29/3/2020
Opinión

Las fronteras de Oriente Próximo, 100 años después

Actualmente no se necesitan unos Sykes-Picot, lo que se precisa es que los dirigentes miren al futuro con generosidad, respeten las fronteras y se reconozcan mutuamente

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Las fronteras de Oriente Próximo, 100 años después
FEDE YANKELEVICH
Mirar a través del retrovisor de la historia no es hoy una práctica política habitual. Todo lo contrario: historiadores y políticos viven disociados en sus respectivos campos y pocos son los dirigentes que se interesan y se interrogan por el pasado, así como por las lecciones que la historia enseña, en la que se pueden encontrar inspiración y soluciones a los desafíos del presente y del futuro.

Hace 100 años, dos diplomáticos europeos, un británico y un francés, poco conocidos, firmaron el 16 de mayo de 1916 un acuerdo secreto que rápidamente se convirtió en referencia histórica. El excónsul francés en Beirut y el representante británico en El Cairo dibujaron las fronteras y el área de influencia de lo que conocemos como Oriente Próximo. Intereses políticos, rivalidades hegemónicas, apetencias económicas y la atracción por el oro negro se plasmaron en la división del Levante. Desde entonces, la región no se ha inmunizado frente a las influencias extranjeras y no se ha levantado por sí misma en la búsqueda de la paz y la prosperidad.

La caída del Imperio Otomano y las apetencias occidentales hicieron de este escenario geopolítico un tablero diplomático muy atractivo para que las potencias de aquellos años decidiesen el futuro de la región. Un año más tarde, en noviembre de 1917, la declaración histórica de Lord Balfour añadió un reto aún mayor a las alianzas contrapuestas, pues favoreció la ideación y creación de un “hogar judío” en Palestina.

Es indudable que el Oriente Próximo de 1916 no tiene nada que ver con el de 2016. Solo la geografía muestra con tozudez el peso de las fronteras y de las disputas internacionales aún vigentes. La memoria geográfica es más contundente que la histórica. Oriente Próximo se nos presenta al igual que en 1916, en un momento crítico en la búsqueda de una nueva configuración. Si el Oriente Medio de Sykes-Picot fue fruto del colapso del “otomanismo” y de las consecuencias de la Primera Guerra Mundial, el Oriente Próximo de 2016 busca un nuevo paradigma que, por el momento, no ha desvelado su arquitectura y composición futuras.

La región afronta aún viejos conflictos que, sorprendentemente, no se han resuelto. Se cumplirán en breve los 100 años de la resolución Balfour y 70 de la de Naciones Unidas que dividió Palestina en dos estados y aún seguimos atenazados por un sentimiento fatalista y de impotencia que impide reconocer con urgencia los estados de Israel y Palestina. Espero y deseo que la llamada iniciativa francesa, que debe inspirarse en la Iniciativa Árabe de Paz, más temprano que tarde y para abrirse camino, deberá tener en cuenta los intereses y preocupaciones de Israel. Así, cuando el 19 de octubre de este año se conmemoren los 25 años de la Conferencia de Paz de Madrid, nos sintamos orgullosos de haber alcanzado la solución de los dos estados.

La solución a la crisis siria esconde la llave que se abre a un nuevo equilibrio de fuerzas en Oriente Próximo

Pero junto a las dificultades del pasado, Oriente Próximo debe afrontar los desafíos del presente. Siria es un escenario donde se plasman todas las contradicciones y ambiciones a modo de prolegómeno tentativo de la actualidad que debe trascenderse para abrir paso a nuevas realidades políticas. La guerra de Siria tuvo sus orígenes en una Primavera Árabe mal comprendida, dirigida y alabada formalmente por Occidente, pero ignorada política y económicamente por Europa. Desgraciadamente, la crisis siria ha evolucionado hacia una guerra civil intrasiria y a un enfrentamiento intrarregional entre suníes y chiíes. Los errores diplomáticos, las precondiciones inasumibles y una falta de involucración político-diplomática han hecho del conflicto una catástrofe humanitaria de grandes dimensiones que ha producido la desestabilización general. Se ha creado un Frankestein cuyo rostro encarna “el mal” que debe abatirse y erradicar.  Dáesh no existía antes del conflicto sirio y ahora es una amenaza que nos afecta por igual. Esta dramática situación tiene difícil solución por el momento, pues no existe un denominador común aceptable para las partes que aglutine un compromiso de paz y de futuro compartido. Sin embargo, la solución de la crisis siria esconde la llave que abre la puerta a un nuevo equilibrio de fuerzas en Oriente Próximo, que, 100 años más tarde, podría asumir su destino de la mano de sus líderes.

Actualmente, no se necesitan unos Sykes-Picot para delinear el futuro Oriente Próximo, lo que se precisa es que los dirigentes miren al futuro con generosidad y creatividad, se respeten las fronteras y que todos se reconozcan mutuamente para que se acuerde un sistema de seguridad colectivo regional. En este contexto Europa, los nuevos Sykes-Picot, debe estar presente para que estos objetivos se hagan realidad. La diplomacia europea, y por supuesto la española, deben colaborar con los principales actores para poner punto final a la guerra y alcanzar, como hizo Europa hace 60 años, un espacio de paz y prosperidad. Europa no puede ser un sujeto pasivo de los efectos de las crisis y la desesperación de las poblaciones de la región: refugiados y terrorismo; Europa debe convertirse en un sujeto activo de la negociación y la búsqueda de la paz. El mejor homenaje que puede rendirse a Sykes-Picot 100 años después es trabajar y colaborar con los nuevos actores de la zona para construir definitivamente un espacio de paz y de prosperidad en la región.