18/9/2019
Análisis

La neopolítica en la postelevisión

La televisión sigue siendo el medio estrella para los candidatos electorales, calentado ahora por internet y las redes sociales

La neopolítica en la postelevisión
Rivera, Sánchez, Iglesias y el atril vacío de Rajoy en el debate organizado por ‘El País’. JAVIER SORIANO / AFP / GETTY
Con la intención de voto más dispersa e incierta de las últimas convocatorias electorales, los candidatos y las fuerzas políticas tradicionales y emergentes se disputan a los indecisos en la televisión. De quién consiga convencer a un mayor número de esos electores dependerá que el resultado de esta campaña electoral sea de cambio o de continuidad. Tanto es así que es muy probable que las próximas elecciones generales se decidan en la televisión con el apoyo de las redes sociales. Los debates, con sus presentes y ausentes, pueden ser la práctica que más influencia alcance en esta campaña.

De momento, la pugna electoral forcejea entre formatos de entretenimiento o debates políticos, entre el show televisivo o la confrontación de ideas, el mainstream o el underground, el nuevo y el viejo marketing. Mientras que los candidatos principiantes se han dedicado a reclamar debates y aceptar nuevos y viejos formatos televisivos con tal de hacerse visibles, el candidato del partido del Gobierno, que sale con ventaja, se ha negado a medirse con sus rivales y prefiere dejar el atril vacío o mandar en su lugar a su joven suplente.
 
Los líderes de las nuevas formaciones políticas han encontrado su oportunidad en los programas de televisión para ofrecer una imagen más próxima a los ciudadanos, tratando de superar las antiguas entrevistas previsibles y encorsetadas. En la era de las redes sociales ya no sirven aquellas cómodas comparecencias pactadas por los asesores para que sus candidatos terminaran luciéndose. En los últimos años, un nuevo escenario mediático y político ha aportado nuevos modelos a la televisión, porque ya no se dirigen a una audiencia pasiva, ahora se reclama una nueva manera de confrontar y debatir directamente con mayor credibilidad y veracidad.

Indecisos o inciertos

El porcentaje de indecisos ha crecido ante la proximidad de los comicios, mientras que ha decrecido el de los que confiesan tener su voto ya decidido, según los barómetros del Centro de Investigaciones Sociológicas (CIS). En enero de 2011, antes de celebrarse las últimas elecciones generales del 20 de noviembre de ese año, un 15,3% no sabía todavía a quién iba a votar, un 12,7% pensaba que no votaría y un 5,3% declaraba que lo haría en blanco. Tras la celebración de las comicios, en enero del 2012, los que no sabían a quién votarían eran el 11,9%; los que no iban a votar, el 13,4 y los que votarían en blanco, el 3,6.
 
Desde entonces, se ha disparado el número de indecisos. En enero de 2015, un 20,8 % no sabía todavía a quién votar; un 13,6% pensaba que no lo haría y un 5,6% afirmaba que votaría en blanco.

Los nuevos formatos televisivos apuntan hacia el éxito del debate político cuando es libre y veraz

Según el último barómetro del CIS, del mes de octubre, los que no saben todavía a quién van a votar aumentan hasta el 22,2%, la abstención disminuye hasta el 9,7% y los que piensan votar en blanco también bajan al 3%. Y hay un 26,6% de encuestados que confiesa no sentir simpatía ni cercanía por ninguno de los partidos existentes.

Otros sondeos refuerzan esta tendencia. Según la encuesta de noviembre de Metroscopia, la participación estimada se elevaría al 77%, muy por encima del 71,7% de las últimas elecciones generales de 2011, e incluso por encima del 73,8% de las elecciones de 2008. Un 69% de los españoles cree que sería bueno para el país que no ganaran ni el PP ni el PSOE, lo que confirmaría la hipótesis de un posible multipartidismo.

A estas posiciones confesadas a los encuestadores se añade otro factor de imprevisibilidad en el resultado electoral: un millón y medio de jóvenes podrán votar por primera vez el 20-D y más de un 23% del censo electoral tiene menos de 34 años.
 
Ese factor de incertidumbre, mayor que en otras convocatorias electorales, ha llevado a que en esta precampaña los candidatos se hayan decidido a participar en el espectáculo y a acudir a programas de entretenimiento y no solo a los de carácter informativo, como solía suceder. En televisión, que es una gran coctelera, hace mucho que se superaron las fronteras entre el show business y la información y ya todo es infotainment.

