6/5/2021
Libros

La vida póstuma del Houdini de las definiciones

En el año del centenario del semiólogo y escritor ha aparecido una nueva biografía que, de momento, se considera la de referencia

Martín Schifino - 27/11/2015 - Número 11
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Cuando un crítico proclama la muerte del autor, como hizo Roland Barthes en su ensayo de 1967, La muerte del autor, se está jugando la posteridad: lo lógico sería que nadie se acordase de su persona. Pero Barthes era un maestro de la paradoja, y la mera muerte física no iba a impedirle inspirar además la idea opuesta. En los 35 años que han pasado desde su fallecimiento se han sucedido las biografías (Louis-Jean Calvet, Marie Gil, Parick Mauriès), los testimonios (Antoine Compagnon, Chantal Thomas, Susan Sontag) y hasta las ficciones (Philipe Sollers, Thomas Clerc) que abordan la vida del escritor-semiólogo como si allí hubiera una clave de su obra. El corpus alcanzó masa crítica con las conmemoraciones del centenario de su nacimiento, que tuvo lugar el pasado 12 de noviembre. Y con la marea de homenajes, exposiciones, reediciones y publicaciones de inéditos, este año ha llegado una nueva biografía, que hasta nuevo aviso habrá que considerar la biografía de referencia.
 
Como dice Jonathan Franzen sobre la novela moderna, la magnitud es esencial. Autora (hasta hace poco) de ensayos más bien modestos, Tiphaine Samoyault ha puesto sobre la mesa 700 páginas de investigación casi omnisciente acerca de su hombre. Sabe cosas como que, el día del accidente final, Barthes no se percató de que se acercaba por la calle una

El verdadero fuerte de la biógrafa estriba en su conocimiento cabal del universo de la intelectualidad francesa

furgoneta porque le tapaba la visibilidad “un coche con matrícula de Bélgica aparcado en doble fila”. Uno aplaude el detalle de la matrícula, pero el verdadero fuerte de la biógrafa estriba en su conocimiento cabal, por no decir cabalístico, del universo de afinidades, padrinazgos, defecciones y sumo cotilleo que es la intelectualidad francesa. Hay también motivos documentales para escribir una nueva biografía: Samoyault es la primera en acceder a “material absolutamente nuevo: una parte importante de la correspondencia, el conjunto de los manuscritos y, sobre todo, el fichero que Barthes alimentó toda su vida, haciendo en él clasificaciones y reorganizaciones diversas”, que sirven para interpretar la génesis de sus obras.
   
No es que falten los lineamientos de la vida. Barthes, se cuenta al principio, nació en Cherburgo, un puerto militar donde estaba destinado su padre, que moriría al año siguiente en un combate naval. Pero ya al examinar la novela familiar Samoyault pone en marcha una maquinaria interpretativa que incluye psicoanálisis, teoría y juegos de palabras deconstructivos. Por ejemplo, puesto que Barthes padre murió en alta mar y que en francés las palabras mar (mer) y madre (mère) son homófonas, un simple monosílabo se convierte en “término de vínculo y separación” y “la paronomasia hace las veces de genealogía”. Quién lo hubiera dicho. En su apoyo, Samoyault nos recuerda que, según Julia Kristeva, Barthes se situaba en el lugar del discípulo, clave de que “algo del padre sin duda le faltó y que él relacionaba la falta con el lenguaje”. Que nadie espere aquí una biografía puramente fáctica, pero a fin de cuentas buena parte de la vida de Barthes fue, como la pintura para Leonardo, cosa mentale.
 
La idea básica de la biógrafa es que el biografiado constituye “una figura central de su tiempo” pero también “un ser al margen”. Es una concepción con cierto aroma de paradoja, no solo barthesiana sino esencialmente francesa, que recuerda cuánto se aprecia la excepcionalidad en el mundo galo, como demuestra uno de sus marginales icónicos: Asterix. Pero lo cierto es que Barthes incidió en la cultura y en la historia francesas siempre de manera oblicua. Enfermo de tuberculosis, pasó la Segunda Guerra Mundial en un sanatorio alpino, a la manera de Hans Castorp, y escribió su primer artículo crítico importante (sobre Gide) en la revista de esa institución. Se licenció en letras clásicas, pero siempre le atrajo la

Barthes nunca cuestionó su homosexualidad, pero tampoco la convirtió en militancia

vanguardia, sobre todo en el teatro. Obtuvo empleos en el Ministerio de Asuntos Extranjeros, como agregado cultural en Rumanía y Marruecos, pero no hizo carrera diplomática, una salida fructífera para muchos escritores franceses. Su llegada a la academia fue algo tardía y vinculada a la investigación sociológica. Él mismo diría que se sentía un amateur como semiólogo. Como escritor, conservaría el aparataje analítico del semiólogo. Nunca cuestionó su homosexualidad, pero tampoco la convirtió en militancia, por lo que pasó al costado de los nacientes queer studies y las reivindicaciones de género. Barthes, asombrosamente, ni siquiera “se sintió verdaderamente concernido en el mayo del 68”. Y sus opiniones políticas, que registran la presión atmosférica de la izquierda, nunca se caldearon mucho. Barthes era un Houdini de las definiciones.

¿Cómo puede atraparlo un biógrafo? La solución de Samoyault es perseguir la historia de sus afinidades electivas. Barthes parece haberse cruzado, por escrito o en persona, con todas las figuras importantes de su siglo, desde Gide en su juventud hasta los miembros de Tel quel (Sollers, Kristeva) en su madurez. Sartre fue su primer modelo intelectual; Camus, uno de sus autores de referencia; la obra de Alain Robbe-Grillet, con la que coqueteó en los años 60, lo acercó a la vanguardia del nouveau roman, aunque se apresuró a decir, en un artículo del mismo nombre, que “no existe la escuela Robbe-Grillet” y, como lector, sin duda prefería a Michel Butor. Greimas y Foucault fueron amigos cercanos, Levi-Strauss se negó a dirigir su tesis y George Perec fue alumno suyo.
 
En relación con todas esas figuras, Samoyault arroja luz sobre “los compromisos, los rechazos, los deseos” de Barthes, mientras detalla los temas de los que se ocupó, los campos que abrió y las polémicas que le dieron renombre: Barthes pulverizó el comentario de textos clásico con sus libros sobre Racine y Balzac, así como con esa declaración de principios que es Crítica y verdad. Sin caer en la hagiografía, Samoyault apoya casi siempre las posturas de Barthes, y en ese sentido se echa en falta una visión más balanceada, que acusara las críticas que se le hicieron como pensador, o incluso, tratándose de una biografía, las contradicciones del hombre. Pero es una queja menor. Concebida con rigor, escrita en impecable prosa expositiva, este libro estupendo nos ayuda a comprender cómo Barthes “hizo de la literatura la vida misma”.
Roland Barthes
Roland Barthes
Tiphaine Samoyaul
Fiction & Cie Seuil Biographie, París, 2015, 720 págs.