11/12/2019
Literatura

La herencia del dolor

Chantal Maillard publica un ensayo que nace de la pérdida y las heridas

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La herencia del dolor
Chantal Maillard. Juan Ferreras / EFE

Chantal Maillard (Bruselas, 1951) escribe que las heridas nunca acaban en sí mismas. Se prolongan por el cuerpo y se llaman unas a otras. Su último ensayo, La mujer de pie (Galaxia Gutenberg, 2015), explica que toda herida es una guerra a librar con uno mismo. Nace del dolor y de la pérdida de su madre: “En los últimos días de su vida, en el hospital, mi madre mantuvo las manos fuertemente cerradas, apresando en ellas trocitos de pañuelos de celulosa con los que se limpiaba los labios”. Y de su abuela: “Cuando, tres años después, mi abuela dejó de respirar, abrí sus manos y retiré de ellas, con dificultad, los trocitos de papel que tenía apresados. Ella, que había ido desprendiéndose en vida de todas sus pertenencias, se había aferrado celosamente, en los últimos días, a aquellos preciados pedacitos de celulosa. Este gesto es probablemente lo único en lo que mi madre y ella se parecieron”.

En el prólogo a la antología En un principio era el hambre (FCE, 2015), Virginia Trueba dice que en la escritura de Maillard hay un juego de repetición y variación que atenta contra el origen de la obra: “De un fragmento de diario deriva un poema, de un poema una reflexión filosófica, de esta un espacio en blanco, del espacio en blanco una nota a pie de página, de la nota un libro entero”. 

Escrito entre las fronteras de la filosofía y la poesía, La mujer de pie indaga en la profunda oscuridad de uno mismo, en la percepción del mundo, en la conciencia del cuerpo. Maillard busca desnudar, desenredar los hilos del yo, y se sirve de la prosa poética, del aforismo o del fragmento: “Hilos: sucesión de imágenes que se siguen por asociación, contigüidad u homofonía. Ecos que no devienen conscientes pero que crean historia al generar acciones: nudos, confluencias”. 

En una conversación con los escritores Laura Giordani, Arturo Borra y Víktor Gómez le preguntaron por qué toda su escritura parece marcada por la sombra de la pérdida, a lo que ella respondió que “la historia de un ser humano es la historia de sus pérdidas. Mi historia es la historia de mis pérdidas. Eso está mejor. ¿Por qué? Tal vez por la costumbre del desarraigo. Nunca tuve tiempo de acostumbrarme a un lugar, a un contexto social, familiar u otro. Siempre había que cambiar, sustituir. Un entrenamiento para la muerte, en cierto modo. La muerte nunca me pareció algo natural. Al menos para la conciencia, esa enfermedad que nos hace humanos. La conciencia es la portadora de la herida: la capacidad de contemplarse a sí misma sabiendo que ha de morir”. El dolor, la pérdida y la muerte, confiesa la poeta, son distintas formas de nombrar la fragilidad. 

Para Maillard, la escritura es el perfecto asidero para sobrevivir en un mundo hostil a la filosofía y el conocimiento: “Urge un estudio de la historia de los conceptos. Urge comprender sus orígenes y la manera en que se fueron convirtiendo estratégicamente en los valores que defendemos. Tal vez así podremos dejar de observar el mundo desde las trincheras de un relato hecho a la medida de los poderosos”. En este ejercicio de supervivencia se ayuda del pensamiento de algunos de los grandes nombres de la historia de la filosofía como Aristóteles, Hume, Wittgenstein, Deleuze o Cicerón. 

El tiempo 

El principal problema del pensamiento occidental, según Maillard, ha sido el tiempo, otro gran protagonista de este brillante y fragmentario ensayo. Derramar el tiempo es perderse a uno mismo: derivarse, desviarse, delirar, olvidarse. Se pierde un tiempo útil, “un tiempo proletario, un tiempo al servicio de quienes controlan la economía: la parte (nomos) que corresponde a lo privado (oikos). Tiempo controlado, utilizado y remunerado”.

En “Pequeños ensayos logofágicos”, una de las partes del libro, Maillard se sirve del aforismo o sentencia para dar lecciones de historia: “De cómo construir el argumento de un cuento con los cuentos que interesa recordar a fines no explicitados en el cuento”. 

Maillard, que ha escrito sobre ella en India (Pre-textos, 2014), un extenso volumen que recoge textos escritos durante veinticinco años, emprendió un viaje con la idea de que “traspasando las fronteras de los territorios acostumbrados lograría ampliar el conocimiento que tenía de mí misma”. El viaje y la larga búsqueda están presentes en la mayoría de sus libros e implican la mirada hacia el otro lado del océano y el otro lado de sí misma. Su escritura responde a una voluntad de autoconocimiento: “tratar de descubrir el funcionamiento no tanto del mundo, sino del instrumento a través del cual lo percibimos”.

La mujer de pie es la que mira por la ventana y revuelve los cajones en busca de un texto que dice: “Salir no es la solución: un argumento sin clausurar prosigue por su cuenta”. Así, la escritura de Maillard sirve también a los lectores “para confundir / para emborronar / y, luego, volver a escribir / en el orden que conviene / el mundo que hemos aprendido”. 
 

    La mujer de pie
    
Chantal Maillard

Galaxia Gutenberg, 

Madrid, 2015,

320 págs.