivencia

Viajemos al pasado unos 40.000 años. No sabemos nada sobre cómo se distribuían las lenguas y cuántas había entonces, pero podemos hacernos una idea si consideramos cómo era la situación lingüística cuando los ingleses colonizaron Australia, que había sido poblada 40.000 años atrás y quedado al margen de las innovaciones culturales y tecnológicas del mundo occidental. Lo que los lingüistas encontraron allí era algo muy distinto. Había unas 300 tribus, cada una con su lengua y con un número semejante de hablantes. No había ninguna lengua hegemónica, porque no había ninguna tribu dominante, sino que todas vivían en un cierto equilibrio. La ruptura del equilibrio (un concepto central también en teoría evolutiva) vino provocada en el resto de continentes (y también en Australia tras la invasión occidental) por innovaciones como la escritura, la agricultura, la metalurgia y la acumulación de poder y de personas en ciudades e imperios. Cuando un pueblo domina a otros su lengua se expande geográficamente, con un doble efecto: provoca la desaparición de muchas de las lenguas de los pueblos dominados y, a su vez, se puede fragmentar en diversas lenguas “hermanas” (que forman familias) como efecto del aislamiento posterior y del contacto con las lenguas dominadas. Las ramas de esas familias pueden luego entrar en competencia entre sí, con un nuevo efecto deletéreo para las lenguas más débiles. Por supuesto, una lengua no es débil o fuerte a causa de sus propiedades o estructura, sino en función del estatus económico y cultural de sus hablantes. De las 23 lenguas con más de 50 millones de hablantes, hasta 12 (persa, maratí, hindi, urdú, bengalí, inglés, alemán, ruso, francés, italiano, portugués y español) pertenecen a la misma familia lingüística, la indoeuropea, esto es, eran una única lengua hace no mucho más de seis mil años, hablada quizá por unos pocos miles de individuos y que hoy acapara unos 2.000 millones de hablantes distribuidos por todos los rincones del planeta. Y la tendencia sigue. Al ritmo actual de extinción de lenguas (hasta una cada tres meses), más de la mitad habrá desaparecido en un siglo. A diferencia de lo que pasa con la extinción de especies, la desaparición de lenguas no compromete el equilibrio ecológico del planeta, pero sí la riqueza cultural y el legado histórico inmaterial de nuestra especie. Hay muchas formas de expresar esta pérdida, pero mi favorita es la empleada por el lingüista y políglota Kenneth Hale, cuando decía que la desaparición de cualquier lengua es el equivalente de arrojar una bomba sobre el Louvre.