Darse a conocer

La mayor parte de los candidatos de estas elecciones eran desconocidos hasta hace pocos meses y tenían necesidad de darse a conocer, de hacerse visibles para la mayoría de los ciudadanos: requerían de esa popularidad que solo otorga la televisión. En Planeta Calleja han aparecido Pedro Sánchez como escalador, Albert Rivera como copiloto y Soraya Sáenz de Santamaría en un globo aerostático. La vicepresidenta, que ha suplido al presidente y número uno del PP, Mariano Rajoy, en los formatos más arriesgados, no ha tenido inconveniente en bailar con Pablo Motos en El hormiguero, donde Pablo Iglesias cantó y Albert Rivera echó carreras. Los nuevos políticos también han abierto sus hogares a Ana Rosa Quintana y ahora visitan la casa de Bertín Osborne en TVE. Incluso el más ausente y reacio, Rajoy, acudió al programa deportivo de la Cadena SER El larguero con Vicente del Bosque, y estuvo comentando la Champions en la COPE, en Tiempo de juego.
 
De esta manera han conseguido mostrar su cara más amable y, a la vez, eludir dar respuesta a muchas preguntas comprometidas que no les exigen este tipo de entrevistas blancas. La televisión sigue siendo el medio estrella y además ahora lo calientan internet y las redes sociales. Esta es la era de la política pop, popularizada por la televisión. Y los asesores de comunicación empujan a sus candidatos a acudir a los platós, después de pactar las preguntas y la posición de las cámaras, porque saben que los que no se adecúen al nuevo lenguaje de la política pop se quedarán atrás.

Esta legislatura, jalonada de escándalos políticos y movilizaciones contra la crisis, ha estado caracterizada por la irrupción de nuevos formatos de debate y tertulias políticas en las franjas de mayor audiencia. Las dos cadenas más jóvenes, La Sexta y Cuatro, han competido por estos contenidos y han arrastrado al resto a programar debates y entrevistas con repreguntas. Esos nuevos programas y los nuevos candidatos y partidos han cambiado la perspectiva de las formaciones tradicionales, que se negaban a reconocer que los contenidos políticos podían tener éxito en televisión. Ya no son válidos los formatos que se planteaban para el lucimiento de los participantes más que para el interés del público. El espacio Salvados de Jordi Évole, en La Sexta, consiguió ser la emisión más vista del mes de octubre gracias al debate entre el líder de Podemos, Pablo Iglesias, y el de Ciudadanos, Albert Rivera, que reunió a 5,2 millones de televidentes, un 25,2% de cuota de pantalla. Sin embargo, dos semanas después, la entrevista al presidente del Gobierno en TVE solo obtuvo 2,2 millones de seguidores, un 11,5%. Igual que los resultados de la entrevista en Antena3, también a Rajoy, que solo logró congregar a 1,9 millones de espectadores. Es la brecha que separa los nuevos y los viejos formatos de la comunicación política.
 
El éxito del debate Rivera/Iglesias en Salvados, celebrado en un bar de barrio con dos cafés con leche y editado tras su grabación, muestra el respaldo del público a la innovación en la comunicación política. Los nuevos formatos apuntan hacia el éxito del debate político televisado cuando es libre y veraz. Ahí tienen ventaja los líderes políticos emergentes, que no ponen cortapisas ni límites a nuevas formas de participar en televisión, a diferencia de la tendencia antigua a protegerse de la improvisación, pactar con sus rivales y no salirse de los argumentarios.

Contra los asesores

Los asesores políticos, aquellas personas que solo trabajan en campaña, encargados de dictar los argumentarios y envolver en celofán electoral a los candidatos, han estado encantados hasta ahora con las estrictas reglas de juego que pactaban al detalle, si es que accedían a celebrar debates. Pero ahora han estallado las costuras y los líderes deben hacer frente a lo imprevisto, mientras sus asesores viven el trauma de esta transformación y se niegan a acudir a convocatorias en las que deban enfentarse con otros candidatos más eficaces o jóvenes.

