19/10/2020
Internacional

La gran batalla final

El régimen de Al Asad y los grupos yihadistas eluden enfrentarse hasta no haber socavado la presencia militar de los opositores sirios

La gran batalla final
Destrozos tras un ataque del régimen sirio en Duma, a las afueras de Damasco. Jamshid BAIRAMI / AFP / Getty Images
La intervención castrense de Rusia y el afloramiento de Irán en la arena pública de Siria, tras varios años apoyando discretamente la dictadura de Bashar al Asad con recursos militares y económicos, han tenido en apenas un mes y medio dos consecuencias importantes. La primera, en el entorno de la heterogénea oposición siria, debilitada desde hace años por las injerencias externas y las luchas cainitas. Inquietos por el calado que comienza a tener la tesis ruso-iraní de que el tirano debe permanecer y ser parte de la transición, las distintas milicias sirias firmaron el pasado 1 de octubre un documento que parece avanzar hacia el necesario frente común. En un inusual alarde de unidad, 75 milicias rechazaron el plan presentado este verano por el enviado especial de la ONU, Staffan de Mistura, que establece cuatro comités diseñados para conducir un diálogo de transición entre el régimen y la oposición. 

Avances y retrocesos

La diferencia con otras iniciativas similares es que en esta ocasión también se sumó al rechazo la Coalición Nacional Siria (SNC, por sus siglas en inglés). “El régimen de Al Asad y sus aliados siempre han confiado en la división entre la dirección política y el mando militar”, explicó días después al diario digital Al Monitor Suhair al Atassi, miembro del comité político del citado organismo. “El comunicado también apoya la postura de los países amigos frente a la doble ocupación ruso-iraní”, subrayó.

El débil avance político contrasta con el retroceso que esa misma oposición armada sufre en el campo de batalla. Desde que el pasado 13 de octubre Teherán anunciara que sus tropas de tierra reforzarían las huestes del régimen y se sumarían a los esfuerzos del grupo chiita libanés Hizbulá y a los bombardeos aéreos rusos, los opositores han perdido el control de 15 importantes poblaciones. Todas ellas en el sur de Alepo, una zona de alto valor estratégico. A través de localidades como Abtin, Kfar Abid, Al Sabiqiya o Al Wehidi —ahora bajo dominio de Damasco— transcurre la ruta que permite el abastecimiento del aeropuerto militar de Nairab y de las bolsas de resistencia estatal en el centro de la urbe.

El empuje ruso-iraní en el frente sur ha tenido un reflejo similar en el norte de Alepo, zona de acción de los cazabombarderos estadounidenses. Carente aún de las nuevas armas prometidas por Arabia Saudí, la oposición armada ha cedido en las última semanas poblaciones relevantes como Tel Qarah, Kuliyat al Mustat y Tel Swsein a los esbirros de Estado Islámico. 

Una entente contra la oposición

Todo apunta, advierten distintos analistas, a que existe una entente entre el régimen y los yihadistas para eludir enfrentarse de momento, concentrarse en socavar la presencia militar de los opositores y prepararse para la gran batalla final: aquella que enfrentaría a un régimen caduco y criminal con un grupo fanático y asesino. Una pesadilla que los sirios jamás imaginaron cuando hace un lustro se levantaron en demanda de libertades, derechos y justicia social.       

La alternativa es avanzar hacia una solución política que ahora parece distante. La reunión de Viena fue un gran paso, aunque minimizado por la ausencia del pueblo sirio. Cierto es que la oposición no tiene un único representante y que la división es aún su talón de aquiles. Y que tampoco existe un plan claro más allá del debate sobre el destino de Al Asad y la aparente ambición iraní: mantener estable el eje chií, aceptando incluso la creación de un estado autónomo suní moderado en las tierras que ahora ocupa Estado Islámico en Irak y Siria, federado con kurdos y chiíes, a cambio de mantener su preponderancia en la antigua capital omeya. Misterios y rumores de una nueva geoestrategia emanada del caos.