13/11/2019
Internacional

La implacable mordaza de Erdogan

El objetivo de la represión contra los críticos del presidente turco es crear un clima de miedo que fuerce la autocensura

Daniel Iriarte - 13/11/2015 - Número 9
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La implacable mordaza de Erdogan
Portada de la revista "Nokta", con Erdogan haciéndose un selfie delante del ataúd de un soldado muerto.
La portada de la revista Nokta decía: “Lunes, 2 de noviembre. Inicio de la guerra civil en Turquía”, junto a una fotografía del presidente Recep Tayyip Erdogan. El titular hacía referencia a la abrumadora victoria electoral obtenida la jornada anterior por el Partido de la Justicia y del Desarrollo (AKP) de Erdogan, que recuperó la mayoría absoluta que había perdido cinco meses antes a costa de ahondar en la creciente polarización del país. Exagerada o no, la publicación no llegó a los quioscos: menos de 24 horas después, la Fiscalía de Estambul ordenó la confiscación de la revista e inició una investigación contra sus responsables por “sedición” e “incitar a la comisión de un crimen”.

Era la segunda vez en menos de dos meses que este medio tenía problemas con la justicia. En septiembre, la policía realizó una redada en sus oficinas después de que Nokta publicase un fotomontaje de Erdogan haciéndose un selfie delante del ataúd de un soldado muerto (la oposición turca acusa al Gobierno de haber forzado el fracaso de las negociaciones de paz con la guerrilla kurda del PKK y del violento regreso al conflicto armado, por motivos electoralistas). Los cargos de la acusación fueron “insultar al presidente” y “hacer propaganda terrorista”.

“El periodismo ya ha superado el problema de la censura. Se ha convertido en cuestión de vida o muerte” 

Erdogan podía haber recurrido a los tribunales. Pero el Ejecutivo turco prefirió tratarlo como hace con la prensa crítica: acusándolos del delito de insulto a un funcionario público y de apoyo al terrorismo. “Hay una creciente opresión contra los medios desde las anteriores elecciones. El acorralamiento a la prensa se ha ido estrechando”, afirma Mustafá Kuleli, secretario general de la Unión de Periodistas de Turquía. “La presión sobre los medios no desaparecerá de golpe porque no se inició de golpe. Ha habido un incremento gradual”, insiste.

Entre julio y septiembre de este año, cuatro personas fueron sentenciadas a 7 años, 9 meses y 25 días por insultar al presidente, un delito tipificado en el artículo 299 del Código Penal, pero que en Turquía se utiliza de forma amplia para silenciar a los críticos. “23 personas, entre ellos 11 periodistas, esperan juicios por sus columnas, comentarios y críticas”, indica Erol Önderoglu, representante en Turquía de Reporteros Sin Fronteras. “Se han abierto investigaciones contra 19 periodistas, tres han sido acusados y un estudiante universitario encarcelado”, explica a AHORA.

No son los únicos. Los procesados por esta causa se cuentan por centenares, entre ellos la modelo Merve Büyüksaraç, Miss Turquía 2006, llevada a juicio por compartir un poema satírico en las redes sociales. En un ejemplo extremo, dos niños de 12 y 13 años fueron detenidos a finales de octubre por romper un póster de Erdogan en la ciudad kurda de Diyarbakir, y se enfrentan a una pena de dos años de cárcel.

Muchos observadores creen que el propósito de una represión tan sistemática y extendida —que ha afectado a estudiantes de instituto, limpiadoras, activistas y prensa— es crear un clima de miedo cuya consecuencia sea la autocensura. “Erdogan no se había dado cuenta de que había creado tantos enemigos en los medios. Hoy nadie es inmune”, asegura Önderoglu. “Terrorista” es, por ejemplo, Ekrem Dumanli, editor jefe del diario Zaman, buscado por la justicia turca por “tratar de dar un golpe de Estado y formar una organización con intención criminal”. Zaman es un medio del movimiento de Fethullah Gülen, cuyos miembros están bien situados en el seno de la Administración pública, las fuerzas de seguridad y la judicatura. Esta cofradía religiosa —comparable, salvando las distancias, al Opus Dei— estuvo detrás de una serie de operaciones anticorrupción lanzadas por la policía en diciembre de 2013 que salpicaron al entorno cercano de Erdogan, incluyendo a su hijo Bilal.

