22/7/2019
Literatura

La mujer que habla de las escritoras silenciadas

Se publica ahora un ensayo en el que ha ido trabajando a lo largo de los años y que es una historia femenina de la escritura

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Mujeres incapaces de callarse la boca hubo desde siempre. Las mujeres sobre las que escribe Clara Janés en Guardar la casa y cerrar la boca, en cambio, no estaban dispuestas a seguir las enseñanzas de fray Luis de León: “Porque así como la naturaleza hizo a las mujeres para que, encerradas, guardasen la casa, así las obligó a que cerrasen la boca”. 

Janés confiesa que el primer escritor del que se tuvo conocimiento en la historia de la literatura fue una mujer: la sacerdotisa acadia Enheduanna, que se remonta al tercer milenio antes de Cristo. Y se pregunta por qué esta asombrosa historia ha permanecido oculta durante tanto tiempo. “Se intentó borrar el nombre y todas las referencias a sus textos y no fue hasta 1926 cuando se encontró un disco de alabastro destrozado a partir del cual se empezó a investigar”. 

En este ensayo Clara Janés se sitúa como una arqueóloga de la historia de la literatura: ha interpretado durante décadas la escritura de las mujeres para devolver una parte de ese legado, silenciado y escondido hasta ahora. “Era importante rescatar la voz de las mujeres que no han cerrado la boca. Mujeres de todas las épocas que, especialmente a través de la literatura, han mostrado sus inquietudes y sus pareceres sobre cuestiones políticas, sociales, sobre el amor, sobre el ámbito familiar… Este libro no está escrito de golpe, ha ido escribiéndose a lo largo de casi toda mi vida. Muy especialmente desde que empecé a estudiar en la universidad me ha interesado el tema de la mujer. Siempre me ha interesado y en ello sigo.”

Ha interpretado durante décadas la escritura de las mujeres para devolver una parte de ese legado



Escribe Janés al comienzo de su libro que la diferencia entre hombres y mujeres existió siempre. Sus cuerpos fueron distintos desde el principio, pero hubo una época en la que quitando el hecho de traer hijos al mundo, hombres y mujeres realizaban las mismas tareas: caminaban con sus hijos a la espalda, recolectaban frutos y dormían en las copas de los árboles. Cuando se descubrieron el refugio y la caza, las mujeres comenzaron a quedarse dentro. 

Mujeres guerreras

Janés recoge una cita de Simone de Beauvoir de El segundo sexo: “La peor maldición que pesa sobre la mujer es la de haber sido excluida de las expediciones guerreras. No es dando la vida sino arriesgando su vida como el hombre se eleva por encima del animal; por eso, en la humanidad, la superioridad ha sido acordada no al sexo que engendra sino al que mata”. A lo que Rosa Chacel objetó en su momento que “no es así: la mujer, sin excepción, puede hacerlo; toda mujer de cualquier clase o raza está facultada para ello”. En los últimos tiempos se ha sabido que las mujeres formaron parte de estas expediciones guerreras. Hubo órdenes de caballería femeninas en la Edad Media y casi un millón de mujeres que combatió en el Ejército Rojo durante la Segunda Guerra Mundial, como cuenta la premio Nobel
Svetlana Alexiévich en La guerra no tiene rostro de mujer (Debate, 2015). 

La mayoría de los textos que han escrito las mujeres se han perdido, pero las religiosas pudieron conservar los suyos entre los muros del convento. Aunque en algunos casos fueran sus confesores los que se apropiaran de los textos firmándolos con su nombre. Reducidas las posibilidades de elección al matrimonio o al convento, para muchas mujeres el encierro en la celda supuso una liberación intelectual. Entre las monjas escritoras destaca sor Marcela de San Félix, hija de Lope de Vega y de la cómica Micaela de Luján, que ingresó en un convento a los 16 años y criticó con humor las debilidades de la vida cotidiana en la clausura. Janés descubre también la figura de las mulieres religiosae, que no se sometían a las normas del monasterio. Algunas de ellas fueron las “emparedadas”, que vivían en celdas construidas contra los muros de las iglesias y llevaban una vida parecida a la de las ermitañas. 

De un lado a otro de la geografía y del tiempo, Janés recorre la corriente subterránea que ha unido la escritura de las mujeres y en su curso se encuentra con los versos de la iraquí Nazik al Malaika (1923 - 2007): “La noche se pregunta quién soy. / Yo soy su secreto profundo, inquieto / y negro, su secreto rebelde. / He escondido mi esencia en el silencio”. Los versos desbordan el caudal en una lúcida defensa de los derechos de la mujer: “El viento se pregunta quién soy yo. / Soy tu soplo asombrado, renegada del tiempo, / y, lo mismo que él, no tengo sitio”. 

Muchas siguen siendo todavía las mujeres que permanecen silenciadas y con su libro, Janés les da voz y las trae al español, como fiel traductora que es. ¿Qué sería de estas escritoras sin el arrojo de Janés al rescatarlas? Nazik al Malaika también se lo pregunta “y la respuesta / sigue siendo también un espejismo. / Y aunque la creo cercana —como siempre— / al llegar a su lado, se ha disuelto. / Desaparece. Muere”.
Guardar la casa y cerrar la boca
Guardar la casa y cerrar la boca
Clara Janés
Siruela, 
Madrid, 2015,
188 págs.