21/7/2019
Opinión

La segunda condena de Sócrates

Cuestionar lo existente, como hizo el ateniense, es la única manera de combatir ídolos y prejuicios. Eliminar la filosofía de los planes educativos es no enseñar a pensar por uno mismo

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La segunda condena de Sócrates
Fede Yankelevich

Sócrates falleció en el año 399 a. C. obligado a ingerir cicuta después de haber sido condenado por sus conciudadanos. Se le acusó de “impiedad” y de “corromper” a la juventud ateniense. En realidad era un tipo extravagante que tenía la manía, al parecer imperdonable, de ir por ahí sin parar de hacer preguntas. Todo le interesaba, era curioso e inquisitivo. A veces, un tanto incordiante y molesto. Se definía a sí mismo como un tábano que aguijoneaba a sus contertulios para que sometieran las opiniones heredadas a una adecuada ponderación racional. “Una vida sin examen no merece la pena ser vivida” fue una de sus frases más emblemáticas. No partía de ninguna teoría ni se adscribía a ninguna visión establecida. Precisamente porque no tenía nada claro —“solo sé que no sé nada”— pensaba que no nos quedaba más remedio que compartir nuestras perplejidades mediante la argumentación y el diálogo con otros.  Quizá porque, por decirlo con Ortega, “la ignorancia es un no saber algo que hace falta saber”. Y eso fue lo que llevó a Sócrates a la ruina. Atenas no le perdonó que la inquisición racional prevaleciera sobre la eticidad y las convenciones dominantes, que un charlatán inspirado pudiera embelesar a los jóvenes más egregios de la ciudad, con el consiguiente peligro de que subvirtieran el orden establecido.

Su muerte devino, sin embargo, en un comienzo, en el inicio de la filosofía como labor dirigida a esclarecer cómo es el mundo exterior, la naturaleza del hombre o el sentido de la vida, la forma en que abordar conjuntamente la tarea de dotarnos de un orden político mejor, más acorde con lo que podemos llegar a ser, y más respetuoso con la disidencia individual. Desde entonces, y para bien de Occidente, empezó también la escisión entre el filósofo y la polis, esa bendita manía de algunos pensadores de enfrentarse al poder mediante un arma de asombrosa eficacia, la crítica racional. Aunque no escribiera nada, y eso es lo sorprendente, con Sócrates comienza esa larga conversación que se enhebra desde su discípulo Platón hasta Heidegger, Wittgenstein y sus epígonos, pasando por toda esa retahíla de pensadores a cuyos hombros hemos conseguido llegar a ser lo que somos.

 
Junto con otras ciencias humanas, la filosofía nos proporcionó un maravilloso conjunto de libros que, como nos recuerda Peter Sloterdijk citando al poeta Jean Paul, son “gruesas cartas

Una vez en marcha ya nunca se deja de pensar, de emprender ese “silencioso diálogo con uno mismo”

de amor dirigidas a los amigos”. No en vano, y esto es bien sabido, filosofía significa amor a la sabiduría, y quienes caen bajo su hechizo ya no pueden dejar de activar ese motor que nos permite aspirar a entender cuanto nos rodea. Una vez en marcha nunca podremos dejar de pensar, de emprender ese “silencioso diálogo con uno mismo”, que diría Platón. Esos libros son un gesto de amor y ¡de placer! En palabras de Ortega, “como si el hombre pudiese primero vivir sin conocer y añadiese luego por grata diversión al vivir el conocer”. El problema estriba en que, como bien observara John Stuart Mill, uno de los grandes del canon, nunca podremos acceder a ese placer si antes no estamos familiarizados con la inmensa satisfacción que atesora.

Y esto, el familiarizarnos con ella, es lo que compete —¡competía!— a la educación. En eso no difiere de la literatura, la historia o el arte, humanidades todas. Esto es, disciplinas que, como la misma filosofía, tienen como objetivo, en feliz expresión de Martha Nussbaum, el “cultivo de la humanidad”; no las características de esta u otra cultura —esos particularismos que hoy tanto se promocionan—, sino lo que nos es común como humanos que somos. A este tipo de educación, los romanos, siguiendo a los griegos, le dieron el nombre de “educación liberal”; es decir, educación dirigida a hacernos libres, a pensar por nosotros mismos, a acceder a nuestras propias opiniones, a problematizar las convicciones supuestamente firmes. Solo así podríamos salir de nuestra inmadurez, de nuestro irreflexivo sometimiento a ídolos y prejuicios. Porque únicamente a través del pensamiento es posible la emancipación, la crítica y el progreso. Una buena enseñanza de la filosofía hace así innecesaria eso que hoy se llama “Educación para la ciudadanía”. ¿O queremos ciudadanos que se sepan la Constitución pero que no sean capaces de pensar por sí mismos?

Sobraría hablar de estas cosas bien conocidas si no fuera porque la filosofía, como otras humanidades, no hubiera sido relegada, casi eliminada, de nuestros planes de estudio del bachillerato. Hemos vuelto a condenar a Sócrates, aunque ahora no porque temamos al pensamiento autónomo; vivimos en un mundo en el que la trasgresión ya está más que amortizada. No, las razones son mucho más banales. Hay que dejar espacio para que los alumnos se orienten a “lo práctico”, al éxito y la utilidad en el mercado, como aquello que enseñaban los sofistas y que tanto enfurecía a nuestro amigo ateniense. Todo lo demás se percibe como supérfluo, fútil, una “pérdida de tiempo”. Al parecer deseamos jóvenes distraídos: entretenidos a la par que irreflexivos. Y si hay alguna educación en la autonomía lo es solo en el sentido de que sean capaces de interiorizar los requerimientos de la especialización y la

Hoy no se aspira al “progreso”, a que podamos llegar a ser mejores; se busca la “innovación”

competitividad. Que los jóvenes, como afirma Byung-Chul Han, puedan convertirse en emprendedores de sí mismos para luego conseguir autoexplotarse mejor.  De este modo, bajo la cobertura de una libertad individual ficticia, la sociedad se ahorra la promoción de la eficiencia y la productividad porque ya se habrán impregnado de ellas en el proceso educativo.

Hoy no se aspira al “progreso”, a que podamos llegar a ser mejores; se busca la “innovación”, que lo que hagamos tenga un rendimiento contante y sonante en un mundo en el que todo se mide por el precio de mercado. El conocimiento como una mercancía más. O que todo sea nice, que fluya sin aristas ni contradicciones. Que, como temían los contemporáneos de Sócrates, nada pueda llegar a cuestionar lo existente como lo único posible. Se prefiere la conformidad a la crítica y se obvian las preguntas fundamentales de la vida humana: qué son la justicia, la felicidad, la moral, el sentido de la vida y la muerte; qué es eso que llamamos conocimiento y por qué no podemos dejar de impulsarlo; qué hemos aprendido de quienes nos precedieron sobre el hombre y el mundo y cómo podemos aplicarlo en nuestra vida social y personal. Preguntas todas cuyas respuestas, siempre provisionales y tentativas, hemos adquirido a través de ese diálogo que ahora vamos a interrumpir.

Si esto no se remedia, ya solo nos queda rezar, el gesto más antifilosófico posible. O quizá no. Erasmo proponía una oración interesante: Sancte Socrate, ora pro nobis.