27/3/2019
Análisis

La metamorfosis de Holanda

El país ha pasado de liderar legislaciones progresistas a estar traumatizado, enfadado y confundido

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La metamorfosis de Holanda
Un tobogán pop-up de 150 metros instalado en Nijmegen el 27 de mayo. PIROSCHKA VAN DE WOUW / AFP / Getty
Hubo un tiempo en que, en el extranjero, mi nativa Holanda era sinónimo de políticas progresistas. Holanda fue miembro fundador de la Unión Europea y era profundamente secular, sobre todo la ciudad de Ámsterdam, donde los democristianos que gobernaban el país eran un partido periférico. Holanda tenía un Estado del bienestar bien desarrollado y había abrazado las revoluciones culturales de los años 60 y 70 como ningún otro país, convirtiéndose en un laboratorio de experimentos. Pensemos en las pioneras legislaciones sobre la prostitución, las drogas, la eutanasia o el matrimonio homosexual.

Hoy Holanda es un lugar muy diferente. Está traumatizado, enfadado y, por encima de todo, profundamente confundido y desorientado. El Estado del bienestar ha sido seriamente recortado, y el apoyo a la inmigración y al proyecto europeo está en su momento más bajo. Las sinagogas y los colegios judíos necesitan protección policial frente a los yihadistas que han crecido allí mismo y la libertad de expresión está bajo una seria presión. Algunos expertos y cómicos incitan contra el islam de la misma forma que lo han hecho siempre los antisemitas.

¿Cómo puede un país cambiar tan radicalmente en tan poco tiempo? Hace solo 20 años que los políticos holandeses y los líderes de opinión se referían a Holanda sin ninguna aparente ironía como “un país guía”; una pequeña nación que lideraba al resto con su ejemplo. La humanidad era vista como un tren con Occidente ocupando el primer vagón y los primeros asientos tomados por los holandeses.

Ningún país en Europa ha tenido que recorrer tanta distancia entre las ilusiones del pasado y las realidades de hoy

 Suena ridículo hoy, pero así es como me criaron, pensando así de mí mismo. El nacionalismo holandés era entonces esta profunda fórmula paradójica de superioridad nacida de la noción de que los holandeses eran el único pueblo en el mundo que no se sentía superior a otros. Y parecía tener sentido en ese momento. Pensemos en junio de 1988, cuando un equipo de jugadores de fútbol étnicamente mixto ganó la Eurocopa, derrotando a las selecciones archirrivales de Alemania y después Rusia, con todos los jugadores blancos.

El multiculturalismo había ganado el título. Así es como se sintió. Holanda seguía jugando el mismo tipo de fútbol de ataque, solo que esta vez finalmente ganamos. ¿No era aquella una perfecta vindicación de lo que la inmigración parecía ofrecer? Tu sociedad no cambia, excepto que algunos miembros tienen ahora la piel más oscura. ¿Quién podría estar en contra de eso, salvo quizá los racistas?

Aquella era la Holanda de 1988. Ahora, 28 años después, Geert Wilders, del Partido por la Libertad (PVV), lidera las encuestas. Elegido político del año 2015, Wilders es el fundador y principal miembro la formación. La controla de forma tan antidemocrática y despótica como los dictadores árabes que él tanto desprecia. Quiere que Holanda salga del euro y de la UE. Como Donald Trump, pide el fin de toda la inmigración procedente de países islámicos. He aquí un tuit típico de Wilders: “Mientras tengamos ‘líderes’ como Rutte, Merkel, Obama y Cameron negando que el islam y el terror son lo mismo, habrá más ataques terroristas”.

Un alcalde musulmán

Por supuesto que había racismo e intolerancia en Holanda en los años 70, 80 y 90. Y tampoco ha desaparecido del todo el país de los mayores. La mayoría (aunque cada vez menos) sigue votando a partidos proeuropeos que condenan la discriminación contra los musulmanes. Rotterdam —el puerto más grande de Europa— tiene a un alcalde muy popular en la figura de Ahmed Aboutaleb, orgulloso y abiertamente musulmán. La portavoz del Parlamento —técnicamente el puesto más alto de la democracia holandesa— es Khadija Areb, de origen marroquí (Wilders se negó a darle la mano cuando fue elegida portavoz). En 2007, los lectores holandeses votaron el libro La casa de la mezquita, del escritor nacido en Irán Kader Abdullah, como el segundo mejor libro holandés de la historia.