De momento los asesores han buscado la asistencia de sus clientes a los programas blancos de entretenimiento, propios de la precampaña, pero ahora claman contra el desorden de los medios para invitar a todos los debates y los cara a cara electorales con el argumento de acabar aburriendo a la audiencia, como si no la hubieran aburrido antes con sus entrevistas y debates pactados y previsibles. Al provecto Rajoy, acostumbrado al plasma, le han prohibido asistir a debates con los jóvenes emergentes y en su lugar promueven a la joven Sáenz de Santamaría, que se ha

En España se han celebrado solo cinco debates electorales en 40 años, pactados hasta el último detalle

prestado a acudir al debate a cuatro. En otros casos reclaman orden y concierto a los medios, que es el preámbulo de su negativa. Sin embargo, los líderes emergentes han sido capaces de digerirlo todo, aunque tampoco estén encantados de admitir en esos debates al resto de candidatos, sobre todo a los que aparecen en los sondeos menos favorecidos que ellos. La Universidad Carlos III de Madrid, que invitó a los cuatro candidatos cabeza de lista a debatir frente a los jóvenes estudiantes, se encontró con el repetido cara a cara entre los líderes de Podemos y Ciudadanos, por la negativa a asistir de los dos candidatos de los principales partidos.

Rajoy renuente

Como es habitual en Francia o Estados Unidos, existen diferentes formatos de debate político para las campañas disputadas y todos se celebran sin cortapisas. Los debates a dos y a cuatro resultan aquí y ahora imprescindibles para definir esa dispersa intención de voto de la próxima convocatoria. El debate que reclaman los ciudadanos es el que reúne, en el mismo plató, al menos a Rajoy, Sánchez, Rivera e Iglesias, que parten prácticamente empatados, según las encuestas. Pero este debate estrella no se celebrará porque ha jugado con dos bazas en contra: la protección del bipartidismo y el rechazo del presidente actual, o sus asesores, a los debates y comparecencias improvisadas. Cuando el candidato del PP era presidente del Gobierno nunca ha participado en un debate ante las cámaras de televisión hasta ahora.
 
Históricamente el PP es el partido político más ausente y que más trabas ha puesto a la celebración de debates televisivos, e incluso el PSOE ha mandado a segundos candidatos cuando los debates se ampliaban a más formaciones. El presidente Felipe González rechazó debatir con Manuel Fraga en 1986, igual que hizo José María Aznar en 1996 cuando González se negó a que también participara Julio Anguita. Y Aznar rehusó debatir en el 2000 con Joaquín Almunia, cuando los socialistas pretendían incluir en el debate a IU y CiU. Mariano Rajoy rechazó el debate en 2004 y ahora el Rajoy presidente no ha querido medirse en directo con el resto de los aspirantes, solo lo hará con el líder de la oposición, Pedro Sánchez.

En España se han celebrado solo cinco debates en 40 años, siempre blindados por PP y PSOE, pactados y encorsetados hasta el más mínimo detalle: temas, turno, color y posiciones. González y Aznar en el 93 en Antena 3 y Telecinco, otros dos debates de Zapatero y Rajoy en el 2008 y uno solo en el 2011 entre Rubalcaba y Rajoy. Los tres últimos organizados por la Academia de la Televisión. Quizá por ello resultaron tan aburridos y poco decisivos en el voto.
 
Sin embargo, la transformación actual de los debates preconiza un cambio también de los propios medios, de los políticos y de sus asesores. Todo lo desgastado acaba rancio. A estas alturas todos los equipos electorales de los partidos reconocen que los debates son decisivos en esta campaña electoral, por eso unos los persiguen y otros los esquivan. Según las condiciones puestas por la Moncloa, tan solo se celebrará un cara a cara entre el candidato del PP, el actual presidente Rajoy, y el aspirante del PSOE, Pedro Sánchez, que corre el riesgo de reproducir las peores reglas del pasado al estar organizado por la Academia de Televisión, que se ha prestado en otras ocasiones a respetar lo que ambas formaciones consensuaban. Además se celebran dos debates más a cuatro, uno de ellos mostró una silla vacía, la del PP, y otro en el que Soraya Sáenz de Santamaría sustituye al ausente Rajoy. El resto es para los segundos o terceros escalones de las listas. Habrá también entrevistas oficiales en solitario para los números uno. Serán las audiencias y el público de estos programas televisivos los que podrán dar muchas pistas sobre los resultados electorales del 20-D.