La reacción del Gobierno fue calificar la investigación de golpe de Estado encubierto y etiquetar al movimiento de organización terrorista. Tras purgar el aparato estatal de sus partidarios, las autoridades turcas han ido a por sus medios de comunicación: en octubre un tribunal ordenó la incautación del holding Koza Ipek, propietario de los canales Bugün TV y KanalTürk y de los diarios Bugün y Millet.

En los últimos años Turquía compite con China como el principal encarcelador de periodistas

La toma de Koza Ipek, de hecho, ha sido considerada como una advertencia para otros conglomerados mediáticos críticos como el Grupo Dogan, vinculado a la oposición secularista. En septiembre su publicación estrella, Hürriyet, fue atacada dos veces por una turba de exaltados partidarios del Gobierno, entre ellos un polémico diputado. Poco después Ahmet Hakan, uno de sus columnistas, recibió una paliza en la puerta de su casa.

“Durante la historia de la República de Turquía no ha habido ninguna época sin presión política hacia la prensa. Los periodistas han sido detenidos, censurados o asesinados”, señala la periodista kurda Elif Görgü, del diario de izquierdas Evrensel. “El periódico donde trabajo fue cerrado por los tribunales cuando el AKP no existía todavía, y el reportero Metin Göktepe fue asesinado a golpes por la policía en 1996. Pero debo confesar que es la primera vez desde ese año que estoy preocupada por la vida de mis compañeros y por la mía”, dice.

“Turquía ha competido con China en los últimos años como el principal encarcelador de periodistas, según el Comité para la Protección de los Periodistas, y en 2013 se puso en cabeza, como 15 años antes. Ciertas mejoras en este expediente son el resultado de una estrategia más sofisticada para castigar a la disidencia, al conseguir que los periodistas sean puestos en listas negras o despedidos”, afirma Andrew Finkel, corresponsal con casi tres décadas en el país, en un informe para el Centro de Asistencia Internacional a los Medios.
El último ejemplo es el del comentarista Emre Deliveli, despedido del diario Hürriyet Daily News por una columna —publicada en el británico The Independent, no en la prensa turca— en la que aseguraba que había algo raro en los datos del recuento de votos de los comicios del 2 de noviembre, lo que apuntaba a un posible fraude electoral. Deliveli cree que su despido se debió al temor de sus jefes a posibles represalias gubernamentales.

“Solo un 6% de los trabajadores de los medios turcos son miembros de un sindicato, la menor tasa de afiliación de la UE y los países candidatos”, dice Kuleli. “Necesitamos reforzar nuestras organizaciones profesionales, pero no podemos esperar una posición fuerte en apoyo de la libertad por parte de un periodista que gana 400 euros al mes, el salario medio que cobran en los medios turcos. Despiden a estos profesionales siguiendo órdenes del Gobierno. ¿Cómo pueden defender la libertad de prensa?”, indica.

Pero para Görgü el riesgo se ha convertido en físico: “La policía amenaza a los periodistas abiertamente, en público, a punta de pistola, como en el caso de Murat Demir [un cámara de televisión que se encontró con un arma apuntando a su cabeza por tratar de cubrir una redada en Diyarbakir]. El Gobierno no solamente arremete contra la prensa, sino que ignora todos los ataques contra ella, como el caso de Hürriyet. Y los periodistas progubernamentales tienen impunidad para amenazar de muerte a los profesionales que critican al Ejecutivo, como Ahmet Hakan”, opina. 

“Después de 20 años, por primera vez hemos instalado en el periódico una puerta automática que funciona con tarjetas especiales para protegernos de los posibles ataques”, relata la reportera Görgü. “El periodismo en Turquía ya ha superado el problema de la censura. Se ha convertido en una cuestión de vida o muerte.”