Aun así, la influencia del PVV se siente ampliamente, sobre todo porque el cada vez más popular Partido Socialista comparte sus puntos de vista sobre la Unión Europea. Con cada nuevo ataque terrorista, ola de refugiados o rescate del euro, las fuerzas de la regresión se hacen más fuertes tanto en la extrema derecha como en la extrema izquierda.

Muchas de las razones del cambio holandés se repiten en Europa. Mientras Bruselas lucha contra el terrorismo yihadista y la crisis de los refugiados, algunos votantes buscan caras nuevas que prometen soluciones sencillas: tortura, deportación, cierre de fronteras. Y mientras la eurozona se mueve de pánico en pánico, la gente se pregunta si la moneda puede y debe ser salvada por encima de todo. ¿Es “más Europa” realmente la respuesta a cada crisis? Estas son antiguas preguntas tabú que ahora están siendo debatidas en el continente, y que reflejan una profunda pérdida de fe en la capacidad y la confianza en las élites tradicionales. Pero ninguna nación parece tan desorientada como Holanda, y una razón debe ser que ningún país en Europa ha tenido que recorrer tanta distancia entre las ilusiones del pasado y las realidades de hoy.

Los grandes traumas

También hay que recordar la serie de catástrofes sin precedentes que ha golpeado a Holanda en los últimos 15 años: tres políticos de alto perfil asesinados, la primera matanza del país, un intento de atentado contra la reina Beatriz que acabó con la vida de ocho personas y, finalmente, el accidente en Ucrania de un avión, hace casi dos años, con 298 personas a bordo. De ellos, 193 eran holandeses, lo que significa que teniendo en cuenta la población, el país sufrió una pérdida de vidas mayor que la de Estados Unidos en los atentados del 11-S.

Estos grandes traumas acabaron con el complaciente consenso del país que decía “las cosas malas no pasan por aquí”. Y justo cuando la asustada población mira a sus élites en busca de liderazgo, esas élites se han comportado de forma dolorosamente incompetente, una segunda razón para el cambio holandés.

Cada debacle de los últimos años, entre ellas el crash de 2008, ha hecho ineptas e inservibles a las élites

El país decidió unirse a las guerras perdidas de Afganistán e Irak, en las que contó 25 bajas. Casi toda la élite política, académica y periodística se llevó una completa sorpresa con el crash financiero de 2008 —el intervenido banco ABN Amro fue una fuente de genuino orgullo corporativo holandés—.Y está también la crisis griega del euro. Cada una de estas debacles han hecho ineptas e inservibles a las élites tradicionales. Cuando esas mismas élites imploran a sus votantes que confíen en ellos en la UE, el euro o la inmigración, muchos votantes se lo piensan dos veces. Por eso además de “imbéciles”, el otro insulto favorito de Wilders hacia los políticos es “naíf”.

Algunos en Holanda creen que el país necesita mantener al margen al PVV. Argumentan que, a diferencia de Marine Le Pen en Francia, Wilders no está construyendo una maquinaria política. Más bien al contrario: en cuanto alguien de su partido asume cierto perfil, es enseguida relegado. En este sentido, Wilders es más como el británico Nigel Farrage y su show de hombre único en el UKIP, aunque le falta la gracia de este último.  

Aun así, sería un gran error pensar que una vez que Wilders abandone la escena, también lo hará la cuestión que, bajo toda la ofensiva e incendiaria retórica, ha puesto en el centro de la agenda: ¿y si el proyecto europeo es una construcción con fatales defectos estructurales? ¿Cómo sobrevive una sociedad abierta basada en la igualdad cuando cada año llegan decenas, cientos de miles de inmigrantes de países con ninguna tradición de apertura, igualdad o debate democrático? ¿Cómo hacerlo especialmente cuando la primera generación de esos inmigrantes tiende a tener más hijos que los nativos holandeses?

Hubo un tiempo en que los políticos holandeses tradicionales y los líderes de opinión respondían de forma ágil que la Unión Europea  era un trabajo en progreso, y que la integración con éxito simplemente llevaría una generación. ¿Por qué los hijos de los inmigrantes seguirían siendo social y culturalmente conservadores si también podían ser holandeses?

Esa confianza en sí mismo se ha perdido, reemplazada por las suposiciones de cada uno. Lo que parece cierto es que los emocionantes días del optimismo progresista no van a volver. En cuanto al fútbol, Holanda ni siquiera se ha clasificado para la Eurocopa de este año.